lunes, 22 de marzo de 2010

Cap 2: Juvenal

............................................... Escuela Normal de Preceptores de Copiapó (1915)
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Este día domingo 1° de diciembre de 1918 nunca lo podré olvidar, el internado de la Escuela es un verdadero hospital con prácticamente todos los internos enfermos de una extraña y fortísima gripe. Había 44 internos enfermos y en toda la Escuela habría, a lo sumo, 10 a 15 estudiantes alentados.
Naturalmente que no hemos tenido clases, están suspendidas debido a tantos enfermos con la “influenza”. Mañana hay orden de hacer una desinfección general con azufre en todos los salones, a fin de espantar los gérmenes de la epidemia de ésta influenza, y lanzar los malos espíritus al infierno del mismo modo como el diablo “fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde también están la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos”, según dice el mismo Apocalipsis.

Tenemos noticias de que la Gran Guerra en Europa, que se inició en el año 1914, llega a su fin y nacen renovados aires de paz, pero también nos trae esta virulenta epidemia de influenza que ha dado más muertos en el mundo que la guerra misma.

Antiguamente se creía que ésta enfermedad se producía debido a la influencia de estrellas, planetas y poderes ocultos, por este motivo en Italia, en el año 1510, se le llamó “Influenza de freddo” (influencia del frío), aludiendo a su aparición en los meses fríos de invierno.

En cambio, otros piensan que la enfermedad flota en el ambiente, llevada por manos invisibles, como maldición divina, como verdaderos miasmas etéreos que extienden sus peligrosos tentáculos entre las personas más descuidadas en su protección personal.

Había noticias de que la epidemia estaba causando estragos en Santiago, puesto que había cundido entre trabajadores de la Vega Central con extraordinaria violencia y gravedad. Asimismo, llamaba la atención que la epidemia se había extendido en la cárcel de Santiago y después a toda la población, provocando muchas muertes entre las personas afectadas.

Se sabía que las pulgas fueron el principal transmisor de la peste negra que abatió a la población en Europa en el siglo XIV, de modo que la pregunta obvia era si habría vínculos entre las pulgas y el contagio de ésta nueva gripe. Claro, había un extraño vínculo entre infección y pobreza, de manera que había un culpable que todos pensaban, aunque nadie mencionaba explícitamente a la miseria, lo que equivale a decir que los culpables eran los pobres.

Junto con la pobreza, se incluía como culpables a la mugre, a la basura, al descuido, a la falta de aire. Bueno, había que proscribir a las pulgas y a los piojos, fieles compañeros indeseables de los pobres y de los perros… ¡A ellos con los vapores de azufre para que los espanten hacia el infierno!

En el internado de la escuela no había suficiente salivaderas para nosotros los enfermos, algunos nos veíamos obligados a escupir en el mismo suelo las flemas y mucosidades sanguinolentas, rojo amarillentas. Acostados en los catres semidesnudos, debido al intenso calor atacameño, nadie hablaba, sólo se escuchaba la tos, intensa y fatigante, a veces con un paroxismo verdaderamente intolerable, y una respiración agitada con un permanente gorgoteo.

Nuestros cuerpos se han vuelto grisáceos, con una palidez plomiza, que resalta el azulado de los labios, la nariz, las orejas y la matriz de las uñas. La inapetencia es completa, de noche nos invade el insomnio y los delirios provocados por la fiebre que hace transpirar pestífero sudor por todo el cuerpo, hasta la deshidratación. La sed es muy grande.

Con enorme esfuerzo me he levantado un momento para ir a las letrinas, entonces sin motivo aparente, de manera violenta comienza otra vez a salirme sangre de narices, con furia desatada me explota una hemorragia nasal y me salen pedazos grandes de moco con sangre negruzca. Mi debilidad es extrema, apenas tengo energía para volver a mi cama y tenderme desfallecido en ella.

Pasado mañana está anunciado un eclipse de luna, a las 9 de la noche, está previsto un oscurecimiento completo de nuestro satélite. Sin embargo, más me parece a mí un eclipse de la vida, ya hay muchos muertos en el país debido a esta terrible epidemia de influenza ¿Por qué nos castigas, Dios mío?

¿Y si yo muriera? Sería injusto que el destino me tuviera previsto un fin a mi temprana edad, apenas he comenzado a ver el mundo, hay muchos caminos que quisiera recorrer, no he vivido lo suficiente, mis ilusiones y mis sueños me trazan senderos que deseo fervientemente transitar.

Tantas ilusiones de mi abuelita sobre mi progreso en mis estudios en la Escuela Normal, motivo de mucho orgullo para ella y para todas mis hermanas, quedarían destrozadas, se perderían los sueños y tanto esfuerzo de mi familia si yo muriese debido a esta virulenta enfermedad. Dios no permitiría tanta tristeza para los míos, ni merezco tal castigo, puesto que mis pecados nunca han pretendido causar daño a otras personas y he entregado toda mi fe en ti Señor… tengo muchas ansias de vivir. Pero será tu voluntad, mi Dios

Si muriera mis pensamientos se irían con la imagen de mi Rosita, ella es mi ilusión, es mi esperanza única, es ella a quién he entregado todo mi corazón. En mi último aliento, en mi último palpitar, será su nombre de hermosa y delicada flor, Rosita, que cubrirá todo mi ser.

Fue un día de mayo de éste año cuando la vi por primera vez, yo estaba en el estadio viendo un partido de fútbol, acompañado de dos amigos, cuando desde lo alto de una pequeña planicie la vi junto con otras jovencitas, entre ellas estaba Rosita que destacaba con su traje de color rosadito, chatita, muy linda… ella quedó grabada en mi corazón.

Una tarde de paseo dominical por la Alameda la conocí a través de Anselmo Quelopana, un amigo del internado de la escuela, y dijo llamarse Rosa Molina Gutiérrez. La saludé con mi mayor caballerosidad y pienso que ella se quedó con buena impresión de mí. Le escribí una nota expresándole mi deseo de tener el privilegio de su amistad, después nos hemos escrito varias veces.

Una noche, en agosto pasado, junto con Quelopana decidimos escaparnos del internado para ir a visitar a Rosita. Nos subimos por la escalera frente a la ropería, saltamos la pared hacia la viña y de allí salimos corriendo hacia la calle.

Esa noche estuve hablando con Rosita, ella es muy simpática y cada día me parece más linda; ya teníamos tres meses que nos conocíamos y su amistad me llena de vitalidad el alma y de ansias inmensas de tener siempre su cercanía. Ella vive en la calle Chañarcillo, en la casa Nro. 283.

Cuando regresamos al internado nos sorprendió en nuestra falta el subdirector, el señor Eulufí, quien nos regaño y nos castigó dejándonos sin salida hasta las vacaciones de septiembre. Mi corazón sintió el golpe de un extraordinario dolor, porque no vería a Rosita durante casi 3 semanas.

Todos esos días estuve pensando en Rosita, ella invade todos mis pensamientos y sólo espero las vacaciones para volver a verla. Un día le dijo a Rubio que no me había escrito, porque había estado enferma, es tan mentirosa esa beldad, sin embargo son dulces mentirillas no me importan demasiado, yo sólo soñaba con volverla a ver, quería que estuviese a mi lado para tener los momentos más felices de mi vida… no sé si mi alma sentía, con su imagen grabada dentro de mí, alegría o melancolía.

Hasta que por fin llegaron las ansiadas vacaciones. Dichosas fueron las noches que estuve junto con ella, mi amada Rosita, muchas noches hablé con ella ¡Qué feliz me sentía! Pero una noche nos disgustamos, porque una mañana me detuve en su casa cuando unos pobres italianos venían a pedir algo de comer, yo le avisé a su familia para que les diesen alguna ayuda, pero nada les dio.

Pobres infelices, con hambre y sin dinero, me inspiraron compasión y les regalé todo el dinero en sencillo que tenía, para que se compraran algo. Mi alma sintió ganas de llorar, de abrazar a aquellos hombres, porque yo sé lo que es sufrir, yo sé lo infiel que es el mundo, de ellos me apiadaba.

Al día siguiente Rosita no quiso hablar conmigo, fui en la noche a su casa, pero no me quiso recibir, sin embargo la pude ver por la ventana que da hacia la calle. Como nunca, la vi tras la ventana, estaba muy triste, pensativa, con la cabeza gacha entre sus brazos y la lámpara de la habitación a media luz… éste era un cuadro con ella muy abatida ¡No sé por qué!

Transcurrió casi un mes antes que volviera a retomar la amistad con Rosita, estuvimos disgustados muchos días y nos distanciamos durante ese lapso, pero un día me mandó a decir que olvidaría todo y me envió un clavel blanco.

Nos encontramos durante los festejos del “día del estudiante”. Hubo un desfile de carros alegóricos, entre los cuales destacaban el cañón, la mariposa y el submarino, éste último presentado por mi Escuela Normal y que ganó el primer premio, el cual fue recibido con salva de aplausos. Venía con Lincoyán, compañero del internado, cuando me encontré con Rosita y Olivia.

- ¿Rosita, quiere Ud. que la acompañe? – me dirigí a ella muy suavemente y con la mayor gentileza, con cierto temor a un posible rechazo.

- Como Ud. guste – contestó con amabilidad y me miro con sus dulces y hermosos ojos que borraron todo temor dentro de mí.

Nos fuimos conversando animadamente como si nunca hubiésemos estado enojados. En la Plazuela del Teatro tomé con suavidad sus manos y le di un beso leve en su mejilla ardorosa que dejó marcado su calor en mis labios. Nos miramos a los ojos una eternidad para decirnos sin palabras nuestras promesas de amor.

Un día en la mañana salí hacia el cerro, estábamos en una práctica de gimnasia. Desde esa altura, frente a la casa de Rosita, se observaban los lindos paisajes de alrededor, desde allí se divisa la terminación del camino que está detrás del Cementerio, es un paisaje del árido desierto de pura arena y, girando hacia la izquierda, se ven hermosas sementeras regadas por el serpenteante río Copiapó, en completo contraste con la vista anterior… ¡es todo hermosura!

A los pocos días que siguieron recibí una carta que Rosita me escribió… ¡El gallo! me decía, con una delicada esquelita. En el internado, a la sombra debajo de una parra, fui a leerla ¡Qué linda su confianza, me declara su amor! Me escribió: “El año se nos va y qué dolor voy a tener cuando Ud. se vaya a su hogar”. Nunca como entonces he querido tanto a Copiapó.

Esa misma tarde fui al local de fotografía, retiré mis tres retratos que había mandado a hacer y a uno le puse la siguiente dedicatoria: “A mi amiguita, Rosa Molina Gutiérrez, dedico éste retrato en prueba de mi amor que siempre mi corazón os ha tenido y os tendrá. Consérvelo, Rosita, no nos olvidemos, querámonos siempre y tengamos la firme esperanza que después nuestros corazones se unirán. El que sinceramente la ama. Héctor Juvenal Araya”.

Estos recuerdos me vienen a la mente cuando enfrento con desespero a la muerte que sospecho me quiere llevar. Me siento tan débil que apenas tengo energías para respirar con mucha dificultad, me invade un dolor en todas las articulaciones, en todos los músculos del cuerpo, fuertes dolores de cabeza, fiebre alta, congestión en la nariz, hemorragias nasales, tos con expectoraciones sanguinolentas, sudor mal oliente… se siente el aire de la muerte.

Casi no he dormido en toda la noche, sufro de insomnio y mi cabeza revienta de dolor. Algunos internos se levantaron y habían salido, nada anunciaba el desastre, pero el reloj marcaba las 7:44 a.m. cuando comenzó a temblar cada vez con mayor intensidad por un lapso de casi 6 minutos, este día 4 de diciembre ocurrió un terremoto tan violento que nadie podía mantenerse de pie.

Una desgracia sobre otra, es como si nos estuviesen cayendo las plagas de Egipto. Dicen que el terremoto alcanzó el décimo grado de intensidad, según la escala de Rosi y Forel, sus oscilaciones fueron rapidísimas y en todas direcciones, las campanas de la ciudad repicaban solas.

Nosotros que estábamos enfermos arrancamos hacia las letrinas, yo que estaba tan débil no sabía si bajo mis pies había suelo; veía pasar los pájaros asustado, se escuchaban los gritos de la gente, una nube gris avanzaba implacable… ¡todo espantaba!

El pánico fue general y la gente huyó a las plazas, potreros y cerros, negándose a alojar en sus casas. Dicen que hay algunas muertes provocadas por los derrumbes y varios heridos, muchas casas quedaron en ruinas y hay cuantiosos daños por todas partes.

En la Escuela los perjuicios son notables, la ropería tiene las murallas completamente agrietadas, el recinto dónde nos lavamos tiene la muralla que ya prácticamente se cae, todos los salones están llenos de tierra, con las cornisas caídas, el techo casi se cae… ¡todo malo!

Hay orden de ayudar a todos los habitantes de la ciudad. Mis compañeros recorrieron el pueblo y después hicieron guardia en los alrededores del sector La Chimba. Ahora, en la tarde, ya ha escampado mi hemorragia de las narices, y hablando con Rubio me he enterado que a la casita de Rosita nada le ha pasado, aunque ella ha estado muy pálida de susto.

Hemos decidido dormir esta noche en la intemperie, al aire libre ¡Eso es de hombres guapos! Bueno, en realidad tenemos temor de que vuelva a temblar y terminen por derrumbarse las paredes de la Escuela. Mientras tanto la ciudad, llena de ruinas por todas partes, está vigilada por los boy scout y los zapadores de La Calera.

Así transcurren los días, con una ciudad de calles tristes y solitarias, muy poco traficadas, negocios cerrados, muchas murallas caídas y muchos damnificados atendidos en el cuartel de bomberos. No hemos tenido pan, lo hemos sustituido por sopaipillas.

En todo esto tengo una noticia buena, he pasado de curso con muy buenas calificaciones, me ha felicitado nuestro Director, el pedagogo Don Rómulo J. Peña. Llegaré con una buena nueva a mi casa, viajaré en tren el próximo día 17 de éste mes de Diciembre.

Pero lo más importante que me ha ocurrido es en realidad el obsequio que he recibido de Rosita, me ha regalado un retrato suyo con la siguiente dedicatoria: “En sus momentos de desolación y tristeza contemple este pequeño recuerdo, piense que él es una prueba del amor que le profeso. Reciba, querido amigo, el amor más puro del corazón de su amiga. Rosa M.”

Me ha jurado ser mi esposa, y es por ella que todavía no me voy a La Serena, en cambio mis amigos Sáez y Rubio ya partieron de regreso a mi ciudad. Mi abuelita me ha estado esperando, me escribió una carta donde me dice que estuvo esperándome hasta las 3 de la mañana el día que llegaron mis amigos, ahora me envía más dinero, ya van $72, me siento tan abusivo ¡Supiera mi abuelita que me quedo unos días más por Rosita!

Todas estas noches han sido de felicidad para mí, siempre al lado de Rosa. Hoy, mi noche de despedida, me juró serme fiel y sellamos nuestro amor con un ósculo cuyo sabor aún permanece en mí.

- No me olvide, yo rezaré mucho por Ud. para que llegue alentadito – ella muy triste se despidió – Adiós…

- Adiós… - dije y muy triste me alejé cabizbajo, mi alma partida en pedazos por el dolor, una angustia que me oprimía la garganta.

Día miserable que el destino me depara, me aleja del lucero de mi vida, esplendor de mis noches, ya voy a partir a mi ciudad de la Serena y siento el desgarramiento de mi alma, porque me alejo de la niña de mis dulces ensueños. Con el dolor de mi corazón me he inspirado para componer en mi viejo violín un vals que he llamado “Rosita”.

¡Adiós querido Copiapó!


Consigue la novela: Juvenal, cuando el gallo no canta



miércoles, 3 de marzo de 2010

ESTÁ A LA VISTA

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Una vez una señora de avanzada edad llamó por teléfono a la policía para presentar una denuncia sobre unos muchachos que se bañaban desnudos en el río, a la vista de la ventana de su casa. La policía ordenó a tales personas que se fueran a un sitio más alejado del lugar; sin embargo, a los pocos minutos la señora vuelve a llamar reclamando otra vez lo mismo.

– Pero señora, nosotros acabamos de verificar que están muy lejos de su casa – contestaron del puesto policial.

– Sí, es verdad – contestó la señora – pero ocurre que yo todavía los puedo ver con mis binoculares.

Me imagino que algo parecido ocurre con este gobierno que ya tiene 11 años de ejercicio del poder en Venezuela, con el control absoluto de casi todas las instituciones del Estado, y que sigue culpando a los gobiernos anteriores, los que él denomina de la cuarta República, de las actuales desgracias de la economía, la delincuencia, la ineficiencia institucional, el colapso de los servicios públicos, la propagación de las enfermedades tropicales, la corrupción gubernamental y de todos los males del país.

Alguien, quizás en una iniciativa muy irreverente, podría atreverse a decirle al señor Presidente:

– Oiga usted, comandante, lleva 11 años como jefe de Estado, Presidente de la República, y ya no debería estar mirando los problemas de los gobiernos anteriores.

– Es que yo los sigo viendo, porque los miro con mi telescopio - contestaría seguramente el mandatario.

Claro, en la historia hay personas que por mirar por un telescopio estuvieron a punto de ser condenados a morir quemados en la hoguera de la Inquisición, como le ocurrió a Galileo Galilei, que pretendió demostrar con su aparato, en este caso en aplicaciones astronómicas, que la Tierra no era el centro del Universo ¡Vaya osadía frente a la Santa Iglesia!

Francamente no tengo nada contra aquellos que miran a través de un telescopio, ya sea que miren a muchachos y muchachas desnudas, que miren al pasado para destacar su ego bolivariano o que observen los planetas y las estrellas, pero que un gobernante del país no vea la destrucción progresiva que está a la vista, frente a sus propias narices, me alarma y me impacienta, porque no podemos esperar a que todo se vuelva cenizas y después no crezca la hierba como si hubiese pasado Atila con su barbarie.

No me resigno, definitivamente no.
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martes, 23 de febrero de 2010

CAPRICHOS DE LA EVOLUCIÓN

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El engreimiento del hombre no tiene límites, lo invade la soberbia y vive embriagado de envanecimiento, sin un ápice de humildad, no tiene conciencia de su insignificancia en el universo ni de la fugacidad de su vida. El hombre se siente el centro del cosmos y con el amparo de alguna religión busca una inasible felicidad eterna.

Cierto es que la evolución, como lo comprobase Darwin, que resulta de las mutaciones genéticas y la selección natural, después de un largo camino de cientos de miles de años, ha traído al ser humano a estadios extraordinariamente superiores de desarrollo y a su supremacía sobre el reino de todos los seres vivos en el planeta.

Los cambios en el medio ambiente han inducido alteraciones en los organismos vivos, han hecho que los individuos mejor adaptados a las condiciones reinantes tengan ventajas competitivas sobre sus congéneres y, por lo tanto, mejores posibilidades de que su descendencia predomine. Entonces es verdad, somos el resultado de la selección de los mejores.

Sin embargo, si las condiciones dejan de ser favorables pueden ocasionar la extinción de la especie humana, dura lección de la historia evolutiva que parece no haber sido suficientemente asimilada por la humanidad que daña irresponsablemente su propio entorno. Nuestro planeta tiene innumerables ejemplos de extinción de especies que no han podido adaptarse rápidamente a los cambios del medio.

Hace un poco más de 4 millones de años apareció el primer homínido, el llamado Australopithecus, especie con un cerebro relativamente grande que podía mantenerse erguido, caminar y correr en dos pies, y medía más de un metro de estatura. Luego apareció hace 2,5 millones de años el género Homo, cuya evolución dio lugar hace más de 200 mil años al homo neanderthal y el homo sapiens. El hombre de Neanderthal desapareció completamente y su lugar fue ocupado por los hombres modernos hace 35 mil años. Ahora, todos los seres humanos formamos parte de una única especie.

Somos una sola especie, homo sapiens, pero con parientes muy cercanos, demasiados cercanos para quebranto de nuestro propio orgullo, aunque actuamos como si no lo supiéramos. Compartimos el 99.4 % de los genes con los chimpancés, el 97.7 % con los gorilas y el 96.4 % con los orangutanes.

¿Pero qué es esta historia de apenas 4 millones de años del homínido, frente a una presencia de los dinosaurios durante más de 160 millones de años? Dominaron la tierra hasta hace 65 millones de años, cuando desaparecieron debido al impacto de un gran meteorito que provocó el cráter Chicxulub, de 180 kilómetros de diámetro, en lo que hoy es la Península de Yucatán en México.

En base a los fósiles estudiados se conocen más de mil especies de dinosaurios, entre herbívoros, carnívoros, omnívoros e insectívoros. Las hipotéticas estrategias de caza de estos animales implican cierto desarrollo de la inteligencia, agilidad y fuerza, que hacen necesaria una fisiología bastante avanzada. Entonces, ¿hasta dónde hubiese llegado su evolución estos últimos 65 millones de años si no hubieran desaparecidos?

Desgraciado meteorito que los eliminó, o más bien, que afortunados somos nosotros que descendemos de los mamíferos que tuvieron la oportunidad de sobrevivir la catástrofe del intruso extraterrestre, que luego pudieron diversificarse y dominar sobre las otras especies de la naturaleza. Es muy probable que si no se hubieran extinguido los dinosaurios, los humanos no reináramos sobre el planeta y, en consecuencia, las formas más inteligentes de hoy serían descendientes directos de los dinosaurios.

Quizá estos descendientes de los dinosaurios, por ejemplo sucesores del Tyrannosaurus Rex, estarían desarrollando tecnología avanzada, dejando su huella en el planeta Marte y... escribiendo en este blog.
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domingo, 21 de febrero de 2010

CAP 1: Juvenal

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He despertado muy temprano, dormí con la preocupación de llegar con tiempo a la estación ferroviaria de La Serena para tomar el tren hacia Copiapó. El longitudinal parte hacia el norte a las 8 de la mañana, si no llega atrasado de su largo viaje desde Calera.

Son las 4 y media de la mañana y ya se siente el cántico de los pajarillos con su alegre despertar, es un día que transita por el clima otoñal de este año 1918, el ruiseñor canta en la cumbre del inmenso nogal, canta al amanecer que viene desde las lejanas montañas de los andes nevados.

De pronto el gallo, con pose altanera y soberbia, también anuncia el nuevo día en medio de su harén de gallinas que sólo atinan a un leve cacareo que más parece un murmullo. Mal agüero es si las gallinas cantasen, pues sería señal de mala suerte y de muerte, en tanto que el canto del gallo es símbolo de valor y abundancia.

A mí me alegra el canto del gallo, ya que su cantar matinal anuncia el fin de las juergas nocturnas, ahuyenta la muerte, nos exorciza de demonios y espíritus malignos. El canto del gallo expulsa a los diablos, brujas y duendes que abundan en la soledad de las noches.

También el gallo es símbolo de fecundidad, en el sentido de fertilidad, de la cual está signada mi familia. De hecho somos cinco hermanos y yo soy el mayor, en orden de edad: Héctor Juvenal, Graciela, Juanita Rosa, Cristina, Hildita Hortensia y Luis Felipe.

Podríamos haber sido muchos más hermanos, pero un lóbrego día el gallo no quiso cantar, ese día una gallina con un falso cacareo lo quiso imitar, fue un triste día que no amaneció, fue un viernes 13 de Febrero de 1914 cuando mamá falleció.

Mi madrecita murió a los pocos días de haber nacido mi hermanito menor, Luis Felipe, la alegría de la llegada del bebé se ensombreció de angustia para toda la familia. Muy poco tiempo después falleció papá de tristeza y soledad.

El agudo canto del gallo me saca de mi ensimismamiento, ya llega el amanecer, me levanto de la cama y me asomo por la ventana, poco a poco se notan los comerciantes ambulantes que pregonan sus mercaderías, aumenta el tráfico de coches, carretas y carretones, se siente el galope de los caballos y su relinchar entre los gritos de la gente.

La algarabía del mercado comienza al amanecer, traen la mayor parte de las verduras, hortalizas, legumbres y frutas del valle del río Coquimbo y también de las chacras de la pampa. Además se venden gallinas, carne de vacuno, carne de chancho, pescado y muchas cosas más, todo entre una verdadera confusión de vendedores, pregoneros, compradores, cocheros, cargadores, carretoneros, caballos, burros y algunos perros que buscan algo para comer.

Las campanas de las iglesias llaman temprano a misa, tilín talán talán, campanadas de diferentes tonos, algunas cercanas, otras lejanas. La Serena es la ciudad con más iglesias en el país, con relación a la cantidad de habitantes que tiene, también tiene muchas beatas que muy temprano se dirigen a orar, caminan con pasitos lentos y leves, con su cara cubierta con un velo y el rosario entre sus dedos arrugaditos.

- Juvenal, dése prisa en arreglarse para irnos en el coche a la estación – me reclama mi abuelita Juana, mientras prepara el desayuno en la cocina.

- Sí, abuelita, casi estoy listo. No olvide darme los sándwiches de carne de gallina, los huevos cocidos duros y las manzanas para llevar en el viaje – contesté mientras me apuro en colocarme el corbatín en el cuello

- Vaya a decirle al cochero que suba los bultos de sus cosas y que espere, dígale que nosotros ya vamos – me apura mi abuelita

Mi abuelita me ha preparado un jarro de leche de cabra bien caliente, unos huevos recién traídos del gallinero, pasados por agua hirviente, y un sabroso pan que ella misma hace en el horno de leña y que devoro con ansiedad. Anoche ella estuvo arreglando toda la ropa que ahora me llevo a Copiapó, con mucho cuidado, usando la plancha a carbón, dejó toda mi ropita bien planchada y doblada.

Mi abuelita Juana es una mujer de mucha energía, con una gran fortaleza, que asumió nuestra crianza una vez que quedamos huérfanos. Nos quedamos viviendo junto con ella en una casona grande, construida con anchos bloques de adobe, mezcla de barro y paja, en las cercanías del mercado municipal de la ciudad, el mercado La Recova, en la calle Cienfuegos, y en un extremo de la vivienda estaban las habitaciones donde vivían mis tías, sus hijas Elisa y María Luisa

Ella decidió enviarme al internado de la Escuela Normal de Copiapó, una vez que terminé mis estudios de la Escuela Primaria. Mi primer año, con el dolor reciente de la muerte de mi madrecita, fue en 1916 cuando apenas tenía 14 añitos.

Aquella vez sentí que se me partía el corazón al alejarme de mi familia, separarme de mis amigos, lejos de mi ciudad, ausente de mi hogar, se desgarraba mi alma con lágrimas contenidas, ya no tenía a mi madrecita para sentir su protección frente a un mundo agresivo y desconocido para mí.

Es cierto que tenía la emoción de la aventura, conocería otras realidades y forjaría un espíritu de luchador, pero también sentía el temor de la incertidumbre y me embargaba un profundo sentimiento de soledad. Me envolvía el desconcierto de mi alma desamparada y la angustia consumía mi interioridad.

Sin embargo, tenía la obligación de sobreponerme a mi conciencia de orfandad, pues como soy el mayor de los hermanos, el hombre de la familia me decía mi abuelita, debía pronto alcanzar una profesión para ayudar a los que me seguían atrás. Mi deber era esforzarme en mis próximos estudios de normalista para después apoyar a la familia que tanto ha dado por mí.

Ahora es mi tercer año de estudios en Copiapó. Me despedí de mi hermano menor y de mis hermanas, Hildita con sus pies descalzos, con dos trenzas en su larga cabellera, hechas descuidadas de manera desigual, y un largo camisón desteñido, me miraba con sus ojitos negros, es mi hermanita de 7 años de edad, dio media vuelta y se fue corriendo a su habitación.

Junto con mi abuelita subimos al coche para llegar hasta la estación de ferrocarril, ubicado en las afueras de la ciudad. Lástima que el caballo del coche hizo un extraño corcoveo que hizo saltar parte de sus propios excrementos con orín y ensuciaron el largo faldón negro de la abuela. Con mal humor se limpió con mi pañuelo perfumado de rosas que yo guardaba como secreto recuerdo.

El tren longitudinal llegó 4 horas atrasado, mi abuelita Juana me acompañó en la estación ferroviaria hasta que el tren se alejó con sus fuertes pitazos intermitentes y el fuerte resoplar del vapor a presión. El tren, con su pesada estructura de hierros, tomaba su ritmo con su ruidoso golpeteo de sus mecanismos de tracción.

Mi abuelita Juana quedó atrás. Ella con su rostro adusto imponía su fuerte y severa autoridad, pero también expresaba su sentido de protección y velaba por toda la familia y, en especial, por mi progreso para lograr que algún día, como ella misma lo dijera, fuese alguien en la vida.

Desde el tren alcanzo a divisar los bellos prados del valle de Elqui, poco a poco mi pueblo natal lo pierdo de vista y el paisaje va cambiando con los cerros color ocre pardo con tonalidades amarillos grisáceo y café rojizos, cada vez la vegetación se vuelve más pobre y anuncia el desierto atacameño.

A lo lejos se alcanza a observar la cordillera de los Andes, con sus montañas de picos nevados que bañan los valles transversales del país y, en sentido opuesto, a la izquierda, está la costa bañada por el bravío mar cuya sed infinita se sacia con los delgados cursos de agua que bajan de la majestuosa cadena montañosa.

El tren es arrastrado por la fuerza de la locomotora a vapor que lanza grandes bocanadas de humo negro, mientras sus calderas consumen de alimento muchas toneladas de carbón. Algunos pocos tramos de inmensas curvas, con fuertes pendientes del sendero de rieles, someten a la locomotora a un gigantesco esfuerzo que sólo puede lograr un lento avance, prácticamente a la velocidad de un caminante.

Efectivamente, algunos pasajeros se bajan del tren y caminan junto a él, mientras su sirena solloza con ardor el esfuerzo extremo que realiza para subir las empinadas cuestas, incluso deben enganchar las ruedas del tren en rudos engranajes, cremalleras junto a los rieles, para evitar deslizamientos entre los chispeantes aceros.

Dentro del vagón el calor se hace sofocante, no sopla brisa, sólo queda abrir todas las ventanas, quitarse el corbatín y relajarse en el asiento de madera para dejarse llevar por la imaginación y los recuerdos.

Mi mente me lleva a evocar remembranzas de este verano, dulces vacaciones en mi ciudad natal, La Serena, junto con mis amigos de esta juventud ansiosa de aventuras que llenen de plenitud mi alma robusta y juncial, sedienta de amor.

Recuerdo que una noche de verano salí con mi amigo Alfredo Segundo Sáez, fuimos a disfrutar el biógrafo, entramos al cine Royal en el sector de galería, la parte de atrás que es más barata, estábamos a lo pobre. En el anfiteatro vi a una joven que pretendo, estaba con un traje blanco de mangas largas, puños y cuello con blondas rosadas, un sombrero con la misma lista, ella es una hermosura angelical.

Su hermanito de 10 años de edad estaba también en galería, entonces ella le pidió que se le acercara y le diera el programa de películas, pero él se negó y no se lo dio. Entonces yo me levanté del asiento, caminé hacia ella y le obsequié con la mayor gentileza mi boletín, le sonreí y le dije que podía quedárselo. Ella sonrojada, algo avergonzada, me dio las gracias y me regaló una dulce sonrisa que grabé en lo más profundo de mi alma.

Cuando volví a mi asiento me sorprendí que todos los de mí alrededor me miraran con picardía, como si mi atrevimiento hubiese sido una fechoría o algo indebido.

- No te avergüences – me dijo Segundo al llegar a mi asiento, solidarizando conmigo

- De cerca ella es más bella – le dije con un suspiro profundo, mi corazón latía todavía de emoción.

Una vez que terminó la función la esperamos en la esquina. Cuando ella pasó nos dimos unas miradas profundas, miradas que llegan al alma, miraditas de complicidad que dicen lo que no puede expresarse con palabras. He pensado mucho en ella, incluso he soñado con esa joven beldad de dulce mirada y suave sonrisa.

El amor es la más importante fuerza de la vida, es como el hambre que se debe saciar para no morir. Esto me recuerda el día que conocí, a fines del mes pasado de Enero, una linda jovencita que dijo llamarse Sara Rosa Cortés. Ella vive en la calle Almagro. Nos hicimos amigos y comenzamos a citarnos regularmente.

En el atardecer de un día de verano, mientras soplaba suavemente la brisa marina desde la bahía de Coquimbo, me encontré con Sarita en la Alameda. Caminamos por ese hermoso paseo público, construido en la antigua quebrada San Francisco, con jardinerías y árboles frondosos que invitan al romance.

Sarita caminaba lento, con su larga cabellera que mecía con coquetería, me sonreía y me escuchaba con atención, sus ojos tenían el brillo de la alegría y su mirada llenaba de dulzura mi corazón. Tomé una flor del jardín y se la regalé, la puse es sus tersas manos que pude acariciar.

Nos sentamos en un lejano banco donde la vegetación del entorno disimulaba nuestra presencia. Seduje a Sarita con suaves palabras en sus oídos, cobijando sus manos entre mis manos, su calor me envolvía y contagiaba llenándome de ardor.

- Niña de mis sueños, le amo con pasión - susurré muy cerca de su rostro y sellé mis palabras con un leve beso en sus sonrosadas mejillas. Sus ojos entrecerrados me entregaban sin condición su tierna alma.

- Yo también le amo – me dijo como un suspiro e inclinó su rostro hacia mí. Nos amamos mutuamente, me regocijé, y quiero que este momento se haga una eternidad.

- ¡Sara! ¡Sara! – gritó de repente un niño pequeño en las cercanías – ¡mamá dice que te vayas a casa de inmediato! – la increpaba con tono brusco e imperativo que rompió el dulce ensueño de nuestro romance.

Sarita de un salto salió corriendo, sin apenas despedirse, con su cabellera castaña danzando libre al viento, y en su carrera perdió su pequeño pañuelo que tomé como recuerdo para sentir su aroma rosa. Después busque a Sarita muchas veces, pero no la volví a ver. Pienso que su mamá es una mujer cruel y desconfiada… bueno, quizás tuvo algo de razón.

El monótono ruido del tren y su vaivén acompañan mis pensamientos y me adormecen, ya llega la noche y todavía faltan algunas horas de viaje para llegar a Copiapó. Otro año más de estudios en esa ciudad, este es el tercero que inicio de un total de seis años que debo cursar para graduarme de Maestro Normalista.

Me acompaña mi fiel violín que heredé de mi abuelo, con el cual puedo tocar breves melodías para encanto de mi familia. Este verano he tenido mis primeras clases de música, teoría y solfeo, con Don Julio Gómez, quien fue a su vez el que les enseñó música y a tocar la guitarra a mis tías María Luisa y Elisa. Tía Elisa ahora es profesora en la Escuela Profesional de Coquimbo

A medianoche se divisan a lo lejos las luces de Copiapó, allá está la Escuela Normal, muy cerca de la estación de trenes, en el sector La Chimba, mi segundo hogar, fuente de luces para saciar mi sed de aprendizaje, las ansias de conocimientos para después, una vez que me gradúe, dedicarme a educar a otros que vienen atrás.

Algún día, lo digo con mucho orgullo, seré maestro normalista y sentiré el placer de enseñar a jóvenes que podré aconsejar para que no cometan mis errores, entonces mis lágrimas y mis sufrimientos habrán sido útiles para tender mis manos a quienes la puedan necesitar.

Si Dios se apiada de mí y me da muchos años de vida, si me premia con los hijos que quisiera tener, les daré a ellos mis mejores ejemplos y siempre los protegeré de las calamidades de la vida. Con el brillo del sol de todos los días habré purificado mi espíritu y el resplandor de mi alma sensible será un abanico de luces para los demás.
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sábado, 23 de enero de 2010

MORAL Y LUCES


Dicen que durante la creación del mundo le reclamaron a Dios que a Venezuela la había privilegiado puesto que era injusto asignarle tantos recursos naturales, grandes ríos de enorme potencial hidroeléctrico, reservas petrolíferas para cubrir sus necesidades de energía por cientos de años, condiciones climatológicas para desarrollar la energía solar, eólica, marina, etc., entonces Dios contestó que no había ningún favoritismo, al contrario, había colocado también en el país algunos chavistas que eventualmente tendrían el poder del gobierno… ¡Vaya desgracia tan maluca!

¿Por qué Dios nos habrá puesto tan difícil prueba? Acaso tan grande ha sido nuestra desobediencia a su mandato divino que nos castiga como a los egipcios que sufrieron las 10 plagas bíblicas que describe el Antiguo Testamento y la Torá. Al menos si el castigo hubiese consistido en el Diluvio Universal, entonces tendríamos agua para saciar la sed, para el aseo personal y bañarnos todos los días, para atender a los animales que nos acompañan y proveen de alimentos; sin embargo, entre las plagas más brutales del país está la sequía que ahora nos agobia.

La sequía limita la disponibilidad de agua en las represas, las cuales tienen restringida su capacidad de generación hidroeléctrica que, a su vez, asfixia la ya muy golpeada capacidad industrial del país. Entonces nuestro mesías impone racionamientos de electricidad y agua a toda la población del país.

Este irreverente gobierno no tiene escrúpulos en insinuar la culpa de esta situación al castigo divino de nuestro Dios padre, supuestamente invocado por la conservadora jerarquía de la Iglesia Católica, sin considerar siquiera que, según lo expresa el mismo líder de la revolución bolivariana, Jesús es su aliado anticapitalista. Es más sencillo para el gobierno culpar de esta situación al fenómeno del El Niño, cuya denominación hace referencia precisamente al mismo niño Jesús, puesto que se manifiesta durante épocas de fiestas navideñas.

Claro, el líder explica además que este fenómeno es consecuencia del calentamiento global del planeta provocado por el capitalismo salvaje que destruye al mundo, como si los países del socialismo real han sido hasta ahora inocentes angelitos de la guarda que no han dañado a nadie, ni a las personas ni al ambiente, ni siquiera con el pétalo de una rosa.

Tenemos últimamente, entre la avalancha diaria de las verborreicas cadenas nacionales de televisión y radio, unos documentales oficiales para hacernos entender a la población - pobres ignorantes que somos nosotros - que el sacrificio del racionamiento de agua que nos obliga a bañarnos con una totuma y bajar el agua del tanque de la poceta del baño una sola vez al día, es por culpa de El Niño, cum hoc ergo propter hoc es culpa del capitalismo mundial.

Igualmente sería este mismo fenómeno del clima, junto con la mentalidad de derroche de los venezolanos en el consumo eléctrico, la causa principal del racionamiento eléctrico. Definitivamente el capitalismo internacional se las trae consigo contra Venezuela, el centro mismo de la revolución del socialismo del siglo XXI que transformará todo el globo terráqueo, el sistema planetario completo y seguramente la galaxia misma.

Nuestro presidente acaba de descubrir que existe este fenómeno climatológico denominado El Niño, aunque seguramente leyó muy rápido la página Web de Wikipedia y no alcanzó a ver que este fenómeno es conocido desde los años 90 y tiene más de once milenios de historia climática.

Este inepto gobernante todavía no sabe, después de 11 años en el poder, con un control casi absoluto del Estado y con los mayores ingresos petroleros de la historia del país, que en sus funciones de gerenciar la nación está la de proyectar el futuro del país, y planificar las obras requeridas y su mantenimiento para el bienestar de la población de acuerdo a los escenarios probables. Posiblemente sus asesores no saben todavía que el fenómeno de El Niño tiene un recurrencia promedio cada 3 ó 4 años.

Realmente el problema más grave no es la falta de agua para lavarse y quitarse el sucio de la cara, sino la dramática gravedad está en la suciedad de un gobierno ladrón y corrupto cuyos altos jerarcas ni siquiera guardan las apariencias para el robo descarado, como el caso de los bancos de los seudo-empresarios socialistas, ni se cuidan de ufanarse y hacer ostentación de su nueva riqueza mal habida. Esto sin hablar del servilismo y obediencia incondicional de los altos funcionarios del gobierno que sin rubor se humillan vergonzosamente ante el autócrata. No hay moral alguna en este gobierno.

Tampoco es problema muy grave la falta de luz eléctrica, sino lo es la falta de la luz del entendimiento de un gobierno ignorante e inepto que en nombre de la justicia social destruye el país, todo lo que toca lo vuelve maloliente miasma y la disfraza con la verborrea que se alimenta de pensamientos del siglo antepasado, que promueve modelos sociales de igualitarismo que ultrajan la condición humana y pretenden organizaciones sociales como la de los insectos.

“Moral y luces son nuestras primeras necesidades”, lo dijo Simón Bolívar.
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viernes, 11 de diciembre de 2009

Teoría de la Relatividad Especial

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Apenas tenía 22 años cuando terminé de estudiar Ingeniería, y digo con orgullos que tardé poco tiempo en alcanzar una meta nada sencilla para muchos. ¿Pero qué es poco tiempo? ¿Lo que para mí es poco tiempo, para otro lo es? Bueno, todo es relativo.

Esto me recuerda la relatividad de Einstein, la teoría de la relatividad especial, referida al movimiento en el marco del espacio tiempo. Tuve la oportunidad de estudiarla en mi juventud, cuando en los cursos de física superior nos asomaron al maravilloso mundo donde el tiempo se dilata, el espacio se contrae, y la energía y materia sólo son diferentes manifestaciones de una misma cosa.

No fue nada sencillo estudiar las ecuaciones de Lorenz, el espacio-tiempo de Minkowski con la matemática de tensores, las propiedades de la luz, etc. El esfuerzo valía la pena para introducirse en el fascinante mundo del saber y comprender una pequeña parte de los intrigantes misterios del Universo donde, por cierto, ni siquiera somos un mínimo destello.

Sin embargo, no son necesaria sofisticadas relaciones matemáticas para comprender el fundamento de la teoría de la relatividad, en realidad las cosas complicadas no son más que la suma de muchas cosas simples. Vamos viendo, el punto de partida es que la velocidad de la luz nunca puede ser sobrepasada, siempre es la misma, independientemente de si el observador está en reposo o en movimiento.

Este principio ha sido demostrado experimentalmente de manera muy sencilla. Imaginemos que estamos en un tren que avanza a 60 km/hr, entonces nos paramos de nuestro asiento y caminamos de un extremo del vagón hacia adelante a 10 km/hr, naturalmente que un observador externo medirá nuestra velocidad como 70 km/hr, o sea, las velocidades se suman. Con este mismo razonamiento si se mide la velocidad de la luz que proviene del sol en la tierra, en distintas direcciones, debería resultar diferente según gire la tierra a favor o contra el sentido de la dirección de la luz. Sin embargo, la velocidad medida ha sido siempre la misma, a pesar de la aplicación de instrumentos de medición cada vez de mayor precisión.

Claro, la luz parece instantánea a nuestros sentidos, pero se ha demostrado que su velocidad de propagación en el vacío es de 300.000 km/seg, daría 7 veces y media la circunferencia del ecuador de la Tierra en 1 segundo. En otros términos, la luz del Sol tarda un poco más de 8 minutos para llegar a la Tierra.

Imaginemos que vamos en una nave intergaláctica a una velocidad de 250.000 km/seg y disparamos hacia adelante un objeto a 150.000 km/seg. La velocidad que observaremos del objeto desde el interior de la nave será efectivamente de 150.000 km/seg, pero un observador externo, en reposo con respecto a la nave, no verá moverse el objeto a 400.000 km/seg, a pesar de lo que nos indica la intuición, como en el caso del tren, ya que hemos visto que el límite máximo de la velocidad de la luz nunca se puede sobrepasar.

He aquí el centro de la cuestión: la velocidad de la luz es la máxima posible. Para comprender una importante consecuencia de este principio imaginemos nuevamente una nave espacial con un reloj de luz constituido por un par de espejos paralelos, uno en el piso y otro en el techo de la nave, con un rayo de luz que demora en ir y volver exactamente 1 segundo.

El astronauta, como observador interno de la nave, verá la trayectoria de la luz que sube y baja perpendicularmente a los espejos, independientemente de la velocidad con que avanza su nave en el sentido de la dirección de los espejos.

Un observador externo, digamos que en reposo con respecto a la nave, vería las cosas de modo diferente, ya que en la medida que la luz avanza también los espejos avanzan con la nave, de modo que la trayectoria observada resulta mayor, debido al movimiento vertical más una componente horizontal, tal como se indica en el gráfico.

Si en ambos casos, para el observador interno y el externo, se tiene que la velocidad de la señal es la de la luz, 300.000 km/seg, pero ahora la trayectoria recorrida es mayor, sólo cabe interpretar que para el observador en reposo el tiempo transcurrido para la señal de luz, ida y vuelta entre los espejos, definitivamente es mayor ¡Vaya sorpresa!

Entonces, dependiendo de la velocidad de la nave, cuando para el observador de la nave transcurre 1 segundo, para el observador en reposo transcurre, por ejemplo, 3 segundos. Mientras mayor es la velocidad de la nave, mayor es la dilatación del tiempo. Es decir, si mi esposa saliese de viaje intergaláctico a una velocidad cercana a la de la luz durante 20 años, para mí transcurrirían 60 años, entonces estaría a su regreso viejo decrépito o quizás muerto… está demás decir que esta idea le fascina y se ha vuelto una fanática de la teoría de la relatividad de Einstein.

Claro, no le he explicado a mi esposa que este planteamiento es correcto desde el punto de vista de mi sistema de referencia. En cambio, para el sistema de referencia de ella, aún cuando es ella la que se subiría a la nave espacial, sería yo quien me alejaría de la nave a la velocidad cercana a la luz, en cambio ella estaría en reposo respecto de su propia referencia. Entonces mientras ella vería que para mí transcurren 20 años, su viaje duraría 60 años. Paradojas de la relatividad… pues, todo es relativo.
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sábado, 14 de noviembre de 2009

LA VEJEZ

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Esta tarde me he sorprendido pensando en la vejez. Digo sorprendido, porque normalmente le presto muy poca atención a mi persona, ni tengo mucha conciencia de cómo vienen y pasan los años, más bien vivo como si estuviese en un eterno presente donde todo prácticamente se mantiene igual.

Durante la tarde estaba acompañando a Inés, mi esposa, en una tienda por departamentos, en Caracas, que estaba en un plan especial de ofertas. Ella recorría embebida entremedio de la gente, casi todas mujeres, los inmensos montones de ropa apiladas por todas partes y que las personas examinaban con una suerte de desespero.

Entre la multitud había un señor gordito, mas bien bajito, que usaba lentes y estaba peinado con descuido, aparentemente con más edad que yo. Al comienzo no le presté mayor atención, pero de reojo observé que con disimulo él también me miraba.

Naturalmente que algo incómodo me sentí, quizás ese señor me confundía con otra persona, pensé. Seguramente le resulto parecido a alguien que él conoce, me dije para tranquilizarme, pero reconozco que me perturbaba su manera de mirarme.

¿Quién será ese tipo?, me dije molesto y me pregunté: ¿Qué pretenderá ese viejo de mierda? Lo miré de frente de manera desafiante, entonces él me miró fijamente a los ojos sin ningún tipo de disimulo. Seguramente es un viejo maricón que quiere captar mi atención, me imaginé fastidiado y con deseos de darle un puñetazo en su propia cara.

Con descuido aparente me acerqué a ese tipo, más por curiosidad que despejara mi inquietud. Él también caminó entre las mercaderías hacia mí, el muy imbécil vestía incluso de modo similar a mí, aunque con tal desarreglo que parecía un pobre ordinario sin el estilo que yo tengo.

Cuando estuviese lo suficientemente cerca le diría un insulto bastante grosero debido a su manera osada de mirarme. Como dicen los españoles le podría decir: tonto del culo, lo que me imagino significa un extremo de la necedad, ya que se puede ser tonto de la cabeza, pero para ser tonto del culo definitivamente hay que ser muy bruto.

Miré con más cuidado a la otra persona, entonces me reí, pues frente a un inmenso espejo ese viejo de mierda era yo. ¡Vaya, cómo pasan los años!
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