
Sin embargo, muy poco tiempo después, el día martes 4 de febrero, Venezuela se vio dramáticamente convulsionada con el de golpe militar, liderado por los teniente coroneles Hugo Chávez Frías en Caracas, Francisco Arias Cárdenas en el Zulia, Yoel Acosta Chirinos y Jesús Urdaneta Hernández. Este grupo formaba parte de una organización conocida como Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), con una ideología política nacionalista y revolucionaria, que alegaba estar basada en el pensamiento de Simón Bolívar.
La movilización militar se inició cuando el presidente Pérez regresaba del Foro Económico Mundial de Davos. El asalto al palacio presidencial se inició a las 12 de la noche del aciago 4 de febrero, al mismo tiempo asaltaron la residencia presidencial, La Casona, y hubo acciones militares en otras importantes ciudades del país. Pérez se refugió en el Palacio de Miraflores y luego escapó milagrosamente hacia la estación de televisión Venevisión, desde donde se dirigió al país en dos ocasiones para informar sobre la situación.

Finalmente llegaron al Parque donde no había ninguna oficina ni comercio que atendiera, la gente corría para alejarse del centro de la ciudad mientras se escuchaba el tronar de los aviones militares F-16 en vuelo raso por la ciudad. Entonces se fueron corriendo hacia La Candelaria, al apartamento de los padres de Mary Camejo, para resguardarse mientras se desarrollaban los confusos acontecimientos.
Se habían sublevados comandos militares en Maracaibo, Caracas, Valencia y Maracay. En Maracaibo Arias Cárdenas se había apoderado de la sede del gobierno regional y tenía prisionero al Gobernador del Zulia, Oswaldo Álvarez Paz. En Caracas, Chávez había establecido su centro de operaciones en la sede del Museo Histórico Militar, en La Planicie, mientras sus fuerzas militares tomaban a fuego de fusiles la estación estatal Venezolana de Televisión, otro grupo atacaba a La Casona, mientras otros intentaban tomar el Palacio de Miraflores.

De acuerdo a cifras oficiales del Ministerio de la Defensa, hubo 14 muertos y 53 heridos. No obstante, estimaciones extraoficiales ubican dicho saldo en 50 muertos y más de 100 heridos, entre civiles y militares.
Al día siguiente dejé a Andrés en casa de los Camejos y viajé muy preocupado en mi carro a Caracas para traer de inmediato a Inés y Priscila, ya que no se sabía lo que podía pasar debido a un ambiente de extrema inestabilidad que había en el país. El mismo día regresamos por carretera hasta Puerto La Cruz.
Esos acontecimientos deben haber provocado mucha ansiedad en Andrés, ya que no estaba acostumbrado a quedarse solo y todo el mundo comentaba esta situación, algunos a favor y otros en contra del golpe militar fallido. Pero todos coincidían en que era necesario que el país se enrumbara hacia un estado de verdadera justicia y bienestar.
Esta incertidumbre en Andrés seguramente estaba agravada por el hecho de que Priscila estaba planificando su ingreso a la Universidad en Caracas, lo que significaba que se distanciaría de él. Supongo que no era nada sencillo que asimilara esta idea, puesto que era muy unido a ella, siempre estuvieron juntos y Priscila representaba un apoyo con el que siempre podía contar.
Priscila siempre ha sido su hermana protectora que lo ha mimado, lo ha consentido en todo, fue en la niñez y la adolescencia su compañera de juegos y aventuras. El cariño posesivo de Andrés lo reflejaba en su expresión: “mi Prisci”.

No fue una decisión sencilla autorizar a Priscila para que hiciera sus estudios universitarios en Caracas, nos invadían muchos temores sobre su seguridad personal y veíamos que era todavía muy joven, 16 años recién cumplidos, para que manejara su libertad con la conciencia de los riesgos de la gran ciudad.
Sin embargo, confiábamos en su madurez y buen juicio, además, se trataba de que ella construyera su futuro y aprovechara las oportunidades que había logrado con su propia capacidad. No podíamos resguardarla en una jaula de cristal inhibiendo su progreso personal.
De tal manera que buscamos la opción que le diera la mayor seguridad y la menor intranquilidad para nosotros. Entonces la dejamos en un apartamento en la zona de Macaracuay con otras dos compañeras de bachillerato, la mamá de una de ellas era la propietaria del inmueble y pasaba la mayor parte del tiempo acompañándolas.
Andrés sufrió mucho la separación de Priscila, bajó las notas del colegio, y aunque amplio sus espacios en el hogar, el vacío interior le producía el dolor del desgarramiento del alma, el sentimiento de soledad invadía sus sentimientos, sólo aligerados por los diarios contactos telefónicos con su hermana.
Sin embargo, viajábamos todos los fines de semana para acompañarla y atender sus necesidades. Los encuentros de Priscila y Andrés eran llenos de una emoción que desbordaba el cariño de hermanos, pero las despedidas eran abrazos de desconsuelo con lágrimas contenidas.
Nuestros viajes se fueron distanciando una vez que vimos la estabilidad de Priscila y su buen rendimiento en la Universidad, pero Andrés no dejaba de extrañarla. Un día, cuando apenas había cumplido los 12 años de edad, Andrés dijo que quería viajar en autobús para ver a Priscila.

Nos miramos turbados con Inés y respondimos con silencio, los peligros eran demasiados. Sin embargo, Andrés insistió:
- Quiero viajar a Caracas para ver a mi Priscila – dijo con resuelta firmeza.
Recordé tantas lecturas que había hecho sobre la libertad, “estamos condenados a ser libre” había escrito Jean Paul Sartre, “la vida es libertad” dijo alguna vez Ortega y Gasset. Me vinieron a la memoria mis lecturas del libro de Erich Fromm, “El miedo a la libertad”, que describe el temor de tomar decisiones libres.
Apenas parecía un capricho, se podía entender solamente como un pequeño antojo de Andrés, pero lo entendí con mucha claridad, era un inmenso salto en la madurez y el desarrollo de su propia individualidad. Él sentía que era capaz de tomar una decisión por sí mismo y enfrentar en su intimidad los peligros que involucraban tan arriesgada aventura.

Libertad es decidir, es elegir. Andrés se habría paso a la libertad, sabía lo que quería y se disponía a lograr lo que eran sus deseos, encontrarse con su hermana. Ya no había que obligarlo a subirse sólo a un ascensor, ni había que obligarlo a tomar un bus local de la ciudad.
Se subió solo al autobús y se sentó al lado de la ventana. Con su carita asustada y sus grandes ojos nos miraba haciendo señas de despedida con su mano, mientras en Caracas lo esperaba Priscila.
- Inés, me siento muy orgulloso de Andrés - alcancé a decir mientras apretaba la mano de Inés que angustiada hacía señas de despedida a Andrés y las lágrimas se deslizaban por su rostro.
El bus partió con destino a Caracas.

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