sábado, 19 de agosto de 2017

Navegando en la Filosofía - IV


Navegando en la filosofía IV 

(Recopilación) 


Alex Villanueva A.


Caracas, Agosto 2017.




Cambio y permanencia
Dicen que el chimpancé y el hombre comparten más del 99% de los genes, razón por la cual yo me pregunto si los chimpancés son en realidad más inteligentes que los humanos o quizás, visto de otra manera, los humanos somos más animales de lo que presumimos. Por supuesto que esta información perturba a cualquiera, pero sabemos que el ser humano se distingue por su capacidad para pensar, aunque es verdad que a muchos no se les nota nada.
Así pues, el hombre en algún momento de su historia comenzó a pensar y, más particularmente, comenzó a filosofar. ¿Cuándo ocurrió esto? y ¿por qué? En la antigua Grecia, a inicio del siglo VI a.C., cuando el hombre estuvo libre de las exigencias vitales primarias – comida, abrigo, vida social, etc. – y también ajeno a los mitos y supersticiones, estuvo en condiciones de preguntarse qué es el mundo, ¿por qué hay mundo?, ¿por qué hay entes?, ¿por qué la realidad está ordenada?, ¿cuál es el fundamento de la realidad? Todas estas preguntas nacen del asombro del hombre frente a la totalidad del ente, surgen del asombro ante el hecho de que haya entes cuando bien pudo no haber habido nada.
Entonces, ¿qué es un ente? Se llama “ente” todo aquello que “es”. Puede tratarse de cualquier cosa, física o conceptual.  Así como “pudiente” es “el que puede”, “viviente” es lo que vive, “ente” se llama a “lo que es”. Lo que hace el pudiente es poder, lo que hace el viviente es vivir, entonces lo que hace el “ente” es “ser”.
La disciplina que se ocupa de estudiar los entes se llama ontología. Esta disciplina enuncia una serie de principios ontológicos, entre los cuales afirma que "todo tiene su razón o fundamento", o sea, no hay nada porque sí. Pues bien, entonces ¿por qué hay ente y no, más bien, nada?, se pregunta Heidegger. ¿Cuál es el fundamento del ser de la realidad? Los filósofos de la antigua Grecia exploraron varios caminos en este sentido e intentaron varias explicaciones.
Los naturalistas pensaron que la razón de ser de la realidad que habitamos, esto es, su fundamento, está en el interior de la naturaleza. Esta visión la tuvieron algunos pensadores pre-socráticos y es la que posteriormente dio lugar al desarrollo del conocimiento científico.
Otro camino, influido por el pensamiento de Sócrates, es la corriente metafísica que remite a una realidad trascendente que se encontraría más allá de la naturaleza. Esta perspectiva alcanza una hegemonía en el mundo occidental, particularmente con la expansión del cristianismo con el cual se vincula estrechamente en cuanto a que se postulan dos órdenes de la realidad, una sensible y otra trascendente.
Un tercer enfoque es aquel que plantea que el fundamento de la realidad está en el hombre, no habría una realidad objetiva, independiente de los seres humanos. Esto es, como dice Protágoras, “el hombre es la medida de todas las cosas”.
Estas corrientes de pensamiento comenzaron a configurarse en los albores de la filosofía en la antigua Grecia, especialmente cuando surgen dos filósofos con propuestas diametralmente opuestas: Heráclito de Éfeso (535/550 a. C.- 470/484 a. C) y Parménides de Elea (515/ 510 a. C.- ¿?). De una u otra manera estas dos visiones van a estar presentes a lo largo de toda la historia de la filosofía.
Lo que asombra a Heráclito es ante todo el cambio, es decir, todas las cosas pasan de ser a no-ser y viceversa, lo cual lo lleva a afirmar que el fundamento de todo está en el cambio incesante; que el ente deviene, que todo se transforma, en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa. En palabras de Heráclito: No nos bañamos dos veces en las aguas de un mismo río.
El cambio no es cambio cualquiera, sin orden ni concierto, sino un cambio que sigue ciertas pautas. Con lo cual aparece por primera vez, en cierto modo prefigurado, el concepto de lo que luego se llamará ley científica y que Heráclito denomina logos.
Parménides, al contrario que Heráclito, piensa que el fundamento de todo es el ente inmutable, único y permanente; que el ente "es", simplemente, sin cambio ni transformación ninguna. Llega a esta conclusión mediante un estricto rigor racional, apartando los sentidos y convencido que únicamente con el pensamiento puede alcanzar la verdad, sólo lo pensado “es”, inversamente, “lo que es” puede ser pensado, pues lo mismo es pensar y ser.
Pero si el ente no cambia, qué pasa entonces con el mundo sensible, con las cosas que vemos y con nosotros mismos que nacimos y cambiamos a cada instante. Parménides no transige: todas las cosas sensibles y sus propiedades todas - movimiento, nacimiento, color, etc.- no son más que ilusión, vana apariencia, nada verdaderamente real, sino fantasmas. Parménides enseña que el conocimiento sensible es falaz.
Para Hegel con Parménides se inicia propiamente la filosofía, porque su pensamiento se ciñe a lo ideal o racional. Los filósofos anteriores, Tales de Mileto y otros como Anaximandro, Anaxímenes, Pitágoras, no habían alcanzado aún el pensamiento en toda su pureza. Afirmar que Parménides descubrió la razón, significa en este contexto dos cosas. De un lado, que fue el primero en darse cuenta de que hay un conocimiento racional, a diferencia del conocimiento empírico o sensible. De otro lado, significa que enunció por primera vez los principios ontológicos de identidad, de contradicción y el de tercero excluido.
En realidad, parece que ambos puntos de vista se combinan, cambio y permanencia, pues resulta extravagante decir que las cosas no cambian, sin embargo, también hay algo permanente como, por ejemplo, el cambio mismo, o las leyes que rigen la naturaleza.
Otro ejemplo es Venezuela, donde los cambios de política son a cada rato, se modifican frecuentemente los planes de seguridad ciudadana, la política cambiaria del país, se cambian los ministros del gabinete, surgen y mueren misiones de diferente tipo, se encienden y se apagan los motores de la economía, etc., todo a una velocidad vertiginosa de cambios; es la revolución gatopardiana, donde todo cambia, aunque para que las cosas sigan igual o peor. En efecto, el país permanece desde hace años en la misma mierda con el mismo gobierno chavista cabrón.
Caracas, Febrero 28 de 2017.


Sócrates
En mis andanzas por la filosofía he ido a veces a saltos de un pensador a otro, sin mucho orden, y he venido de adelante hacia atrás. Primero revisé a autores contemporáneos y ahora me he ido al origen de la filosofía con los griegos antiguos. En realidad, así es la vida, primero tomamos consciencia de un problema y luego comenzamos a investigar en varias direcciones y vamos retrocediendo en el encadenamiento de relaciones, causas y motivaciones del asunto en cuestión.
A primera vista me parecía que la filosofía de la antigua Grecia no tenía vigencia en la modernidad, pero al contrario, tiene la originalidad de reflexionar sobre el hombre y su entorno formulando planteamientos que hoy día tienen plena validez. En estas inquietudes filosóficas pareciera que no ha habido cambios a lo largo de la historia. Como decía Parménides, nada cambia.
En este sentido, Zenón, discípulo de Parménides, decía que nada cambia al punto que ni siquiera hay movimiento. Bueno, en realidad no es que lo negase, más bien decía que el movimiento es una ilusión de los sentidos, pero que racionalmente no se puede comprender.
Imaginemos, reflexionaba Zenón, una carrera entre Aquiles y una tortuga a quien se le concede una determinada distancia de ventaja. Pues bien, ocurre que cuando Aquiles llega al punto en que se encontraba la tortuga, ésta se encuentra ya en otro; y cuando llega a éste, la tortuga ya está en otro punto diferente, y así al infinito. Siempre habrá un segmento, por más pequeño que sea, que la tortuga llevará de ventaja a Aquiles y éste jamás logrará alcanzarla. En consecuencia, el movimiento es irracional y puesto que sólo es real lo que el pensamiento racional sostiene de manera coherente, resulta entonces que el movimiento no existe, la esencia de la naturaleza es permanente.
Sócrates, a su vez, pensaba que el verdadero saber no puede referirse a lo que cambia, sino a algo permanente. Precisamente, sostiene que el alma es inmortal y posee en sí misma las verdades en sus propias profundidades, está grávida de conocimientos, y es a través de la mayéutica que se ponen al descubierto tal cual una partera ayuda a dar a luz.
¿Y quién fue este Sócrates? Fue un personaje extraordinario y decisivo en toda la historia del pensamiento occidental, tanto así que ha sido comparado con Jesús que provocó un profundo cambio en la historia. De manera similar, Sócrates representa un cambio decisivo en el pensamiento a pesar de que no dejó nada escrito y sólo se le conoce por los testimonios que provienen básicamente de Platón y otros discípulos.
Sócrates (470-399 a.C.) vivió la época más esplendida de la antigua Grecia, el llamado siglo de Pericles, que convirtió a Atenas en el centro del imperio e impulsó su extraordinaria cultura. Gracias a Pericles se desarrolla una democracia directa, donde los propios ciudadanos intervenían personalmente en el manejo de la cosa pública.
Los recién llegados a la política sienten necesidad de prepararse para la nueva tarea, buscan adquirir los instrumentos necesarios para que su actuación en público sea eficaz, herramientas como el arte de la retórica y la oratoria, para expresarse con elegancia, convencer y ganar en las controversias. Los encargados de satisfacer estas necesidades fueron los llamados “sofistas”.
En efecto, los sofistas eran maestros ambulantes y que cobraban por sus lecciones, en algunos casos sumas bastante elevadas. En general, los sofistas eran de tendencia relativista, puesto que no les interesaba la verdad en sí misma, sino más bien embellecer los discursos y hacer triunfar una tesis cualquiera. Algo así como los abogados y los políticos de la actualidad, que al peor criminal lo pueden hacer ver como un inocente angelito, o viceversa.
En este contexto de crisis en los valores de la moral y el derecho, debilitados por el relativismo subjetivo, aparece un hombre capaz de desenmascarar el punto de vista de los sofistas y muestra que tal actitud no es ni coherente ni sostenible. Este personaje fue Sócrates.
En una época en que todos creen saberlo todo o poder enseñarlo todo, en pro o en contra indistintamente, sin importarle la verdad o justicia de lo que dicen, Sócrates proclama su propia ignorancia. Concluye que los demás creen saber, pero no saben ni tienen conciencia de su ignorancia, en tanto que él posee conciencia de la ignorancia que les falta a los demás. He aquí la sabiduría de Sócrates. Entiende que su misión será recordarles a los hombres el carácter precario de todo saber humano y llevarlos a tomar conciencia de los límites de la naturaleza humana
Sócrates filosofa conversando con los demás, mediante el diálogo. Su método tiene dos momentos: primero es la “refutación”, que consiste en mostrar al interlocutor, mediante hábiles preguntas, que las opiniones que cree verdaderas son contradictorias, incapaces de resistir un examen de la razón, alcanzando de este modo una purificación del alma, puesto que la ignorancia y el error equivalen al vicio y la maldad.
El segundo momento es el de la “mayeútica” que consiste en guiar al interrogado para que encuentre sus propias respuestas. El maestro no representa sino que un estímulo, en cambio, el discípulo debe llegar a la conclusión correcta mediante su propio esfuerzo y reflexión. Algo así como el coaching ontológico de la actualidad.
Sócrates sufrió, sin embargo, la desconfianza de muchos de sus contemporáneos, debido a sus fastidiosos interrogatorios y la actitud irónica que ponía al descubierto la ignorancia de los demás. Además, les disgustaba la postura crítica que tomó frente al Estado ateniense y la religión establecida. Fue acusado en el 399 a. C. de despreciar a los dioses y corromper la moral de la juventud. Fue condenado a muerte y Sócrates hizo una réplica irónica a la sentencia del tribunal que enfadó tanto al jurado que éste volvió a votar a favor de la pena de muerte, esta vez por una abultada mayoría. Relata Platón que éste pudo haber eludido la condena gracias a los amigos que aún conservaba, pero prefirió acatarla y morir, pues se sentía obligado a cumplir la ley, aunque fuese injusta, pues peor sería la ausencia de ley. Para Sócrates lo importante era mantener una conducta virtuosa.
Caracas, Marzo 15 de 2017.


Platón
En estos días he recibido la noticia de que mi hermano va a empezar a trabajar en la Universidad Tecnológica de Chile INACAP, lo cual me parece muy importante, tanto por los estudiantes que tendrán la oportunidad de recibir enseñanzas de una persona con una brillante formación académica de post-doctorado en su especialidad, como por él mismo puesto que podrá nutrirse del entusiasmo y la vitalidad de la juventud de sus discípulos.
No hay duda que con esta experiencia Jorge saldrá de las sombras de la caverna de Platón donde vivía últimamente, cuyas tinieblas distorsionan la realidad con imágenes que delinean fantasmagóricamente las cosas reales, al punto que se confunden las vivencias personales en la penumbra de divagaciones existenciales. Ahora deberá enfrentar la luminosidad del exterior de la caverna, que primero lo enceguecerá, pero luego le mostrará la verdadera realidad a la luz del sol.
Pues sí, esta alegoría de la caverna es famosa ya que a través de ella Platón describe su filosofía y le permite explicar que estamos inmersos en dos mundos, o dos órdenes del ser, el mundo sensible y el mundo de las ideas o mundo inteligible; en consecuencia, hay dos tipos de conocimiento, la doxa u opinión, por un lado, referida a la percepción sensorial imperfecta como una copia no fiable de la realidad, y por otro lado, la episteme o conocimiento que resulta de la razón.
Platón (Atenas, 427-347 a.C.) fue un importante filósofo griego discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, con incomparable influencia en el pensamiento occidental hasta nuestros propios días. Fundó la Academia, escuela y centro de investigación donde se cultivaron no sólo la filosofía, sino todas las ciencias, con notable influencia hasta que fue cerrada 900 años después.
Platón señala que el verdadero saber no puede basarse en lo que cambia, sino debe sostenerse en algo permanente, en lo que realmente “es”, similar a como lo había sostenido Parménides respecto del ente. Ese invariable lo encontró Sócrates en los conceptos y en las definiciones, en tanto que Platón lo amplia al mundo de las ideas.
Por el contrario, si el saber se edificase sobre las cosas sensibles estaríamos sumergidos en un relativismo, como la conclusión que sacó Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas”. De manera que el verdadero conocimiento no puede provenir de los sentidos debido a su carácter vacilante y contradictorio; una vara fuera del agua parece recta, hundida en ella nos parece quebrada.
En este sentido, Platón postula otro mundo, el mundo de las ideas o mundo inteligible, del que el mundo sensible no es más que una copia similar a las sombras de la caverna de la alegoría. Las ideas no se refieren a su aspecto psíquico, sino que para Platón las ideas son cosas reales, verdaderamente reales, más reales que las montañas, los planetas, etc.
Para explicar que el conocimiento de las ideas las adquirimos antes de estar en este mundo, Platón recurrió al mito, quizás como explicación simbólica que no es preciso tomar literalmente. Antes de nacer el alma habría habitado el mundo de las ideas, luego al ocupar el cuerpo mismo y venir a este mundo se atraviesa el río Leteo, o río del Olvido, y las ideas se olvidan, aunque quedan latentes, de manera que después en la vida estas ideas se van recordando más o menos oscuramente: Aprender no es sino recordar. Lo importante es destacar que este conocimiento, independiente del conocimiento sensible, es un conocimiento a priori, en el sentido de que es independiente de la experiencia, puesto que tiene validez sin que la experiencia pueda modificarlo.
En la alegoría de la caverna precisamente Platón expresa que al comienzo de nuestra existencia somos como los prisioneros del antro, vivimos en el anonimato, en el olvido de nosotros mismos, no somos auténticas personalidades libres, como diríamos en términos actuales, nos encontramos sometidos al poder del medio social que nos impone un modo de conducta, una moda, una televisión, una forma de vestir, un peinado, etc. En estas condiciones las personas no tienen ni libertad ni verdadero conocimiento de la realidad y, lo más grave, ni siquiera están conscientes de su ignorancia.
Los prisioneros observarán la torpeza de quien vuelva a ingresar al antro, no adaptado a la penumbra, razón por la cual van a consideran dañino estar en el exterior, de manera que se resistirán a quien pretenda liberarlos, inclusive matarán a quien lo intente, como ocurrió con Sócrates que quiso romper las cadenas de la ignorancia de sus conciudadanos.
Jorge, por favor, cuídate. No te vaya a ocurrir con tus estudiantes lo que le pasó a Sócrates y te obliguen a beber la cicuta.
Caracas, Abril 04 de 2017.


Aristóteles
Cuando observo la convulsionada y dramática situación de Venezuela, donde se desbordan las pasiones en una vorágine de violencia que ya nadie sabe en qué puede terminar, me viene a la mente el desarrollo del pensamiento racional que surgió con enorme vitalidad en la antigua Grecia, hace 8.000 años. Hubo extraordinarios filósofos que entre muchos destacan Sócrates, Platón y Aristóteles. El pensamiento se reconoció como fuente del conocimiento y de la virtud.
Me parece que poco hemos progresado en tantos años. Ahora manejamos una extraordinaria tecnología para atender nuestras necesidades materiales, pero nuestra condición racional se ensombrece en medio de los conflictos sociales que nos enfrenta unos con otros con inusitado fanatismo que sobrepasa los límites de la convivencia.
Por supuesto, no es que los griegos fueran unos angelitos ni que no tuvieron conflictos con sus vecinos. De hecho, el rey de Macedonia Alejandro Magno, discípulo de Aristóteles en su juventud, fue el gran guerrero que conquistó desde Grecia hasta Egipto y el Asia Central.
Tampoco todo lo que pensaban los griegos era brillante, por ejemplo, Aristóteles decía que a la mujer le faltaba algo, era un “hombre incompleto”. En la procreación la mujer sería pasiva y receptora, mientras que el hombre sería el activo y el que da.
En realidad, apartando lo dicho anteriormente, Aristóteles fue un extraordinario pensador y muchos años después su filosofía ejerció una gran influencia en Santo Tomás de Aquino, puesto que éste último toma el pensamiento de Aristóteles para ponerlo al servicio de su teología cristiana para dar respuesta al problema de las relaciones entre fe y razón o entre la revelación y el conocimiento natural.
Aristóteles es importante junto a Platón, su maestro, ya que ambos representan dos tipos clásicos de filosofía, dos actitudes contrapuestas frente a la realidad. Platón personifica al idealista que tiene su pensamiento orientado a un mundo perfecto, de ideas eternas y bellas, que no es este mundo sensible. Por el contrario, Aristóteles representa el realismo, puesto que para él la realidad “es” este mundo concreto en que vivimos y nos movemos.
Platón opinaba que las Ideas eran más reales que todos los fenómenos de la naturaleza. Para él, por ejemplo, primero estaba la “idea de casa”, después estaban todas las casas del mundo de los sentidos, es decir, la «idea de casa» estaba antes de las casas concretas. Sin embargo, Aristóteles pensaba que Platón había dado la vuelta a todo. Estaba de acuerdo con su maestro que existe el concepto de “casa”, pero este concepto surge después de ver cierto número de casas, es decir, la idea de casa no existe en sí.
Aristóteles decía que no existe nada en la mente que no haya estado antes en los sentidos, en tanto que Platón podría haber dicho que no hay nada en la naturaleza que no haya estado antes en el mundo de las Ideas
Opinaba Aristóteles que la filosofía platónica duplicaba innecesariamente las cosas, puesto que Platón afirmaba que hay dos mundos, el sensible y el inteligible. De esta manera sólo complica el problema metafísico, pues en vez de explicar un mundo, habría que explicar dos.
Para Aristóteles el ser, por ejemplo, de una silla es “in se”, es decir, en sí o por sí mismo, de manera que existe de manera independiente, en tanto que el color o el tamaño no existen de por sí, sino cuando están en otro ente, cuando se adhieren en él. El ser “en sí” suele denominarse “substancia”, los demás modos de ser son accidentes: cantidad, cualidad, relación, lugar, tiempo, posición, posesión, acción y pasión. Estos diez modos de ser los llamó Aristóteles “categorías”.
La substancia está constituida, según Aristóteles, por dos factores, esto es, por la materia y la forma, por ejemplo, una mesa tiene como materia la madera y la forma es la de una mesa. La materia es aquello que expresa ¿de qué está hecho? y la forma es aquello que responde a ¿qué es esto? La forma equivale a la esencia y es lo determina que, en el ejemplo, la madera sea mesa y no silla u otra cosa.
Pues bien, ¿y de qué sirve todo lo anterior? Recordemos que Platón decía que la verdadera realidad se encuentra en la ideas, en tanto que Aristóteles señala que lo determinante, lo que es real, es la forma (la esencia) y no la materia (contenido), que es lo propiamente cognoscible, es decir, se conoce algo cuando se capta su forma, lo cual se realiza con el intelecto y no con los sentidos.
Materia y forma coexisten como dos aspectos inseparables de una sola realidad, pero no están en una relación que constituya un estado de equilibrio. Así, el nivel más básico donde predomina la materia sobre la forma sería para los elementos básicos: tierra, agua, aire y fuego. El nivel superior de predominio de la forma sobre la materia está constituido por el hombre que, según Aristóteles, su materia es la vida sensitiva, y su forma es el alma racional, la razón.
Y entonces Aristóteles se plantea el problema de si por encima del hombre no hay todavía alguna forma de ser superior. ¿Acaso habrá un ente que sea pura esencia, sin residuo alguno de materia, algo que sea plenamente de una vez y para siempre, de manera perfecta?
 Aristóteles contesta afirmativamente, más aún, explica que es necesaria la existencia de un Dios que haya puesto en marcha todos los movimientos de la naturaleza. Claro, este Dios no tiene nada que ver con el Dios cristiano, pues este ente es un ser impersonal, no creador (el mundo sería eterno, según Aristóteles), indiferente acerca del curso del mundo, no hace nada ni actúa en modo alguno sobre el mundo, porque en tal caso se ocuparía de algo menos digno que él y perdería su perfección.
¡Vaya, qué situación! Quizá esto explica la realidad de Venezuela, estamos sin Dios que nos ampare. O dicho de otra manera, este Dios indolente se dedica a mirarse el ombligo, embebido en sus propios pensamientos, mientras tenemos un desastre cada vez más grave en Venezuela.
Pues, entonces, no nos queda más remedio que lograr algún día entendernos entre nosotros mismos, antes que lleguemos a la paz de los cementerios. Como dice Aristóteles, debemos asumir una conducta del “justo medio” propia del hombre prudente, esto es, no adoptar el vicio de los extremos, como por ejemplo, la temeridad que es vicio por exceso o la cobardía por defecto, en este caso la virtud consiste en la valentía. Del mismo modo no debemos ser ni tacaños ni pródigos, sino generosos, tal como pasa con la comida, es peligroso comer demasiado poco, pero también es peligroso comer en exceso.
Definitivamente necesitamos prudencia y tolerancia, tolerancia con tantos imbéciles que nos gobiernan… ¡Qué difícil es la tolerancia!
Caracas, Julio 12 de 2017.


El Helenismo
¿Qué buscamos en la vida? ¡Vaya pregunta! No es sencilla una respuesta general, pues algunos buscan alcanzar el poder y se les va la vida en la conquista del mismo, en tanto que para otros su propósito es alcanzar la gloria, en el sentido de llegar a un punto máximo de un esfuerzo particular para lograr el placer del logro. También los hay, y son muchos, quienes buscan la riqueza material y su vida es una permanente carrera para la consecución de bienes y dinero… y cuando algo de ello alcanzan ya poca vida les queda para disfrutarlo.
Hay otros que dedican su vida a salvar el alma o, al menos, es lo que dicen, mediante la purificación del espíritu, y la técnica en algunas religiones es relativamente sencilla, por ejemplo, en el cristianismo basta que cuando se está a punto de estirar la pata se tenga un profundo arrepentimiento sobre todos los pecados cometidos en la vida y de inmediato se obtendría el pasaporte para el cielo, o en el caso de los radicales yihadistas, basta suicidarse en un acto terrorista de su guerra santa y que se mate a muchos infieles, lo cual asegura un cupo al lado de Alá. En fin, hay de todo.
A los griegos de la antigüedad se les ocurrió pensar más racionalmente en estos asuntos, se hicieron estas preguntas y discurrieron varias respuestas. En este sentido, Aristóteles planteó que el fin último o bien supremo de toda acción humana es la "felicidad". En realidad, él habló de la “eudaimonía” en su Libro de Ética para Nicómaco, pero para efectos prácticos es más o menos lo mismo que ahora entendemos por felicidad, o estado de bienestar.
Según Aristóteles la felicidad es el resultado de la excelencia, de la virtud, es decir, el hacer las cosas bien ejerciendo la razón de una manera profunda y asumiendo una vida prudente. Estas ideas en la búsqueda de la manera más digna y mejor de vivir y de morir para los seres humanos continuaron a la muerte de Aristóteles, particularmente en lo que se ha llamado el período del helenismo - a partir de la muerte del Alejandro Magno hasta el dominio del Imperio Romano - caracterizada como una época de predominio de la cultura griega que dominaba los reinos de Macedonia, Siria y Egipto.
En este nuevo ambiente cultural surgen nuevas corrientes filosóficas que se ocuparon del asunto de cómo conseguir la verdadera felicidad, entre ellas tenemos a los cínicos, estoicos y epicúreos.
Los cínicos, no en el sentido moderno de la palabra que significa insolente, desvergonzado y descarado, sino que referido a los griegos que entendieron que la felicidad se alcanza llevando una vida de perros, es decir, una vida asceta que no depende de cosas externas como el lujo, el poder político o la buena salud, cosas que son fortuitas y vulnerables. Los cínicos consideraban que no debían preocuparse por el sufrimiento, ni la muerte, incluso ni siquiera debían preocuparse por el sufrimiento de los demás.
Para los cínicos la felicidad viene dada por una vida simple y acorde con la naturaleza, asumen un desprecio por las riquezas y cualquier otra forma de preocupación material. Plantean como idea clave de la libertad y la felicidad que mientras menos necesidades, hay menos sufrimientos.
En tanto que los estoicos destacaban que todos los procesos naturales, tales como la enfermedad y la muerte, siguen las inquebrantables leyes de la naturaleza, en consecuencia, el ser humano ha de conciliarse con su destino, pues sirve de poco quejarse del mismo. La felicidad consiste en un tipo de vida conforme a la naturaleza humana, que es racional, de modo que la paz interna se logra mediante la resistencia al sufrimiento y a las opiniones de los demás, esto es, un soportar los rigores de la vida con el mejor ánimo.
El objetivo de los cínicos y estoicos era aguantar toda clase de dolor, lo cual es distinto a centrar los esfuerzos en evitar el dolor. Precisamente este último es el planteamiento de los epicúreos, el arte de vivir es evitar el dolor.
Epicuro decía que era importante el placer derivado de una acción, sin embargo, este resultado debe ser evaluado con sus posibles efectos secundarios. Además, el placer a corto plazo tiene que considerarse frente a la posibilidad de un placer mayor a más largo plazo. Por otro lado, no necesariamente el placer se refiere al placer sensual, sino también existen placeres espirituales como la amistad, el arte, etc.
La felicidad, sublime tesoro ansiado y perseguido por todos, es sin embargo un camino que no es único ni absoluto que se deba seguir, incluso en opinión de algunos pensadores, llevados por un espíritu pesimista, la consideran una meta imposible de alcanzar y la reducen a un simple estímulo de vida en persecución de un ideal utópico e inasequible.
Aun así, el ideal de una sociedad feliz es muy antigua en la humanidad. De hecho, Simón Bolívar consideraba que “el sistema de gobierno más perfecto, es aquel que produce mayor suma de felicidad posible…”. Claro, es una ironía de la vida darse cuenta que los nuevos bolivarianos chavistas precisamente han logrado todo lo contrario, en aras de luchar contra la injusticia social han conseguido producir las mayores desgracias en un país abundante de riquezas naturales, han destruido la economía, la seguridad ciudadana y la democracia, dando espacio libre a la delincuencia, corrupción y autoritarismo que han llevado el país a un estado de anomia social.
Tal vez el sentimiento que invoca de manera más efectiva a la felicidad sea el amor, aunque son evidentes las contradicciones que provoca cuando se desbordan las pasiones humanas en el seno de un romance. Quizás la opción para alcanzar la felicidad sea el amor en el sentido más trascendente de acto incondicional de dar.
Caracas, Agosto 19 de 2017.



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lunes, 13 de febrero de 2017

Navegando en la Filosofía - III

Navegando en la filosofía III 

(Recopilación) 


Alex Villanueva A.
Caracas, Febrero 2017.



Michel Foucault
En mis paseos por la filosofía me he detenido bastante tiempo en este filósofo, pues no lograba centrarme en las ideas claves de su pensamiento. No he quedado completamente satisfecho, ya que intentaba vincular el desarrollo de los conceptos de este pensador con el problema del poder en Venezuela, pero el tema está en un contexto mucho más amplio. Sin embargo, creo que puedo hacer un bosquejo rápido de su pensamiento central bajo la habitual caracterización de su pensamiento como ubicado en el “estructuralismo”, aun cuando él no aceptaba tal etiqueta.
Michel Foucault (Francia, 1926-1984) fue un historiador de las ideas, psicólogo, teórico social y filósofo, importante estrella del pensamiento francés en la década de los años 60 y 70, y cuyas interesantes ideas se inscriben dentro de una radical crítica a los logros del sistema industrial y capitalista que ponen en entredicho la sociedad de bienestar.
La evolución de su pensamiento hizo que lo pudieran percibir como contradictorio con sus propias ideas iniciales, según se le planteó en una entrevista, y su burlesca respuesta fue: “¿Ud. cree que he trabajado duro todos estos años para decir lo mismo y no haber cambiado mis ideas?”
De manera simple, se entiende que para el estructuralismo la realidad humana no se puede comprender a través del individuo como elemento aislado, sino a través de patrones subyacentes de conocimientos que conforman estructuras profundas e inconscientes que la determinan y explican todas las conductas humanas, las instituciones sociales y los procesos históricos.
Según Foucault, en las situaciones históricas siempre hay estructuras de base que están escondidas (epistemes o campo epistemológico) y que condicionan lo que el ser humano piensa y hace, así también determinan los intereses, principios, valores y prácticas propias de aquel momento.
La episteme, algo así como el paradigma en el sentido de que es un patrón para comprender la realidad, impone sus reglas a todos los individuos de una época, determina la estructura de su pensamiento y ofrece una particular visión del mundo. Ahora, a lo largo de la historia hay epistemes que se desvanecen y surgen otras nuevas, no necesariamente en una sucesión lineal, sino mediante rupturas epistemológicas.
Así, nuestra modernidad se habría iniciado a comienzos del siglo XIX con el particular rasgo de su episteme que conceptualiza al hombre como un individuo autónomo y racional. Este sujeto, en estos términos, se convierte en objeto de estudio de las ciencias humanas.
Sin embargo, Foucault declara que “el hombre ha muerto” parafraseado a Nietzsche quien en su momento expresó: “Dios ha muerto”. ¿En qué sentido muere el hombre? Por supuesto que no se refiere a la desaparición de la especie humana, sino a la superación de un concepto del hombre que ha servido para justificar las mayores atrocidades en la historia. Precisamente muere en el sentido de sujeto supuestamente autónomo y racional que se concibe como punto de partida del conocimiento y centro en la conformación de la realidad. En cambio, ahora el centro es la estructura y el sujeto está dentro de dicha estructura o, en términos de Foucault, condicionado por la episteme vigente derivada del ejercicio del poder.
El sujeto adquiere una identidad a través del saber, este saber nos hace individuo, pero el saber está en estrecha conexión con el poder que despliega sus múltiples fuerzas para someter y dominar a ese sujeto. Además, el poder se filtra en todo el tejido social y se apoya en ciertos discursos de su particular verdad que se trasmite y, a su vez, multiplica los efectos de ese mismos de tal poder. Por este motivo, Foucault dice que el individuo es un efecto del poder a consecuencia de los mecanismos que denomina el “biopoder”.
De hecho, los gobiernos buscan controlar a la gente sin necesidad de reprimir, por ello intentan que la gente se comporte y desee lo que el gobierno necesita, es decir, implanta dispositivos de autodisciplina que le facilitan el ejercicio del poder. La población se vuelve cada vez más dependiente del gobierno y va perdiendo la capacidad para identificar sus propios intereses. Así, el biopoder es una suerte de apropiación de la vida de los individuos, donde la verdad del gobierno establece su hegemonía y dominación.
Verdad y poder son términos estrechamente unidos. La verdad nunca está ajena del poder y cada sociedad tiene su propia noción de la verdad, tiene sus propias reglas para decidir qué es lo verdadero y qué lo falso. Entonces, el objetivo no es liberar la verdad del poder, asunto que es imposible según Foucault, sino separar el poder de las actuales formas de la verdad que actúan como elementos de dominación y subyugación.
Este problema de la dominación y el sometimiento lleva a Foucault a examinar la actuación del poder no desde los mecanismos del Estado, sino desde sus últimas ramificaciones, formas locales y concretas, que denomina la microfísica del poder. Para examinar las relaciones de poder en su más cruda realidad Foucault centró sus análisis en las instituciones carcelarias.
Observó que de los mecanismos penales surge un conjunto de técnicas disciplinarias que se fueron extendiendo al ejército, las escuelas, los hospitales, las fábricas, etc., para formar individuos normalizados con conductas, pensamientos, discursos que son pautados desde las instancias del poder.
El análisis de Foucault acerca de los mecanismos disciplinarios del poder tiene como propósito superar el actual estado de sometimiento y dominación. El objetivo que se plantea es lograr que el ser humano amplíe cada vez más el ámbito de su libertad, que las técnicas disciplinarias se tornen en nuevas técnicas del sujeto libre.
Mientras escribía estas líneas no he dejado de pensar en Venezuela y su drama por la lucha del poder. No hay duda que la pérdida de la legitimidad del actual gobierno está en evidencia porque ya ni siquiera ejerce algún biopoder, en palabras de Foucault, sino que sólo sobrevive por el uso descarado de la represión y la arbitrariedad que lo ha desenmascarado como una dictadura que no puede ser admitida en los nuevos tiempos. La esperanza está en el poder de la ciudadanía.
Caracas, Octubre 21 de 2016.


¿Todavía alguien me sigue? Bueno, no importa, siempre me queda la opción de pensar y tener interesantes tertulias conmigo mismo, quizás algún día me termine convenciendo de mis ideas.
En mis paseos por el pensamiento filosófico me he encontrado con el problema del lenguaje y el pensamiento, ambos inseparables. De hecho, nuestras interpretaciones de la realidad están hechas de lenguaje, pues pensar es un fluir de palabras en nuestra mente, tanto así que es común ver en la calle a personas completamente ensimismadas y gesticulando en una conversación consigo misma. También ocurre que cuando tenemos una idea confusa y no la logramos esclarecer sino hasta que encontramos las palabras apropiadas.
Es interesante este asunto, pues a primera vista el lenguaje parece simplemente el vehículo que sirve para comunicar y que no interviene en la manera cómo se capta la realidad. Sin embargo, esto no es tan sencillo, razón por la cual en el siglo XX se puso al lenguaje en el centro de la actividad filosófica a través del denominado “giro lingüístico”, donde destacan pensadores como Wittgenstein, Husserl, Heidegger, Austin, Derrida, etc.
El tema es complejo, sinceramente no entendía mucho de este asunto, lo cual me motivó a estudiar a Jaques Derrida (1930-2004), filósofo francés de origen argelino que postula la llamada Deconstrucción, quien dijo su famosa frase: “nada hay fuera del texto” (texto en el sentido de enunciado gráfico, fónico o gestual, con una intención comunicativa). La verdad, no entendía mucho… ahora no entiendo nada.
Un día caminando despreocupado por el parque me tropecé con las raíces de un árbol y me caí, me golpeé durísimo, entonces en medio del dolor pensé: no hay nada fuera del texto. ¿Carajo, o sea, para quejarme tendría que escribirlo? ¡No!, para quejarme no necesito el lenguaje, ni textos. Sin embargo, instintivamente dije: ¡Mierda, mierda! Palabras, palabras… estamos llenos de palabras, rodeados de palabras, obviamente estamos encerrados en el lenguaje.
Entonces ¿qué hay fuera del texto? Por supuesto que hay muchas cosas, entre otras cosas está la realidad. No es que no haya nada fuera del texto, pero para referirnos a cualquier cosa necesitamos el lenguaje, no hay nada que podamos despojar de lenguaje para referirnos a ello. Si decimos que fuera del texto está la realidad, estamos utilizando palabras y no tenemos alternativa para expresarnos de otra forma. Es en este sentido que no hay nada fuera del texto, no hay nada que no está referido al texto, al lenguaje.
De modo que todo se juega en el lenguaje, pero ocurre que éste no es transparente ni algo natural, las palabras no salen de las cosas, los objetos no tienen una etiqueta donde esté su nombre, ni la sintaxis surge de tales cosas, ni la realidad tiene sustantivos, adjetivos, verbos, etc., sino que es el sujeto quien ordena las palabras según un significado y reglas preestablecidas. Entonces, ¿cada cual utiliza sus propias palabras?, pues no, cada cual usa palabras ajenas que ha aprendido de algún modo.
Alguien podría decir que el lenguaje nos ayuda a describir la realidad, o quizás sea al revés, la realidad la interpretamos a través del lenguaje que está en nuestras mentes, o más bien, es el lenguaje que suscribimos quien nos estructura la realidad. Me refiero al lenguaje que adoptamos, o mejor dicho que se nos ha impuesto, el que ha evolucionado, se sedimenta y cambia en la sociedad a lo largo de los años.
¡Vaya temita!... ¡y nos creemos libres! ¡Nos creemos dueños de sí mismos! Cuando realmente somos expresión de un leguaje que no es propio, con reglas ajenas a uno mismo y palabras que otros inventaron. El lenguaje es como unos lentes ajenos de colores cambiantes con los cuales percibimos la realidad.
Derridá lo hace todo inestable, todo lo derrumba, no hay una sola verdad, todo parece ser de otra manera. Con su “deconstrucción”, muestra que hay muchas interpretaciones de un hecho, hecho que lo conocemos a través del lenguaje, y si alguien ha eliminado las otras opciones es porque se ha impuesto una sola a través del poder, no siempre visible. Entonces, como no hay una verdad, simplemente se ocultan las otras interpretaciones.
Precisamente, la deconstrucción de Derrida consiste en mostrar que detrás de la interpretación de un texto hay otras interpretaciones igualmente válidas, de manera que el arte de la filosofía es demostrar que frente a alguna idea establecida como definitiva, obvia y segura, realmente hay otras interpretaciones que están detrás de una trama o historia oculta que se debe desentrañar, se debe poner en la superficie.
Así, por ejemplo, el concepto de democracia en nuestra parte occidental del mundo la entendemos de determinada manera y nos parece definitiva, pero en realidad hay en la historia muchas maneras de entenderla, sin embargo hay una que se ha impuesto en la actualidad en detrimento de las otras, y mañana puede ser diferente. Esto significa que en la sociedad se ha impuesto el concepto vigente de democracia de alguna manera a través del ejercicio del poder.
Entonces, si hay normalidad, digamos, hay paz, es porque alguien ha impuesto determinado modelo de convivencia sobre las muchas otras alternativas, ha eliminado las otras posibilidades. Esto no es más que la violencia de la imposición del poder.
Para Derrida la deconstrucción no es sólo una cuestión lingüística que nos permite escarbar en los textos para encontrar los sentidos ocultos de las cosas, sino que el deconstructivismo es una actitud de vida que nos permite revelar el carácter abierto y paradojal de lo que somos y hacemos. Una actitud deconstructiva es una actitud anti-dogmática, en el sentido de aceptar que todo puede ser de otra manera y, quizás, nuestro destino sea avanzar siempre hacia una gran incertidumbre.
Caracas, Noviembre 16 de 2016.


La biopolítica
Cuando estudiaba en la Universidad, en mis lejanos tiempos de juventud, recuerdo haber leído algunas referencias sobre el pensamiento de Louis Althusser, en particular sobre sus ideas planteadas en su obra “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”. Althusser señala que los aparatos de Estado funcionan a la misma vez mediante la represión y la ideología.
En este sentido, dice que las instituciones del Estado como la escuela, el ejército, la prensa, la radio, la T.V., la iglesia, los tribunales de justicia, los sindicatos, las instituciones culturales, etc., buscan asegurar el sometimiento a la ideología dominante en aras de reproducir el orden establecido, esto es, la reproducción de las relaciones de producción, digamos más general, las relaciones capitalistas de explotación.
Por supuesto, es tan claro este concepto en los regímenes de inspiración marxista que naturalmente imponen también su dominio a través de la ideología que difunden con los medios que van controlando progresivamente con el Estado. Esto no tiene ningún misterio. Lo preocupante del asunto es que somos una suerte de marionetas de cuya condición no estamos conscientes para nada y pensamos que nuestras creencias, valores y principios surgen genuinamente de nuestro propio ser.
La experiencia de Venezuela en su intento por imponer un modelo de socialismo, en su versión tropicalizada y con rasgos de republiqueta bananera, muestra el tremendo esfuerzo del gobierno por alcanzar la hegemonía comunicacional y divulgar desde esa plataforma su pensamiento ideológico y panfletario, por ejemplo, divulgar que ser rico es malo, que los empresarios son explotadores, que los comerciantes son especuladores, que la propiedad privada es ilegítima, que la meritocracia es nefasta, que el hombre nuevo es superior, que el pueblo es quien manda, que los opositores son apátridas, etc. Medias verdades con medias mentiras.
Pero, observo que el enfrentamiento ideológico en la sociedad de algún modo debe apelar a la razón, al menos en parte, lo cual abre la posibilidad de que la población no sea un simple rebaño que avanza en la dirección de algunos mesiánicos pastores que se dicen representantes del interés de la mayoría. Sin embargo, aparte de lo ideológico, es muy inquietante el nuevo concepto que propuso el filósofo Michel Foucault en la década de los años 70, la biopolítica.
La noción de biopolítica se desarrolla poco a poco en las reflexiones de Foucault, luego ampliadas, entre otros, por los filósofos italianos Giorgio Agamben y Roberto Esposito. Se puede entender de una manera simple como el conjunto de conocimientos y técnicas que convierten la vida de los seres humanos en el instrumento por medio del cual el Estado alcanza sus objetivos.
Entonces el control de la sociedad no sólo se realizaría mediante la ideología, sino que también a través del control de la vida de los individuos. Así el Estado se encarga de potenciar las capacidades físicas e intelectuales que consideran valiosas en las personas, ya que éstas permitirían lograr sus propósitos de dominación. El ser humano pasa a ser simplemente una materia prima, como un recurso natural cualquiera, de la cual los agentes del poder intentan extraer los mayores beneficios posibles.
En este contexto, particularmente el Estado capitalista requiere que las personas actúen con fines y estrategias completamente económicas y sus proyectos vitales estén totalmente inundados de una racionalidad economicista, es decir, se conviertan en “homo oeconomicus”.
De forma que para obligar a las personas a una vida en permanente competencia y asegurar mercados donde siempre se compita, el Estado desarrolla una estructura de desigualdad que minimice la cooperación entre los individuos y no facilite los vínculos sociales.
Así entonces, la economía de mercado más que un sistema de libertad es un modelo de administración de las libertades. Es decir, el sistema necesita ofrecer ciertas libertades para que la competencia funcione, pero al mismo tiempo la restringe para que no se pueda renunciar al modelo competitivo de vida. La libertad no es un fin ético, sino una condición funcional del mercado.
Ahora, en la actualidad, con los desarrollos de la ciencia y la tecnología, la capacidad de intervenir sobre todas las formas de vida se expande sin cesar a niveles verdaderamente dramáticos. Por ejemplo, tan sólo observemos el impacto en la sociedad y en la conducta de las personas de la publicidad comercial.
Entonces, todos creemos que elegimos libremente nuestro camino de vida y que nos realizamos con el logro de las metas supuestamente nuestras, pero en realidad no somos más que instrumentos del poder que controla todo, que controla tanto la vida pública y como la privada, que nos induce a tomar decisiones como si fueran auténticamente nuestras.
El poder expresado en su sentido negativo se ejerce a través de la represión, pero con la biopolítica el poder toma otra dimensión puesto que actúa mediante la normalización, sin necesidad de reprimir, es decir, se imponen reglas y modelos de lo que se considera normal, para deslindarlo de lo anormal, prohibido, pecaminoso, degenerado, delictivo, etc. Así todos nos ajustamos a lo que se estima correcto en esta especie de domesticación del ser humano, de modo que con este mecanismo el poder establecido logra controlar toda nuestra vida.
En consecuencia, la vida se ha vuelto cualquier cosa menos algo espontáneo. Pareciera que la individualidad se ha vuelto sólo una ilusión y nos dejamos llevar por lo que Nietzsche llama la moral de rebaños, la mentalidad inconsciente de esclavos.
Definitivamente necesitamos alcanzar un nuevo paradigma de vida que rompa las ataduras que han cercado nuestra libertad individual y alcanzar una vida verdaderamente auténtica. Por mi parte, para empezar, de vez en cuando me dedico a reflexionar, no mucho para no exagerar. Quizás debemos ser como la oveja negra del rebaño y caminar en cualquier otra dirección.
Caracas, Diciembre 29 de 2016.


La libertad individual
El tema de la libertad individual es un tema recurrente en mis preocupaciones metafísicas, verdaderamente siempre me ha inquietado saber hasta dónde gozamos de libertad. Mientras más lo pienso, más me doy cuenta que el tema no es sencillo, y comienzo por recordar que cuando niño el cura de religión nos decía que tuviésemos cuidado, pues Dios sabía todo de cada uno de nosotros, incluso sabía lo que haríamos y pensaríamos mañana y todos los día de nuestras vidas.
Por supuesto que tales enseñanzas, con la severa expresión del cura, nos infundían bastante temor, incluso sentíamos terror cuando cobijábamos algún pecadillo en el interior, pero más tarde me di cuenta que si Dios ya estaba enterado de todo entonces cada individuo sólo seguía un programa pre-establecido, de modo que yo no podría ser culpables de nada, la culpa sería del que hizo tal programa.
Por el contrario, si Dios no está enterado de mi futuro puesto que serán mis libres decisiones las que prevalecerán, significa que Dios es algo limitado y defectuoso, un poco a imagen y semejanza de nosotros mismos, de modo que este Dios no tiene la cualidad de la omnisciencia, no lo sabe todo, o sea, no es Dios; u otra interpretación, permítanme la blasfemia, Dios sencillamente no existe.
San Agustín de Hipona (354-430), prolífico pensador del cristianismo, fue el primero en hablar del libre albedrío - capacidad que tiene el ser humano de obrar voluntariamente, de tomar decisiones, de orientar su vida y sus acciones – al cual le atribuye el origen del pecado del hombre según sus elucubraciones teológicas. Pero no es mi intención indagar en el punto de vista teológico, sino más bien quiero intentar alguna reflexión filosófica del tema.
En este sentido, he leído con detenimiento el libro “El valor de elegir” de mi viejo amigo el filósofo Fernando Savater, a quien le tengo una gran estima porque es de los pocos autores que ha hecho accesible la filosofía a neófitos como yo, a las personas común y corriente. Comienza explicando que la diferencia genética del ser humano con los chimpancés es mínima (dicen que es menor que 1%), y no es mucha con el cerdo o con los gusanos; sin embargo, nuestra diferencia esencial está más allá de la dotación genética… por supuesto, a excepción de algunos que llevan vida de cerdos o son como gusanos.
En efecto, dice el autor, el ser humano no está totalmente programado para actuar sólo por los instintos, como es el caso de los animales, sino que el ser humano tiene la capacidad para decidir e inventar acciones que transforman la realidad y a sí mismo. Esta disposición es la libertad.
La diferencia está en que los animales viven sin proponérselos, en tanto que los humanos debemos proponernos planes de vida para vivir. No somos simple hojas llevadas por el viento, sino que actuamos aplicando el conocimiento y la imaginación para decidir con la voluntad propia en el campo de lo posible, asumiendo naturalmente el riesgo de la ignorancia que nos quepa. Estamos condenados a ser libres, decía Jean Paul Sartre.
De modo que nuestra distinción clave es que no obramos por simple instinto o reflejo, sino que lo hacemos de manera intencional. Ahora, ¿cómo sabemos que un acto es intencional? Pues, cuando el sujeto puede responder “¿para qué?” y “¿por qué?” de la acción.
El “para qué” se refiere a la intención del sujeto agente y el “por qué” al motivo. Es la voluntad la que decide por un motivo u otro, no es el motivo mismo la causa. Esto implica un procesamiento mental, una racionalidad, que consiste en el proceso de evaluación de la realidad, la búsqueda de alternativas y la toma de decisiones que configuran lo que Aristóteles llamó “proairesis”.
Es la interacción de la razón y el deseo la que definen nuestro querer. Pero la libertad no se refiere exactamente a lo que “queremos hacer”, sino más bien a lo que “podemos hacer” en base a nuestra propia capacidad y a las limitaciones del entorno.
El grado de libertad, o sea, el espacio de alternativas donde elegir, nuestro abanico de posibilidades, depende de nuestra propia capacidad. No podemos elegir, por ejemplo, lanzarnos de lo alto de un edificio para volar, pues no está en nuestra capacidad, de modo que nuestras posibilidades dependen de la capacidad física que disponemos, de la capacidad intelectual y emocional, de la capacidad económica y del contexto donde estamos insertados.
De manera que, por ejemplo, un pordiosero, un inculto, un esclavo, un sumiso a una dictadura, a consecuencia de sus limitadas y pobres capacidades apenas tienen ellos un estrecho margen para el ejercicio de su libertad.
La libertad es la acción por decisión voluntaria de la conciencia, pero he aquí el problema que Savater, en mi opinión, no profundiza adecuadamente. ¿Cómo es ese proceso consciente de decidir? ¿Cómo actúan los condicionamientos?
En el año 1983 el neurocientífico Benjamín Libet provocó una fuerte polémica, que dura hasta nuestros días, con su experimento que puso en cuestionamiento el libre albedrío. Este experimento – reproducido muchas veces por otros investigadores - consistió en detectar que la simple acción de pulsar un botón producía una actividad cerebral en el inconsciente 200 milisegundos antes de la sensación consciente de haber tomado voluntariamente la decisión.
Tenemos la sensación de haber tomado conscientemente una decisión voluntaria, pero hay procesos neurológicos inconscientes que preceden a la toma de consciencia que nos da la impresión de que es un acto voluntario. Entonces, somos una especie de autómatas que reaccionamos inconscientemente a determinados estímulos siguiendo un determinado programa biológico, de modo que cabe preguntarse: ¿la decisión la toma el inconsciente?, ¿el libre albedrío es sólo una ilusión?
Realmente el cerebro realiza muchas actividades en el inconsciente, por ejemplo: controla la respiración, las pulsaciones del corazón, la temperatura del cuerpo, y muchas otras más sofisticadas. También realizamos muchas actividades en modo automático que previamente hemos decidido, como conducir el vehículo, teclear el computador, seleccionar un producto en el supermercado, etc., de forma que si estos asuntos estuvieran en el consciente seguramente no tendríamos capacidad ni atención para otras cosas. Sólo cuando ocurre un evento extraordinario estas actividades del inconsciente suben al área de la conciencia. Quizás algo parecido ocurre con las simples decisiones del experimento de Libet. Tal vez las decisiones más complejas tienen una interacción entre el consciente y el inconsciente, con un componente racional más importante. No lo sabemos.
Ahora bien, si no hay libertad imagínense, por ejemplo, lo que podría ocurrir con un homicida, pues él diría que no quiso hacer nada malo, sino que ocurrió que su inconsciente le ordenó asesinar. Sin libertad no hay responsabilidad, no hay culpabilidad. La vida necesita tener la convicción de que la libertad existe y se debe considerar la responsabilidad individual de los actos, caso contrario Hitler habría sido un pobrecito desdichado que fue manipulado por los traumas de su inconsciente.
Cierto, no estamos seguros de nada, pero en cualquier caso, insisto, si la libertad es una ilusión, es una ilusión necesaria.  Ya no es asunto de filosofía, es un asunto práctico. Yo sí quiero sentirme libre y así viviré mientras me quede un hálito de vida. Definitivamente mi locus de control es interno, ¿y el tuyo?

jueves, 27 de octubre de 2016

Cavillationis

Cavillationis

(Recopilación) 


Alex Villanueva A.
Caracas, Octubre 2016.

Feliz cumple
Excelentísimo amigo Ramón, veo que estás de cumpleaños. Supongo que ya son bastantes los años que tienes, pues si te dejaras bigotes y barba sería blanca, tus hijas ya tienen más altura que tú y seguramente no se refieren a ti como “mi papito”, sino dirán “mi viejo”. ¿Cuántos años tienes? Se cuenta que así mismo le preguntaron un día a Galileo Galilei, quien respondió:
- Ocho o diez – habría respondido con evidente desconcierto para el interlocutor que miraba su larga barba blanca y un rostro curtido por muchos años de vida.
- Le explico – Galileo siguió hablando – así como las monedas que ya gasté ahora no las tengo y por tal razón en este momento no cuentan, de la misma manera los años que he vivido no cuentan y los que tengo son los que me restan por vivir.
En realidad el tiempo de vida es más importante que unas monedas. Con unas monedas compramos un helado o un caramelo, pero la vida es muchísimo más que un caramelo o un helado y si no la disfrutamos sentimos que el tiempo se nos va como arena entre los dedos, el tiempo pasa demasiado rápido.
¿El tiempo pasa demasiado rápido? Pues sí, es la sensación que la agitada vida de la modernidad nos hace percibir, aunque más bien somos nosotros los que pasamos por el tiempo y podemos caminar más lento para apreciar las cosas sencillas de la vida y hacerla más placentera.
Feliz cumpleaños, amigo Ramón, y saludos a la familia.
Caracas, Octubre 19 de 2016.


AFP en Chile
Que interesante la discusión  que se está dando en Chile sobre las Administradoras de Fondos de Pensiones, AFP, instituciones privadas encargadas de manejar los ahorros de los trabajadores para sus futuras pensiones de vejez e invalidez, creadas en el año 1980 durante la dictadura militar de Augusto Pinochet.
¿Qué son estas Aefepe? Es un sistema previsional de capitalización individual que sustituyó el antiguo sistema de reparto de las cajas de previsión, para todos los trabajadores, excepto para Las Fuerzas Armadas y Carabineros que tienen mejores pensiones que los demás.
Estas administradoras son sociedades anónimas que actúan como fondos de inversión y han sido un importante instrumento de apoyo al desarrollo económico capitalista del país. En este fondo cada trabajador tiene una cuenta individual única de ahorro para su vejez, en las que se deposita de manera obligatoria al menos el 10%  de su salario. Este dinero tiene un rendimiento financiero según sea la eficiencia de los negocios de la AFP a que esté suscrito.
Si las AFP logran buena rentabilidad los ahorros individuales crecerán, pero también está el riego de perder. Son las reglas del mercado. Naturalmente que si la economía del país sufre, si la economía global entra en crisis, entonces las AFP aumentarán su riesgo de baja rentabilidad o de pérdidas. Naturalmente que la administradora misma y su alta gerencia nunca pierden, siempre ellos sacarán su tajada.
Se dice que las sociedades se deben evaluar según sea como traten a sus viejos. Recuérdese que un viejo con dinero será siempre para alguna muchacha un viejo interesante, pero un viejo sin plata no es más que un viejo de mierda.
En Chile cada perro mata sus pulgas. Cada cual es responsable individual de su futuro, llevado al extremo del liberalismo sin solidaridad alguna. Esto me recuerda el relato de un antiguo libro, El país de las sombras largas de Hans Ruesh, del viejo esquimal que ya es demasiado viejo para seguir luchando por la subsistencia con su familia, entonces toma el trineo y se aleja del iglú de su gente, se aleja para dejarse llevar por la muerte porque sabe que ya no es útil para los demás.
Vamos viendo cómo se expresa esto en números sencillos. Si una persona ahorra el 10% de su salario mensual consigue un monto equivalente a 1,20 salarios anuales, esto es, en 30 años obtiene 36 salarios. Ahora, si consideramos un rendimiento de 4 % (interés menos inflación) el monto final será 67,30 salarios (que en realidad, como el salario no es fijo a lo largo de su vida, lo podemos considerar salarios promedios, digamos 800 dólares mensuales promedio).
Si este trabajador recibiera una renta de plazo indefinido de 4% de su capital, daría una mensualidad de 0,22 salarios (es decir, 800*0,2243= US$ 180). Ahora si se reparte sus ahorros en mensualidades a lo largo de 30 años da una mensualidad de 0,3243 salarios (es decir, 800*0,3243= US$ 260). ¡Que miseria! Y ese ñato se sacó la mierda durante toda la vida.
Estas son simples aplicaciones de la aritmética financiera. En realidad el cálculo es más sencillo, supongamos el mismo horizonte de una tasa de interés de 4%, pero veamos para cuánto tiempo le cubre una serie de pagos uniformes de pensión de vejez equivalentes a la mensualidad promedio de su vida. Esto resulta casi 7 años. Entonces es muy sencillo, después de 5 años hay que hacer como el viejo esquimal, cavar su propia tumba, para no molestar a nadie por ese asunto de la responsabilidad individual, y alejarse de este mundo.
Quizás en un plano humanista, y tomando en cuenta el inmenso progreso de la civilización, podría existir un sistema previsional de solidaridad, esto es, que los jóvenes coticen para pagar la pensión de los viejos. Esto sería una solidaridad intergeneracional. Pero me sospecho que los jóvenes no van a querer aportar mucho, entonces, antes que dar una miseria de pensión a los viejos, ofrezcámosles a estos una vida, por ejemplo, de 10 años más, eso sí, con el compromiso de que después se mueran.
A la conclusión que he llegado es que el problema de estos sistemas en todo el mundo, han entrado en crisis debido a que los viejos no se quieren morir. Realmente esta es una falta de responsabilidad muy grande, definitivamente hay que morirse oportunamente y sin abusar.
Caracas, Agosto 08 de 2016


La convivencia
Quien no se identifica con la ideología de determinado régimen político es execrado, lo llaman rebelde, ignorante, hereje, infiel, revisionista, opositor, inconformista, delincuente, antipatriota, comunista, burgués, momio, escuálido, hijo’e puta, etc., dependiendo naturalmente del sistema socio-político imperante. En el capitalismo la represión tiene la sutileza que impone el liberalismo, en el sentido de que se presume que la libertad es un valor importante, de modo que es necesario guardar las apariencias, en tanto que en el socialismo la represión es abierta en nombre de la dictadura del proletariado a fin de defender los intereses de la revolución.
Es interesante este fenómeno, pues es el resultado de la intolerancia debida a quienes en el poder se consideran poseedores de la verdad y sienten el derecho a imponer a trocha y mocha sus criterios y sus valores a los demás. No hay nadie más peligroso en el poder que alguien convencido que su verdad es la única legítima, es como un mono suelto con una hojilla de afeitar. Louis Althusser diría que es la hegemonía ideológica del aparato del Estado.
La sicología ha identificado que los individuos - y las individuas, diría Maduro - que suponen poseer la verdad sienten que tienen el derecho a imponerla a los demás. Simplemente veamos como conversamos, generalmente pocos están pendientes de lo que dice el interlocutor, más bien están pendientes de argumentar para hacer prevalecer su criterio, unos más otros menos.
A Kant le debemos entender que el conocimiento de la realidad externa pasa por el procesamiento en la mente humana y de algún modo alteramos lo que se percibe, de modo que apenas tenemos una apreciación aproximada de tal realidad y cada cual lo hace con las particularidades de su mente. Como diría Platón, solamente percibimos las sombras de la realidad y nunca la real realidad.
Entonces formulamos modelos para explicarnos cómo funcionan las cosas, pero estos modelos no son la realidad, sino sólo son interpretaciones simplificadas de ella. Vivimos en un mundo de interpretaciones y cada quien tiene las suyas de acuerdo a sus propias experiencias y su estructura hereditaria, según sus propios circuitos neuronales.
Así, por ejemplo, para algunos un rápido destello de luz puede entenderlo como un meteorito, otros dirán que es un Ovni, otros una estrella fugaz, o un destello de la ciudad, o imaginación de la mente, y quizás no es ninguna de esas cosas. De modo similar cuando veo un avión en el aire observo claramente que se mueve, pero si estoy en el avión siento que el paisaje es el que se mueve, es decir, todo es relativo y depende de la referencia que tomemos. Precisamente, se trata de que el hombre es la referencia, como decía Protágoras: el hombre es la medida de todas las cosas.
En este sentido, más complicado es cómo cada cual entiende el sentido de la vida. Aquí hay un menú de infinito de opciones para todos los gustos y cada cual, consiente o no, define el propósito de su vida, aunque generalmente cuando se está al borde de la muerte vienen los arrepentimientos y las ansias de un visado para el cielo. Si yo fuera Dios, no doy la visa. Viejo, es toda la vida, no un instante de arrepentimiento.
Entonces si cada cual tiene una interpretación propia de la realidad - algunos la ven negra, otros de tonalidad gris, seguro que otros de colores y cada quien le pone sus propios matices - estamos en un grave problema de convivencia. Cuando alguien se relaciona con otra persona que ve las cosas más o menos de manera similar, entonces se siente relativamente cómoda, pero si no es así y piensa de otra manera, muchas veces provoca destriparla o mandarla adonde su abuela.
¡Vaya, qué complicado! Es un milagro que los miembros de una familia se mantengan relativamente juntos, o que las grandes empresas puedan funcionar con cierta coherencia, o que un país mantenga cierta unidad nacional. Esto no quita naturalmente que surjan conflictos internos, incluso al punto que a veces terminan en una implosión del grupo como ocurrió en Checoeslovaquia o está ocurriendo en España.
¿Dónde está la clave? Creo que la convivencia en cada grupo es debido a que sienten que tienen fines comunes, junto con una tolerancia basada en el respeto, lo cual aglutina el grupo y permite que los miembros se entiendan a pesar de sus diferencias. Tan pronto se pierde el respeto se producen los conflictos que agrietan las relaciones hasta incluso romperse la coexistencia pacífica.
El respeto es nuestra única esperanza de convivencia, caso contrario vamos camino a destruirnos entre todos. Entonces necesitamos un objetivo común y tolerar nuestras diferencias individuales y grupales, lo que no es sencillo, pues cada uno tiene su propia visión religiosa, política, cultural, etc. Sin embargo, podríamos estar de acuerdo en que la vida es un valor común para todos, excepto para los suicidas. Si no hay vida, no hay nada.
Precisamente ahora que está planteado que el primer problema actual de la humanidad es la sobrevivencia de la especie, pues nosotros mismos estamos destruyendo el planeta y no tenemos otro de repuesto, es la oportunidad de promover una convivencia mundial más armónica en base a la toma de consciencia de este asunto. Este problema está más allá del enfrentamiento entre socialismo y capitalismo, entre grupos étnicos, entre cristianos y musulmanes, entre budistas e hindúes, entre jóvenes y viejos, etc.
Este objetivo común de luchar por la sobrevivencia de la humanidad nos puede permitir establecer la convivencia con base a la ética del respeto mutuo y quizás logremos tener éxito, tal vez podríamos superar a los dinosaurios que lograron vivir 200 millones de años. Y si no es así, al menos dejemos a las cucarachas para que nos sobrevivan y hagan su propia historia después que nosotros hayamos desaparecido… de hecho, ya hay unos cuantos con mente de cucarachas.
Caracas, Noviembre 10 de 2015.


Motivación de poder
Hoy me preguntaban qué había hecho durante el día. Respondí que me había dedicado a pensar, lo que me parece que es lo más natural del mundo, pues somos animales superiores que podemos volver la mirada hacia el interior y examinar nuestras percepciones.
Claro, hay personas que consideran raro que alguien se dedique a pensar, les parece sinónimo de ocio, flojera, vagabundería, como perder el tiempo sin aprovecharlo para hacer algo útil, ¿útil para quién? Más bien muchas personas hacen todo lo posible para dejar de pensar, se circunscriben a hacer cosas que le impidan pensar, ponen el cerebro en piloto automático y listo: una vida feliz.
En cualquier caso estuve pensando en mi hijo, al que no quiero identificar para no afectar su sensibilidad. Mi hijo tiene unas ansias exageradas de poder, lo que David McClelland denomina “necesidad de poder” como elemento de motivación relevante: motivación de poder. Es la motivación para conseguir autoridad, capacidad para influir sobre los demás y sobre determinadas situaciones, alcanzar estatus social, prestigio, admiración, dominación y asociada con la ambición de tener mucho dinero.
No me parece que esto sea bueno o malo. Eso depende del para qué, ya que si es para ayudar a que los demás consigan la satisfacción de sus logros resulta esta motivación extraordinariamente generosa y moralmente muy buena, pero si es para aplastar a los demás como unas cucarachas y erigirse como supremo poder arbitrario que subyugue a otros no se ve nada bueno, por lo menos nada bueno para los demás.
Esto me recuerda grandes líderes en la historia que ejercieron en su momento una extraordinaria influencia. Tenemos el caso de Adolfo Hitler, que los accidentes de la historia lo llevaron a ejercer un tremendo poder y condujo a la humanidad a una conflagración mundial con más de 60 millones de muertos. Desató las acciones más bárbaras de la guerra, allí se puso al descubierto lo más infame de la condición humana. Se persiguió y asesinó a judíos, gitanos, maricas, tontos, locos, etc., y se invadió a otros territorios para lograr el espacio vital para una raza aria supuestamente superior.
En la guerra los adversarios tampoco lo hicieron mal, me refiero a los aliados, pues bombardearon ciudades alemanas completas para hacer desaparecer a todos sus habitantes: mujeres, niños, ancianos, perros, gatos. ¿Y qué decir de Nagasaki e Hiroshima en Japón?, todavía quedan los efectos de la radiación diseminada sobre simples ciudadanos. La motivación de poder no se ve nada bueno en este caso donde un hombre manipuló para ser visto como un salvador de Alemania, el Gran Reich.
Pero un caso diferente es el de Mahatma Gandhi, el líder pacifista de la independencia de India, que combatió con la fortaleza de su espíritu, la resistencia no violenta, la desobediencia civil, el amor por los demás. Nadie puede negar la importancia de su aporte histórico, pero quiero destacar al amor por los demás, particularmente por las jovencitas que dormían desnudas con él para probar su autocontrol como célibe: ¡Vaya proeza!
Según Gandhi, sus experimentos sexuales de dormir con diferentes muchachas desnudas le ayudaban a contemplar la unidad entre hinduistas y musulmanes en la India, y decía que él era como una madre para ellas. ¡Eureka!, yo quiero unir a toda la humanidad: ¡muchachas venid a mí para dormir juntos desnudos y probar mi pureza!, yo quiero ser como Gandhi.
Hijo mío, no está mal tu ambición de poder, lo importante es seguir los dictados de la conciencia y no hacer aquello de lo cual nos podamos arrepentir o nos cause sentido de culpabilidad después. Ahora, ¿qué es la conciencia? Déjame pensar, no es sencillo, esto lo dejamos para otra reflexión.
Caracas, Septiembre 22 de 2014


El sentido de la vida
No me cabe duda que soy una persona que vivo adelantado a mi época. Debí nacer en un futuro donde la humanidad será atendida por robots que harán todo el trabajo para cubrir nuestras necesidades primarias y las personas se dedicarán al ocio, no al ocio en el sentido de vagabundería, sino me refiero en relación a actividades opuestas al negocio (no-ocio, el sucio trabajo a que nos obliga el pecado original). Dedicarse al ocio lo digo en el sentido de consagrarse a elevar el espíritu, esto es, vivir de regreso en el Paraíso bíblico.
Precisamente a eso me dedico, a cultivar mi espíritu, pero como todavía no hay robots que me mantengan, mientras tanto lo hace Inés que hasta ahora lo hace nada mal, si bien de vez en cuando se descarrila un poco. El trabajo casi siempre lo disfruté a lo largo de mi vida, especialmente disfruté el sentimiento de logro, el dinero era una consecuencia y no una meta en sí misma, pero cuando el trabajo no tiene propósitos precisos pierde todo atractivo y se vuelve una pesada y fastidiosa obligación, no tiene sentido. En cualquier caso, es más sabroso dedicarse a la vida libre… hasta donde se pueda.
Siempre he intentado buscar el sentido de las cosas y, una de las interrogantes cruciales para mí, cuando muy joven me pregunté sobre el sentido de la vida, tema muy complicado y nada fácil de responder, pero vivimos y no podemos evadir la pregunta. Es un asunto de fe, me comentaron algunos, entonces me arrodillé, abrí los brazos y esperé largo rato la revelación divina que resolviera mis preguntas, tenía la mejor voluntad de creer el mensaje que me diera luz, pero nada me llegó ni nadie me respondió, supongo que el Espíritu Santo estaba ocupado en otras cosas más importantes que atender a un desventurado muchacho.
Lo curioso de este asunto es que fue un curita filósofo, de la congregación jesuita, quien me estimuló a descubrir diferentes corrientes del pensamiento moderno. Descubrí el existencialismo y, más tarde, el marxismo. Me encontré con Kierkegaard, Dostoievski, Heidegger, Sartre, Camus, después con Freud, Marx, Engels, etc., viejos amigos de mis aventuras de asiduo lector.
En mis tiempos juveniles leí la novela “La Náusea”, de Jean Paul Sartre, que causó un enorme impacto en mi alma sensible y desorientada. Quizás ahora ya no sea tan sensible, pero sigo tan desorientado como antes. El personaje principal de la novela iba reflexionado a lo largo de la trama y descubría lo absurdo de la vida, la existencia sin sentido, hasta el punto de provocarle náusea la angustia existencial.
La novela desnuda la vida corriente de las personas que siguen una rutina, desarrollan los quehaceres con monotonía y evitan sentir intensamente la propia existencia. Eclipsan su propia existencia con las apariencias de éxitos y superioridad social. La vida la llevan según esquemas predeterminados que obedecen a los valores que impone la sociedad, la capitalista y la socialista.
En definitiva, la novela muestra el lado lúgubre e insípido de la vida, pero es una extraordinaria novela con un interesante relato que trasmite el pensamiento filosófico sartreano. Tuvo una influencia determinante en mí. Naturalmente que comencé a sentirme existencialista, me vestía como existencialista, mi corte de pelo era de existencialista, caminaba como existencialista y, sobre todo, era pobre como existencialista.
En aquella época ingresé a la Universidad Técnica de La Serena como existencialista, apenas tenía 16 años cuando empecé a estudiar ingeniería, y lo hice después de lograr el mejor puntaje académico en las pruebas de ingreso para aquella Universidad. Apenas lo noté, no era parte de mis preocupaciones, por lo demás, yo era el tontito de la familia.
Quise conocer más de esta filosofía y me conseguí el voluminoso libro “El ser y la nada”, ensayo de ontología fenomenológica, obra fundamental de Sartre. Fue una lectura heroica, lo leí cuidadosamente, pero fue muy poco lo que logré entender, pues es un libro muy técnico escrito para filósofos. En realidad no entendí nada, quizás por eso muchos años después en la playa le gritaba a mi hijo: nada, nada…
En todo caso, algo se me grabó, el hombre es libre, además, la existencia precede a la esencia, como dice Sartre. Vaya, esto es más sencillo de entender. El individuo nace como resultado de un acto ajeno a su voluntad, existe, pero después llega a ser como él mismo se concibe, alcanza su esencia, así entonces no es otra cosa que lo que él mismo se hace.
De manera que ahora ya me entiendo, he llegado a ser como soy, porque soy como soy. Está clarísimo ¿verdad?
Caracas, Octubre 20 de 2014


Recuerdos
Tengo una prima… bueno, en realidad tengo muchas primas, pero me refiero a una en particular que me recordó mi época de hipnotizador. En verdad no es exactamente lo que se llama una prima hermana, sino que ella es hija de una prima propiamente tal, es decir, sería algo así como una sobrina-prima o, mirado de otro punto de vista, habría que considerar que ella es nieta de una tía, o sea, sería más bien una especie de nieta-prima. Caramba, esto de los parentesco es muy complicado, el asunto es que ella es mi familiar por la línea de los Araya.
Ella me recordó cuando me dediqué a experimentar con la hipnosis. Fue la época de mi adolescencia cuando hacía poco tiempo que había fallecido mi padre, entonces en la familia buscamos cobijo en la religión católica. Precisamente lo hicimos en el momento en que llegó a la región un movimiento de misiones cristianas con curitas renovadores que salieron de las telarañas de las iglesias para acercarse directamente al pueblo.
Todas las viejas beatas del sector donde vivía, mujeres piadosas y otras no tanto, junto con unos pocos varones se reunían periódicamente en diferentes casas familiares para practicar la religión, ya sea para estudiar la biblia, hacer misas cantadas, actividades comunitarias, etc. En esas reuniones se compartía el té, galletas y tortas que con mucho esmero hacían las dueñas de casa. Los curitas jóvenes se dejaban querer y suspiraban para adentro para contener sus impulsos naturales freudianos.
Entonces los jóvenes de ese grupo decidimos crear un Centro Juvenil asistido por el padre Rossi, un singular curita jesuita, de origen italiano, profesor de filosofía del Seminario Conciliar que me inspiró la curiosidad para investigar otros senderos del pensamiento.
Los del Centro nos reuníamos en un salón del Colegio Santa Marta, ubicado en un paraje solitario que se llegaba después de cruzar un área sin iluminación, lo que antes se llamaba el arenal. En la noche sólo estaba la luz de la luna y las estrellas, y algunas parejas que por alguna misteriosa razón buscaban la oscuridad. Allí, en el salón prestado, hicimos una biblioteca con la colaboración de los vecinos.
En esa misma época llegó a la región un hipnotizador profesional que presentaba exhibiciones para mostrar su dominio espectacular sobre voluntarios del público que se dejaban hipnotizar. Era admirable la facilidad con que lograba sus propósitos, además, se rodeo de un grupo de muchachos aprendices que lo ayudaban en su función y ponían cara de encantadores de serpiente, con una mirada fiera para supuestamente penetrar en la conciencia del público.
Por supuesto que yo quedé muy impresionado y me hice el propósito de alcanzar tales superpoderes de hipnotizador. Me compré un libro sobre hipnosis y listo, manos a la obra. Practiqué un poco con la voz y me grabé varias expresiones sugestivas para hacer dormir a mis conejillos de India.
Un día, después de una reunión del Centro Juvenil en la noche, nos fuimos al arenal y en medio de la penumbra de la noche les explique a los muchachos y las muchachas sobre mis poderes mentales. Se ofrecieron varios voluntarios para experimentar y comencé mi sesión de hipnosis, era mi primera vez. Un, dos, tres… están profundamente dormidos, eran las palabras mágicas, entonces note que habían algunos supuestamente dormidos y recordé la prueba de golpear suavemente entre las cejas para ver algún gesto de pestañeo en caso de no estar dormidos de verdad. Había uno que efectivamente estaba dormido, luego lo hice despertar con delicadeza.
Este experimento lo repetí muchas veces y cada vez era más fácil hacer dormir a mi amigo voluntario y trasmitirle diversas sugestiones, por ejemplo, quemarlo con un cigarrillo y que no sintiese dolor. Naturalmente que la noticia se filtró y se difundió rápidamente en la tribu la idea de que realizábamos prácticas diabólicas. Alarmada mi mamá me pidió explicaciones y le dije que no era nada malo, que podía hacer una sesión en casa para que viera que no había nada extraño.
De hecho, no reunimos un grupo en casa junto con mi familia y yo ceremoniosamente puse actitud de hipnotizador, con los brazos arqueados y los dedos de la mano tensos apuntando hacia delante. Como no estaba mi amigo a quien siempre hipnotizaba fácilmente tenía esta vez a otro muchacho que por primera vez se ofreció como voluntario.
Después de muchos intentos finalmente logré hacerlo dormir, pero inmediatamente comenzó a temblar y la respiración cada vez era más agitada. Me asusté y traté de despertarlo. Tranquilo… tranquilo… a la cuenta de tres despierta… uno, dos y tres. Pero esta vez las palabras mágicas no resultaron. Entonces lo zarandee, le di bofetadas... y nada. A la media hora despertó sólo, todo desorientado y con cara de asustado. Nos explicó luego que él era enfermo del corazón.
Esa fue la última vez que hipnoticé a alguien… nunca más volví a ser hipnotizador y abandoné mis ilusiones de adquirir superpoderes para dominar el mundo. Antes que pretender dominar la conciencia de otros es más importante conocer la propia. Después, por la influencia del padre Rossi, descubrí el existencialismo de Jean Paul Sartre y me identifique con el protagonista de la novela “La Nausea”, Antoine Roquentin, un hombre reflexivo y solitario que siente intensamente el vacío y lo absurdo de la vida… pero esto es otra historia.
Hace poco estuve allí de vacaciones, junto con mi familia. Un día me crucé a la salida de la vieja casa con una persona que me saludó amistosamente y me preguntó si me acordaba de mis sesiones de hipnotismo en el Centro Católico. Lo miré con curiosidad e hice un esfuerzo por recordarlo, pero no me fue posible, era sencillamente una cara extraña. El tipo me miró decepcionado, hizo un gesto de desencanto y simplemente se fue, a pesar de mi intento para retenerlo. Es triste, estoy perdiendo la memoria y son pedazos de mi vida que se van quedando en el camino.
Caracas, Octubre 17 de 2014.


¡Qué soberbia!
Mis queridos(as) lectores(as), si queda alguno(a) todavía, hoy realicé mi control de peso, bajé un kilo después de mi esfuerzo a lo largo de una semana con estricta dieta alimenticia y ejercicios aeróbicos. De hecho, me dedico a caminar durante una hora con los primeros rayos del sol de la mañana, temprano cuando salen las muchachas a ejercitarse en el área del parque. La verdad es que las persigo, pero no las alcanzo nunca, sin embargo mi médico dijo que era bueno que lo hiciera, aunque sinceramente no me contestó cuando le pregunté que podía hacer si alcanzaba a alguna de ellas.
En realidad siempre he estado convencido de que no me sobra peso, sino más bien me falta altura. De hecho, mi hermano Pepe me llamaba desde muchacho “el chato”. En todo caso, estoy contento porque bajé un kilo de peso, esto quiere decir que en un mes bajaré 4 kilos, o sea, en 85 semanas llegaré a cero kilogramos, ¡en año y medio! Deducción del más puro razonamiento lógico inferencial, yo siempre he sido bueno para las matemáticas.
Este tipo de razonamiento es el mismo que se utilizó con el descubrimiento astronómico de Edwin Hubble acerca de que las galaxias estaban alejándose unas de otras y consecuentemente se dedujo, al imaginarse el movimiento a la inversa, que habría existido un momento en el pasado en que todo estuvo reunido en un punto, lo que Stephen Hawking llama una singularidad. A partir de ese punto se inició el tiempo, el espacio, la materia y la energía hace 13.700 millones de años, ¡una minucia!, el denominado Big Bang.
La expansión del Universo produce la sensación de que somos el punto central a partir del cual todo se aleja, lo que no es verdad, pero visto así se enaltece nuestro ego para atribuirnos una importancia que no tenemos. Del mismo modo la historia humana está llena de astutas interpretaciones que ponen lo propio al centro de todo, como los hebreos que se sentían el pueblo elegido a pesar de que vivían en tierras miserables y desérticas, o como los europeos que hasta hace poco se creían el epicentro de la humanidad, o como los que pensaban que la Tierra era el centro del sistema planetario con las estrellas girando alrededor.
No es sencillo aceptar que apenas somos un experimento evolutivo entre muchos otros, quizás algo más exitoso que los dinosaurios, al menos más afortunados hasta ahora, y que vivimos en el planeta Tierra que es tan sólo una pequeña roca, con algo de agua, que se mueve alrededor del Sol, y estamos ubicados en los bordes marginales de la Vía Láctea, en el brazo de Orión, algo así como quien dice “en un barrio pobre de la ciudad”. En esa posición gira el Sol con sus acólitos alrededor del centro de la galaxia, apenas como una pequeña mota de polvo en un apéndice de la galaxia. Se mueve a una velocidad de 250 Km./seg., ¡qué vértigo!
Con frecuencia nos olvidamos, o no lo queremos recordar para mantener nuestra autoestima, que nuestro Sol no es más que una humilde estrella entre varios miles de millones que existen en nuestra galaxia y que inexorablemente se apagará cuando se agote su combustible nuclear. De modo similar, la Vía Láctea es una galaxia entre otras miles de millones de galaxias en el Universo y que, además, está en vías de colisión con nuestra vecina Andrómeda que, por cierto, se acerca a nosotros a una velocidad superior a 300 Km./seg.
Sí, efectivamente las galaxias chocan entre sí. Además, las estrellas nacen y siguen naciendo del polvo estelar y después mueren con una explosión de supernova o se quedan como difuntas enanas blancas, si es que no se las traga algún agujero negro, un ávido e insaciable monstruo que devora todo objeto cósmico en su cercanía y que ni siquiera permite que se escape la luz.
En un momento de lucidez, que cada vez son menos, me he dado cuenta de que a pesar de toda esta colosal inmensidad, nos creemos únicos y especiales. Míseros de nosotros, estamos llenos de una soberbia con la que pretendemos salvar nuestro pellejo, incluso ofreciendo la vida de un hijo, como lo hizo Abraham, quien acepto sacrificar la vida de su primogénito Isaac para demostrar obediencia y salvarse él. Abrih, le dijo Dios, ¿te lo creíste?, no ves que sólo estaba jugando…
¡Ah, no!, yo no juego así, yo me bajo de este autobús. Y permítanme, para terminar, una pregunta irreverente: ¿Todo este desorden cósmico lo creó Dios? ¡Y a mí me dicen ocioso y desordenado!
Caracas, Octubre 02 de 2014.