sábado, 13 de abril de 2013

Carta para mi hijo


Querido hijo:
Te escribo mientras viene a mi mente la exclamación: ¡Que maravillosa es la vida, Andrés! Definitivamente la vida es bella, hijo, especialmente la apreciamos así, intensamente, después de haber estado al filo del precipicio, así la percibo cuando me doy cuenta de que mis años se acortan mientras los tuyos se alargan, el futuro es tuyo y me enorgullece que así sea, pero también confieso que me asusta tu vida en medio de la incertidumbre y la inseguridad del país donde se pregona una política humanista, sin embargo se puede matar a una persona por cualquier migaja.
No puedo dejar de recordar el día que me llamaron desde el mismo teléfono celular tuyo, cerca de las 9 de la noche, para decirme que te tenían secuestrado y debía pagar por tu rescate una cuantiosa cantidad de dinero, caso contrario te harían daño. Con tu mamá quedamos aturdidos por la angustia y sentimos el terrible desgarro por la posibilidad de perderte. En primera instancia no sabíamos cómo reaccionar, nos invadió el vacío de tu ausencia que hubiera quitado el sentido a nuestras vidas, nos sentíamos desvalidos de ayuda y en nuestra impotencia pensábamos que en nadie podíamos confiar, ni siquiera en la misma policía.
Hubiese dado mi vida a cambio de la tuya, pero los secuestradores sólo querían dinero en efectivo, entonces les ofrecí los ahorros en dólares que había conseguido durante mi último trabajo en España a lo largo de 3 años, pero no les pareció suficiente y sus amenazas se volvieron espantosas. Tú vales para mí toda la fortuna del mundo, pero maldecía no tenerla en mi mano para darla en rescate por ti.
Es irónico como los delincuentes conocían la tasa de cambio de las divisas extranjeras en el mercado negro, a pesar de que el gobierno tiene prohibido divulgar su precio, ya que hicieron el cálculo del monto equivalente en bolívares y finalmente aceptaron el monto que disponía. Soy afortunado, porque si hacen el cálculo con la tasa oficial del dólar seguramente no habrían aceptado y no sé qué desgracia hubiese pasado contigo, hijo. Observa que lo digo muy bajito, ya que alguien podría acusarme de un ilícito cambiario.
A las 3 de la mañana me dieron las instrucciones para llevarles el dinero del recate. Pasó casi una hora después del pago del dinero, o quizás menos, pero me pareció una eternidad antes de que me indicaran donde te habían dejado. Vaya delincuentes tan serios, todo unos caballeros, cumplieron su palabra y, caramba qué absurdo, estoy agradecido de ellos.
Cuando iba solo en mi carro a buscarte estaba con tantos nervios y me imaginaba los peores escenarios, podrías estar herido o estar muerto, entonces mi organismo perdió su equilibrio homeostático, perdí el control de esfínteres y tuve inconcientemente un derrame de incontinencia. Iba manejando a toda velocidad por las calles vacías de la ciudad, entonces sentí una picazón inaguantable en el trasero, me metí la mano para rascarme y no me dí cuenta que la saqué sucia mientras continuaba manejando con mi desespero. 
Cuando te encontré tomé tus manos con fuerza, sentí que me volvía el alma al cuerpo, y como me pareció que tenías el rostro lloroso te pasé la mano por la cara para secarte las lágrimas. Me preguntaste qué crema tan suave tenía en las manos y que, además, tenía un sabor especial que algo te recordaba pero no sabías identificar en ese momento. Por instinto te dije que era algo para tranquilizarte.
Cuando llegamos a casa corrimos a encontrarnos con tu mamá y nos fundimos en el más intenso abrazo familiar, fue un renacer para volver a la vida, sin darnos cuenta de lo sucio que estábamos. Nos quedamos dormidos con la enorme satisfacción de encontrarnos con vida y solamente al despertarnos al otro día nos dimos cuenta que estábamos llenos de caca.
Hijo, perdona el sucio fecal y, aún así, siempre recuerda: la vida es bella. Eres lo más importante para mí, te quiero mucho. 
Un abrazo.
 Tu papá. 
Alex

martes, 8 de mayo de 2012

EL MUNDO DE LA ABUELA INÉS



Desperté de repente, todavía no amanecía, pero comenzaba a sentirse el ruido de la ciudad que rasgaba el profundo silencio de la noche, el tiempo se preparaba para otro amanecer, otro día más. A lo lejos se sintió el agudo y penetrante sonido de una sirena.

Encendí la lámpara de la cabecera de mi cama y miré el reloj que apuntaba con sus agujas fluorescentes las 5:00 AM, todavía era demasiado temprano para levantarme. El calendario colgado en la pared me decía que era un amanecer de un día del año 2020…


Capítulo 1

Estábamos en la ventana de la habitación mirando hacia la bulliciosa avenida, contemplábamos el tráfico de la ciudad, cuando de repente giró su cabecita, me miró con curiosidad y tocó mi rostro con sus manitos, entonces preguntó:

– Abuelita. ¿Por qué tienes arruguitas en tu cara?

Me sonreí, porque mi nieta tenía una expresión de inocente curiosidad y me miraba con sus grandes ojitos negros. Con tanto esmero que durante años he tratado de ocultar mis arrugas del rostro, pensé, y mi pequeña niña me las destaca sin ningún tipo de discreción. Menos mal que todavía no se ha dado cuenta que tengo las canas blancas de mi pelo pintadas de negro con el tinte de la peluquería, ni tampoco sabe de los dolores de mis articulaciones cuando camino.

– Son las huellas de la vida, mi cielo – le contesté casi en susurro, como si temiese que alguien más escuchara.

Sí, es verdad, reflexioné, son las huellas de la vida que afloran en la piel cansada con el paso de los años, mis arrugas son las tristezas y las alegrías de mi vida, son los frutos como lo es mi hermosa niña del alma que ahora está conmigo, son senderos que orgullosa quisiera mostrar para que otros los puedan seguir, son semillas que el viento posiblemente hará germinar en otros lugares.

Esto me trae el recuerdo de mi abuelita Carmen, ella sí era viejita de verdad, pero llena de energía y sabiduría. Vivíamos con ella y mis padres en un par de casas de campo hechas de barro y paja seca, en el sector de Las Barrancas, a la orilla del río Hurtado, un afluente del río Limarí, frente al caserío de Huamalata, que era apenas una hilera de pocas casas rurales alineadas en una sola calle de tierra. Estábamos en un sitio más o menos a 6 kilómetros de la ciudad de Ovalle, la que se encuentra ubicada en el norte central de Chile.

En una casa vivía la abuelita con sus hijos menores, tío Lucho, tío Roberto y tía Juana, además, dos niños: Osvaldo y Alberto. Osvaldo era hijo de la tía Juana y Alberto era un chiquillo que criaba la abuelita y no sabía que relación había entre ellos. Después, cuando adolescente, supe que Alberto era mi hermano mayor por parte sólo de mamá.

En la otra casa, muy cercana a la anterior, yo vivía con mis padres, Manuel y Emma, y mis hermanos: Hilda, la mayor de todos, y seguían después Alfonso, David, Otilia y Gabriel, menores que yo, y de quienes tengo recuerdos muy borrosos, puesto que el tiempo los hizo difusos. Después nacieron más hermanos menores cuando mi familia se mudó al norte desértico del país.

A pesar de que éramos muchos hermanos y, por tal razón, no podíamos tener atención preferencial, tuve una infancia feliz, corriendo y saltando entre las higueras, los nogales, las parras, los perales, los tunales y a lo largo de todo el huerto de la abuelita que lo trabajaban mis tíos y papá. No faltaba nada, pues todo lo producía el huerto y aquello que no se tenía a mano se conseguía en las huertas vecinas. Del mismo modo, lo nuestro también era de los vecinos. Era un trueque implícito y nadie sacaba ventajas del otro.

El agua se obtenía de un manantial que no estaba a demasiada distancia de la casa. De allí se traía el agua en baldes que se vaciaban en tambores de 200 litros, los cuales tenían una capa interior de cemento y se mantenían envueltos con un trapo exterior que permanecía húmedo para que el agua se conservara fresca.

La letrina era un pozo séptico que estaba ubicado algo retirado de la casa, para evitar las moscas y el mal olor. Era un hueco pequeño de pocos metros con una plataforma superior de madera y con un cajón que tenía un hueco al medio. Para los niños era peligroso, porque alguien se podía caer por el hueco en las profundidades del excremento acumulado, entonces sería un niño de mierda. Por supuesto, de vez en cuando se le echaba cal al pozo para neutralizar los desechos.

Allí nací, hace muchos años atrás, bajo el cuidado de mis padres, en medio de la plácida vida del campo y con la vista hacia el extenso paisaje del valle del río Hurtado, alejada de la ruidosa vida de la ciudad. Nací y me crié entre las más hermosas primaveras llenas de verdor y flores de todos los colores.

Era la regalona de mi abuelita Carmen. Ella me sentaba en su regazo y me entrelazaba el pelo en dos largas trenzas que yo lucía orgullosa cuando iba a la escuela. Siempre mi abuelita me dijo que era la más inteligente de sus nietas y que debía estudiar mucho para progresar en la vida. Ella sabía lo que decía, pues tenía muchas arruguitas en su rostro.

– Abuelita. ¿Por qué la vida deja huellas? – interrumpió mis pensamientos mi nieta y me sacó de mi ensimismamiento

– Pues, mi niña, cuando caminas por la arena vas dejando las huellas de tus pies. Así es la vida, es como caminar por senderos del tiempo que van dejando trazas en las personas que te rodean, también quedan huellas dentro de tu corazón. Algunas se borran con la brisa de los años y otras afloran en la piel cuando llega la madurez. Otras quedan para que nunca seamos olvidados.

¿Dije la madurez? Quizás debí haber dicho la vejez, pues sí, así es cuando se siente el peso de los años que obligan a detenerse por momentos, para posar la mirada en el largo sendero de vida que se ha recorrido y reflexionar sobre las huellas que han quedado de tanto andar. ¿Ha valido la pena llegar hasta aquí?

Recuerdo mi casita humilde de campo, veo con mi imaginación a mi abuelita, preparando comida en la cocina de leña que emitía bocanadas de humo blanquinegro por la chimenea del hogar, a lo lejos mi mamá lavando ropa en la orilla de un canal del río, mi papá guardando las cosechas en el túnel que se usaba como despensa para protegerlas de la humedad y que había cerca de la casa, mis hermanos cazando lagartijas entremedio de las piedras de la ladera del cerro y yo con mi muñeca de trapos en mi mundo de infantiles fantasías. ¡Vaya, es largo el camino que he recorrido!

Era como el paraíso terrenal, del cual una vez que se sale ya no se puede regresar. Ese era mi mundo lleno de candor, todo era de una naturaleza sencilla e impregnada de ingenuidad. En ese mundo no había radio ni televisión, no había luz eléctrica y se usaban velas con mucha moderación en las noches antes de dormir. La casa sólo tenía la puerta principal de entrada, hecha de madera, pero las habitaciones interiores tenían simplemente cortinas que hacían la función de puertas. El piso de la casa era de tierra endurecida.

No se compraban periódicos, ni revistas, aunque a veces traían ediciones viejas del diario “La Provincia”, que terminaban en la letrina con las páginas recortadas en ordenadas hojas, sujetas con un clavo a la puerta, y que se usaban como papel de baño. A veces se encontraba en casa una que otra vieja revista Écran o El Peneca, que traía la abuelita Carmen cuando iba caminando a Ovalle con su canasto lleno de huevos para venderlos en el mercado municipal.

Todo era armonía en mi mundo infantil, un mundo de mujeres, ya que mi abuelita era la jefe del núcleo familiar, después seguía mi mamá quien, a pesar de su pequeña estatura, mandaba a mi papá. Así era, porque mi abuelo murió cuando yo era muy pequeña y sólo me dejó un borroso recuerdo de un hombre delgado, con facciones duras y un sombrero de campo. Lo recuerdo de pie con las piernas separadas y un fuete en la mano dándole órdenes a mi tíos Roberto y Lucho.

Cuando murió mi abuelo fue la única vez que recuerdo haber tenido mucho miedo, decían que había muerto de un ataque al corazón y todos lloraban, se persignaban y rezaban. Recuerdo que mi hermana mayor, Hilda, nos mantuvo en casa cuando la familia se fue al cementerio para el entierro. Todo era un silencio, no sé por qué nadie hablaba.

Sí, es verdad que la muerte del abuelo me produjo mucho miedo, en general la muerte me produce miedo, me ocasiona una sensación de infinito vacío y soledad. De algún modo la relacionaba con los cuentos de “la llorona” que contaba papá, cuyos llantos en las noches oscuras hacían temblar hasta el más valiente. Y papá sabía mucho de estas cosas, pues él se había enfrentado incluso al Diablo mismo en varias oportunidades en la cordillera.

Claro, papá era un hombre rudo, muy osado y aventurero, aunque de naturaleza muy bondadosa. Varias veces fue arreando un rebaño de cabra de decenas de animales propiedad del tío Rosario, hasta el pie de la cordillera de los Andes, para que los animales pudieran pastar y pasar el seco verano de nuestra localidad. Papá partía a mediados del mes de noviembre, acompañado de varios perros arrieros, y regresaba en marzo o abril del año siguiente, cuando se iniciaba el otoño. Menos mal, pues caso contrario seríamos muchos hermanos más.

Cuando papá regresaba de la cordillera traía en las alforjas de su caballo muchos quesos de cabra, eran unos exquisitos quesos blancos y duros que el mismo preparaba de manera rudimentaria en la cordillera, ordeñaba las cabras en una improvisada instalación para dar sombra y luego se cortaba la leche con cuajo, para separar el suero de la leche, finalmente se moldeaba la masa blanquecina en recipientes redondos donde se presionaba el queso hasta que perdiera casi todo el suero y después se le ponía bastante sal en el fondo y en la parte superior… y listo. El suero se les daba como alimento a los perros.

Una vez papá me explicó el procedimiento para hacer tales quesos de cabra, con la sencillez que es propia de la gente de campo. Yo le pregunté: ¿Papá, para qué le echan sal al queso? Pues, me dijo, pa’salarlo. Nosotros éramos gente sencilla y para nosotros el mundo funcionaba por razones sencillas.

El tío Rosario era un hermano de papá que tenía un terreno grande a las orillas mismas del río. Tenía una hermosa casa en la ladera del cerro, donde vivía con su familia, más arriba de la nuestra, pero a mamá no le gustaba que los visitáramos, porque casi siempre nos atendían sólo en la puerta de la casa y no nos invitaban a pasar. Claro, me imagino que éramos unos chiquillos llenos de polvo y con los zapatos embarrados que podíamos ensuciar su pulcro hogar.

La tía Elba, esposa de tío Rosario, nos invitaba siempre: “Aprovechen de comerse los damascos de los cochinos”, y nos ofrecía un canasto lleno de sabrosas frutas maduras. Por supuesto que yo disfrutaba aquellos deliciosos albaricoques, incluso guardaba otros más para llevármelos a casa, pero nunca interpreté que la tía nos decía cerdos o cosa parecida.

– Entonces, abuelita, las huellas de la vida son como las cosas que se aprenden en la escuela, ¿verdad? – me preguntó mi nieta.

– Cierto, mi amor. Las cosas que se aprenden con el estudio y con la experiencia van dejando huellas en la mente y el corazón. Muchas de esas cosas sirven y nunca se olvidan, tal como cuando aprendiste los números, pudiste contar los objetos, o como cuando aprendiste las letras, entonces pudiste leer muchas cosas.

Cierto, yo aprendí muchas cosas en la escuela. Recuerdo que yo aprendí mis primeras letras en una escuelita de Villaseca, un pequeño caserío casi a 2 kilómetros de mi casa. Todos los días nos íbamos caminando a esa escuela un grupo de niños y niñas por un angosto camino de tierra paralelo al río, aguas arriba, bordeando el cerro de Barrancas. En el grupo iba Alberto, Hilda, Osvaldo y otros niños de la localidad.

Mi tío Rosario me regaló el primer bolso escolar, un cuaderno y una caja de 6 lápices de colores para pintar mis garabatos. Me sentía muy orgullosa con mi nueva condición de estudiante y mi uniforme escolar que, aunque se llenaba de polvo demasiado rápido, era una gran distinción. Tenía quizás 6 añitos y había comenzado mi aprendizaje formal con el silabario hispanoamericano. La primera lección de lectura fue la pipa: pa, pe, pi, po, pu, pi - pa, pa - pa, pe - pe, pi - po, pa – pá.

Que fascinante es el proceso de aprendizaje, pero no tenía demasiada atención en mi hogar para estimular este proceso, ya que éramos muchos hermanos y los más pequeños requerían más cuidado y desvelo. Además, el trabajo de los adulos era fuerte y el quehacer de las cosas domésticas requería mucho esfuerzo.

De hecho, había que lavar los pañales a la orilla del río, secar la ropa al sol y planchar con planchas de carbón, había que cosechar las verduras y cereales de la huerta, había que hacer el pan en un horno de barro, etc. Entonces, muchas veces se dejaba sencillamente que los muchachos anduviesen descalzos y con el trasero al aire. Claro, en esa época no se gastaba dinero en detergentes, ni en cloro para lavar el baño, ni desodorantes ambientales, ni spray para limpieza de vidrios, nada de eso.

Me viene al recuerdo la imagen de los “choclos”, mazorcas de maíz, que se ponían sobre el techo de la casa para secarlos al sol. Después había que desgranarlos para alimentar las gallinas, o bien, se molían los granos en morteros de piedra para hacer la “chuchoca”, una harina gruesa que se usaba para hacer sopas, guisos o para elaborar la sémola.

También se secaban al sol, en el techo de la casa, los duraznos para hacerlos huesillos que luego se guardaban para el invierno. Se comían los huesillos con “mote de trigo”, elaborado haciendo hervir los granos de trigo en agua con cenizas hasta que perdiesen la cáscara, luego se mezclaba este mote limpio con los huesillos y jugo acaramelado. Es un refresco muy típico de Chile.

Otro refresco característico de la región, que consumíamos con abundancia, era el “cocho”. Es una mezcla de harina tostada de trigo con leche, o agua caliente, y algo de miel o azúcar, que puede ser muy espesa o bastante diluida, caso en el cual se llama también “ulpo”. Yo comía varias tazas de cocho hasta que el estómago se me ponía como una pelota dura.

– Abuela, ¿por qué tú sabes tantas cosas? – continuó la conversación mi niña, mientras me miraba con su mirada llena de curiosidad, sacándome de mi pensamientos.

– Estudié, igual que tú, en una escuela maravillosa, y la vida fue enseñándome cosas interesantes en la medida que fui creciendo para que un día te las explicara a ti. Aprendí como los alimentos provienen del campo, se cultivan, se cosechan y se procesan para luego consumirlos y cubrir nuestras necesidades de alimentación, para cuidar nuestra salud. Entonces tú debes comprender que la comida es sagrada y debes comerla toda sin desperdiciar nada, ya que es un fruto de Dios para nuestra bendición. Aprendí, mi querida niña, que el agua hay que cuidarla, porque es un elemento muy importante para la vida, pues sin ella se acaba todo. Te puedo contar como es la vida en el campo, es como vivir en el paraíso del Edén, porque allí hay de todo… - continué contándole sin haberme dado cuenta que ella se había quedado dormida, dormía placidamente en mis brazos mientras mi mirada se perdía en el infinito con tantos recuerdos que se agolpaban en mi mente como si fuesen de hoy. Es mi vida, me dije, es mi mundo.
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domingo, 4 de septiembre de 2011

El nuevo hobby de Andrés


Fotografías realizadas con un equipo Nikon, modelo D3100, por mi hijo Andrés con motivo del nuevo hobby que practica con pasión y mediante la cual expresa su propia alma sensible para capturar los misterios de la belleza de la naturaleza. Es el impulso de su espíritu explorador para indagar en las luces y sombras, los grises y colores, las formas y difuminaciones de las cosas que resplandecen un instante para luego perderse en su fugacidad.




Rosa roja, Agosto de 2011. Por Andrés Villanueva


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El tiempo, Agosto de 2011. Por Andrés Villanueva


.Azules, Agosto de 2011. Por Andrés Villanueva
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Mi primer Micro-procesador, Agosto de 2011. Por Andrés Villanueva

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Caracas de noche, Agosto de 2011. Por Andrés Villanueva
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viernes, 12 de agosto de 2011

CHISMEANDO CON MIS ANTEPASADOS



¿Cómo será ese asunto de los antepasados? Realmente cuando niño, aquello no era motivo particular de preocupación para mí, pues era suficiente tener padres y yo tenía ambos.

Además tenía hermanos: José, Cecilia y Jorge; quienes junto con mi mamá, Hilda, y mi papá, José, éramos una familia muy unida y bastante cerrada. También me daba cuenta que existían tías y primas, algunas cercanas, como la tía Juana y sus hijos; y los hijos de tía Cristina. Esta última no alcancé a conocer, pues creo que falleció antes de que yo naciera.

Más alejada estaba tía Chelita, también con muchos hijos, ellos era los mayores de mis primos: Alirio, Alicia, Teresa, Raúl y Rubén. También conocí a mi tío Lucho, hermano menor de mamá, quien tenía un hijito, con su esposa Teresa, a quien le decía Luchín. Todo aquello eras un mundo muy sencillo y no me preocupaba mucho, pues yo era un niño bueno.


Mi familia en realidad era mayor, pues incluía a Alfonso, un misterioso personaje que a veces aparecía de visita por casa. Más tarde descubrí que era un hermano por parte de papá, era hijo del primer matrimonio de papá y fue criado por una tía, una vez que quedó huérfano de su mamá. Decían que la costumbre era que el viudo se casara con la hermana de la difunta, sin embargo, deduzco que papá prefirió a mamá.

Papá estaba muy orgulloso de esta foto, la mando a enmarcar en un bello cuadro barroco que colgó en la pared principal de la sala de estar. Esta foto era casi un altar.

Como papá era más pequeño que mamá, dicen que él estaba parado en un montículo para verse más alto en la fotografía. A mí siempre me impresionó el inmenso ramo de flores, ¿rosas?, que adornan por detrás. Flores blancas, novia de blanco, una larga cola de seda, todo anuncia la felicidad. Ese traje de novia siempre lo ha guardado mamá.

¿Qué año fue el casamiento? tal vez el año 1.946. Supongo que se casaron en Coquimbo, donde ambos vivían, para luego irse a una luna de miel, en barco, hasta el sur de Chile. Pasearon por los canales y lagos de Chiloé.

En Coquimbo vivieron en una casa de la calle Diego Portales, cerca del centro de la ciudad. después se fueron a vivir a Antofagasta, al norte de Chile, donde papá fue comerciante al por mayor, vinculado al puerto y los barcos que llegaban allí.



Mis padres parecían artistas de cine. Todo el pelo que le faltaba a papá lo tenía mamá. A ella la asocio con Greta Garbo, por su aire misterioso y seductor, y a él lo asocio con el cantante Carlos Gardel, pues siempre le gustaba tararear los tangos que en aquella época fueron un delirio de la juventud y usaba mucha gomina, como debía ser. Como ven, papá siempre intentando verse más grande que mamá.

Su padre contrató a su mamá para los trabajos del hogar, los cuales incluyeron otro trabajito de donde nació mi papá. El viejo abuelo al comienzo no lo aceptó, pero más tarde, en la avanzada juventud de papá, le dio como regalo el reconocimiento de su paternidad. Los hermanos de papá, por parte de madre, eran mayores que él: Blanca, Amanda y Pedro, todos de apellido Campusano.


Esta fotografía llenaba de orgullo a papá, en la pared vecina del cuadro de su matrimonio con mamá estaba otro cuadro barroco con esta foto.

Su mamá fue una mujer humilde y muy trabajadora, lavaba y planchaba para poder subsistir. No era como ahora, con lavadoras automáticas y planchas al vapor, sino era con planchas de carbón y lavado de la ropa en grandes ollas que se hacían hervir al fuego con leña.

Además, papá guardaba un grato recuerdo de su hermana materna mayor, tía Amanda, quien de pequeño también lo cuidó.

Cuando agonizó estuvo un día balbuceando “mam... mam... “. Esperaba a tía Amanda, y cuando ella llegó y entró a la habitación, él despertó, la miró, suspiró profundo y luego murió.

Durante un año lo visité al cementerio, cada domingo le llevaba un pequeño ramo de flores y frente a su tumba me sentaba a reflexionar. Sentía mucho temor ahora que no estaba papá, pero le juré que haría el mayor esfuerzo para surgir y nunca olvidaría la familia… lo juré.

Es curioso que, en una época cuando la gente se casaba entre los 15 y 20 años de edad, mamá se haya casado después de los 30 años… quizás 33 años de edad. Ella era muy hermosa, aunque la observo entre sus hermanas como las más pretenciosa y muy cuidadosa en su forma de vestir, con un aire de mujer muy distinguida.

Quizás, como era la hermana menor, siempre tuvo la protección de las mayores, supongo que tenía más referencias para una mayor aspiración. De hecho, cuando niña tenía a tía Juana como mamá sustituta, en tanto que tío Lucho, el hermano menor, le correspondía como mamá a tía Chelita.

Su mayor sentido de superación hizo de nosotros, sus hijos, personas que forjamos un fuerte espíritu de motivación al logro y al progreso.


Mi mamá nació pobre, en la ciudad de La Serena, en una casa cerca del río Elqui, criada por su abuelita entre medio de gallinas, porque apenas niña muy pequeña murió su mamá.

Su nombre completo es Hilda del Carmen Hortensia Araya Huidobro y nació un día 1º de Agosto de 1.911. ¡Caramba, que indiscreción! Así se le puede calcular su edad que nunca le gustaba mencionar, pues cada vez que me inscribía en la Escuela Primaria contestaba con una edad inferior, porque no se acordaba lo que había dicho el año anterior.

Cuando mamá se casó se fue a Antofagasta con papá, donde el éxito y el lujo le acompañaron, para tener una vida en la alta sociedad. Papá tenía una camioneta para transportar las mercaderías que comerciaba y mamá tenía un auto Ford, último modelo, en el cual Pepe disfrutaba paseos por la ciudad que llaman la Perla del Mar.

En aquella época era muy osado mostrar los tobillos, por eso se usaban cortos calcetines para cubrirlos, pero mamá tenía bellas piernas que lucía con una disimulada provocación.

Tanto éxito embriagó a papá, pues entre licor, amigos y juegos de azar, toda su fortuna perdió. Decidieron regresar a Coquimbo, acompañados de un bebé por nacer, ese era yo. Al menos fui gestado en la riqueza, aunque después nací en la mayor crisis familiar de pobreza.


La abuelita de mamá tuvo un enorme coraje para criar a todos los hermanos. Eran seis, de mayor a menor: Juvenal, Chela, Juana, Cristina, Hilda y Luis.

Quien más me impresiona es tío Juvenal, a quien no conocí, pues murió en su juventud. Mamá decía que sólo a ella la dejaba presenciar sus prácticas de violín, que escuchaba con éxtasis y admiración.

El estudiaba para educador, pero la mala fortuna quiso que no terminara así. Supongo que las esperanzas de progresar se vieron truncadas en la familia con la muerte de tío Juvenal. El era el mayor, pero no alcanzó a culminar su formación profesional y mamá guardó para en su recuerdo las hermosas melodías, lánguidas y sutiles, de su violín.

Cuando murió tía Juana, mamá heredó el libro de la autobiografía de tío Juvenal. Un día lo leí con la emoción de la impertinencia de entrar en el alma de otra persona, las últimas páginas desentrañaban el misterio de su enfermedad, conoció una prostituta en Coquimbo, quien lo infectó de sífilis. En aquella época no estaba difundido el medicamento para ese mal, sólo usaban baños de las partes más íntimas con jugo de limón… hagan la prueba, tiene un sabor especial.


¿Qué misterio envuelve la historia de la mamá de mi mamá? ¿Por qué murió algo después de nacer mamá? Apenas conozco ésta solo fotografía de ella, no sé nada más.

Cubierta su cabeza con un paño y un distinguido abrigo de piel, se aprecia que fue una mujer muy hermosa. Pero tiene un rostro duro y una mirada fría que intimida.

Me hubiera gustado conocerla, ya que haberme criado sin abuelas da una formación incompleta sobre la visión de la vida.

Ella era de apellido Huidobro, según mamá, apellido que tenía mucho pedigrí, aunque ella aclaraba que existía una rama de Huidobros ricos y otra rama de los pobres. No eran necesarias más explicaciones para suponer que descendemos de la rama de los pobres.


He aquí la abuela materna de mamá, con su mejor peinado, vestida con un traje de gala, tiene un pequeño crucifijo al cuello y un largo collar. Sombrereras de generala y colgando de la mano una cartera de mujer.

Ella tiene la mirada triste y un rictus en la boca que denota desesperanza y resignación. ¿Por qué? Tiene un anillo en el dedo anular de la mano izquierda, señal de que estaba casada.

Esta foto es alrededor del año 1.900, quizás en esa época sus hijos ya eran adolescentes, tuvo varios además de tía Luisa y la mama de mi mamá, el olvido se llevó sus nombres.

Ella está parada frente a un inmenso cuadro de un paisaje primaveral, con una cerca y muchas flores. Ese cuadro llega hasta el mismo piso de la sala, donde se observa una silla con cojín y un pilar, en que ella apoya su mano, con un símbolo que quizás sea el antiguo escudo de La Serena.


Este antepasado de rasgos nobles es el abuelo materno de mamá, o sea, es un propio Huidobro, de amplia frente y rasgos europeos, pelo de color castaño a rubio, y mirada escrutadora. Muy probablemente en su sangre fluía el origen español.

Lucía un rostro de autoridad, reafirmado por su estilo de parada que proyectaba el mando sobre los demás. Usaba bigotes bien poblados, un reloj de cadenas y un corbatín sobre una camisa con cuello levantado.

El viejo murió, sin que lo alcanzara a conocer mamá, pero le dejó un apellido para que ella se ufanara del distinguido origen de antepasados que de la península ibérica habrían llegado al país.

Que importa que yo no provenga de la rama de los Huidobros con riqueza material, para mí ha sido suficiente heredar la riqueza espiritual… y algunos genes que por allí deben estar.


Esta fotografía es la más espectacular por su valor histórico. Con su mejor estilo victoriano, adornada con pieles de visón sobre un traje en extremo puritano, envuelta su cabeza con un pañuelo, casi rindiendo culto al Islam, es mi tatarabuela.

Ella es la mamá de la abuelita que crió a mi mamá. Se parece mucho a la mamá de mi mamá, tan sólo con unos años más.

Claro, aquella época era muy diferente, me refiero a mediados del siglo XIX, puesto que era muy pecaminoso mostrar las curvas del cuerpo. Incluso las relaciones íntimas de una pareja no eran para el placer, sino sencillamente para procrear, así lo establecían las buenas costumbres y la misma religión.

En correspondencia con tan rigurosas normas estaba establecido que las sábanas de la cama tenían un orificio del tamaño necesario para cumplir tal función de procreación, nada se podía tocar.

Realmente me cuesta entender cómo con tanta ropa de vestir y cubierta de pieles, más las sábanas con un solo huequito, pudo haber tanta descendencia que inclusive me trajo a mí.











“… y aquellos polvos trajeron estos lodos”. Nos guste o nos disguste, de aquellas raíces proviene mi naturaleza y la de mi descendencia, raíces que se pierden en un pasado desconocido y lleno de interrogantes que ya nadie puede responder, es un pasado donde se produjo el encuentro entre una población aborigen, que llevaba una apacible vida en los valles de los ríos cordilleranos y también a la orilla del mar, y un grupo de aventureros que vinieron de otro continente a conquistar la riqueza del nuevo mundo. Ese encuentro fue lleno de curiosidad, otras veces fue violento y apasionado… aquellas tempestades trajeron estos barros.




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martes, 14 de junio de 2011

lunes, 13 de junio de 2011

Androico y Fanfán




No hace mucho tiempo que me casé, ya se me había hecho insoportable la soltería. Me enamoré locamente de Fanfán, aunque en un principio me costaba reconocerlo, me dí cuenta que sin ella me muero, pero también debo admitir que con ella me es difícil vivir. No es sencilla mi elección, estar con ella para no vivir o estar sin ella para morir.

Pobre Fanfán, cree que el mundo debe seguir un orden. A veces siento un poco de lástima que ella no entienda la naturaleza de las cosas y se esclavice con un constante esfuerzo inútil que pretende doblegar las fuerzas del caos. Bueno, es su problema, me digo, quizás así se siente feliz, pero no soporto que pretenda arrastrarme a su esquema rígido de reglas y normas que encadenarían mi espíritu rebelde, sólo para dar una apariencia artificial ante los demás y que no corresponde con la espontaneidad del devenir de la vida.

A veces la presión es excesiva para intentar hacerme cambiar, como si yo fuese una simple plastilina que se puede moldear de cualquier forma. Quizás sea verdad lo que dicen, en el sentido de que cuando un hombre se enamora de una mujer le surge la pretensión de que ella no cambie nunca, que se mantenga siempre lozana y plena de juventud, en cambio la mujer se enamora de un hombre con la pretensión de cambiarlo para asemejarlo al modelo idealizado de su imaginación, a su príncipe azul. Pues no, me rebelo definitivamente contra tales pretensiones, no soy y no seré nunca un príncipe azul.

Una vez no resistí la presión interna que se me acumuló y estallé en gritos que intentaban imponer mi criterio. Mientras más Fanfán se oponía a mi afán de dominio, mayores fueron mis gritos. Así es como recuerdo el despotismo de papá, quién imponía su autoridad con un rugido de león y luego se hacía lo que él decía, sin ninguna discusión. Siempre nos decía mamá: Compórtense bien que pronto va a llegar papá. Esta vez aquel modelo no funcionó, al escuchar mis gritos la vecina salió a los pasillos con un crucifijo para espantar al espíritu de Satanás y suplicar con sus rezos la protección de la Virgen María. Fanfán con su dulzura de siempre y con lágrimas en sus ojos de lánguida mirada simplemente me dijo: ¡Vete!

Me mandaron para el carajo y no podía entenderlo. ¿Por qué mi mamá nunca mandó para el carajo a mi papá? ¿O no estoy enterado? Me volví loco. Fanfán con su ternura me hacía entender que yo no calzaba en el orden de lo que era nuestro frágil hogar, donde cada cosa tenía su lugar.

Pero papá gritaba y todo cuadraba, entonces así me parecía que era el mundo: murmullos, voces, chillidos y gritos, muchos gritos. Sí, es verdad, así es el mundo, pero quizás no necesariamente debamos vivir entre gritos ¿Entonces el modelo de papá no es correcto? ¿O sea, mi papá es el culpable? Lo sospechaba, desde hace tiempo que lo sospechaba.

En ese momento entendí que necesitaba que alguien me ayudara y no podía ser papá, el simplemente me daría un grito. Debía encontrar alguien que conociese de conductas humanas y, claro, entendiera que el culpable de todo es mi papá. Qué mejor que un psicoanalista, ellos tienen clarísimo que el culpable de todos los rollos mentales proviene de los conflictos con los padres durante la niñez.

A Sigmundo, mi sicólogo, le conté toda mi vida, bueno en realidad le hablé de cómo yo percibí mi vida, porque ya veo que mis padres la ven de otra manera. Para ser más preciso, le hablé de cómo recuerdo que yo he percibido mi vida. Le conté a mi sicólogo que una vez mi hermana mayor, Proserpina, me sacó a pasear con sus amigas en mi coche de bebé cuando apenas tenía algunos meses de edad, no estoy seguro si así lo recuerdo o me lo contaron, pero tengo en mis sueños la imagen de un inmenso perro, mucho más grande que el cochecito cuna, que me olió por todas partes y después me lengüeteó toda la cara. El susto me paralizaba y no atinaba a gritar, mientras Proserpina jugaba despreocupadamente con sus amigas.

Sigmundo me escuchó, como dicen los sicólogos, con una atención parejamente flotante. Sólo decía a instantes: Ajá, Sigue, ¿Qué más…? Seguramente eso no tiene ninguna importancia, atiné decir. No, no, es muy significativo lo que me cuentas, dijo Sigmundo con un tono profesoral que me pareció de entusiasmo, el perro es precisamente el símbolo que representa a tu papá. Pensándolo bien, me dije, parece razonable la interpretación del sicólogo, es verdad que a mi papá le he tenido cierto temor y muchas veces lo veo como un perro rabioso.

Ese es el complejo de castración, continuó explicando Sigmundo con voz profunda, que expresa el temor de que el perro, tu padre en este caso, te muerda el pene y te lo arranque de una sola dentellada, en castigo por tus deseos incestuosas que resultan de tus impulsos sexuales inconscientes. El sentido de hostilidad hacia tu padre para ocupar tú el puesto de preferencia al lado de tu mamá, seguía explicando, te provoca un profundo sentido de culpabilidad que se traduce en el temor instintivo a la castración.

Androico, me dijo el sicólogo, el complejo de Edipo es un fenómeno absolutamente normal que es superado en el desarrollo de la vida, es inhibido y luego sublimado, aunque el perro de tu papá, perdón, quiero decir tu papá, tiene por cierto una agresividad que vamos progresivamente a investigar entre ambos.

Mientras tanto, me aconsejó Sigmundo, intentaremos que resuelvas el problema de los sueños que tienes como verdaderas pesadillas, harás unas prácticas muy sencillas, escúchame bien, cuando estés con una mujer en la intimidad, sea tu esposa, una amante o alguna aventurera cualquiera, antes de la relación sexual y durante los juegos preparatorios le pides que a tu oído te haga: Ggrrrrr, guau, guau… y luego te dé unos lengüetazos por toda la cara.

Realmente confío mucho en Sigmundo, aunque a veces me parece algo exagerado en sus recomendaciones. Entiendo que en la teoría de Freud constituye un aspecto fundamental el complejo de Edipo, sin embargo ese tratamiento lo tomé con alguna desconfianza, pero aún así se lo conté a Fanfán un día que estábamos comiendo alfajores, dulces de leche argentinos, y ella se entusiasmó tanto que se puso a dar gruñidos y ladridos de perro con pequeños saltitos sobre mí, incluso hacía unos aullidos de lobo que me produjo cierto temor que se estuviese volviendo loca, o quizás siempre ha estado loca y no me había dado cuenta. Lo peor fue que después de varias lenguaradas por mi cara se me comenzaron a pegar las moscas y estuve todo el rato espantándolas de mi rostro y perdí todo entusiasmo libidinoso. Fanfán se enojó mucho y estuvo varios días sin hablarme.

Recuerdo haber leído que Erich Fromm decía que el origen del odio y rivalidad con el padre estarían determinados por la rebelión contra la autoridad paterna y las estructuras sociales patriarcales que representa. Por supuesto que mi papá piensa diferente, él dice que fui sobreprotegido por mi mamá que no hizo como la mamá-pájara que cuando le salen plumas a su pajarillo simplemente lo empuja del nido para que vuele, si no aletea se cae desde las alturas sin posibilidades de sobrevivir.

Me educaron así, no tengo culpa de nada. Soy el resultado de mi herencia genética, lo que Freud llama el “Ello”, la parte más importante del inconciente que constituye el motor del comportamiento, y también soy resultado de mi “Super-yo”, o sea, la parte que forma mi conciencia moral como consecuencia de la educación familiar y de la influencia de mi entorno cultural. Luego, mi “yo” es apenas un pequeño administrador de mi conciencia ante la realidad y que media entre el “Ello” y el “Super-yo”.

Está clarísimo, soy producto del pasado y sus raíces condicionan mi futuro. Es como una piedra que sostenga en la mano, si la suelto sé con absoluta certeza que caerá al suelo. Así también es la vida, tiene una trayectoria predeterminada, es la ley de la gravedad. Claro, la vida es un fenómeno más complejo, quizás tenga demasiadas condiciones y variables para poder predecir su trayectoria, lo cual significa que simplemente no estamos en conocimiento para hacer tales predicciones, pero no descarta el determinismo de la vida.

Los seres humanos actuamos mediante procesos mentales que no son más que procesos electro-físico químicos del sistema neurológico, que atienden también a leyes específicas que siguen el principio de causalidad, no dependen del azar, es decir, nunca la piedra va a caer para arriba, ni para un lado.

Entonces, mis faltas, en realidad ya no serían faltas, me refiero a mis conductas, serían consecuencia básicamente de la educación que recibí de mis padres y, sobre todo, del excesivo ejercicio de autoridad de mi padre.

Sí, la culpa principal viene de la excesiva autoridad de papá. En mis recuerdos, lo tengo como si estuviese grabado con fuego, está el día cuando en la playa, según él me cuenta, intentaba enseñarme a nadar, cuando apenas yo era un niño pequeño. Me hundía bajo el agua y después me levantaba para dejarme en brazos de mi mamá a quién me aferraba con fuerza.

Quizás has suavizado tus recuerdos de tales experiencias, me dijo Sigmundo, debes intentar recordar la realidad de aquellos sucesos, debes estar seguro si tu mamá verdaderamente te protegía. Sí, sí, ella me protegía, le contesté a mi sicólogo, la culpa es de mi papá, él me hundía con fuerza bajo el agua y después de largo rato yo lograba emerger desesperado a la superficie, impulsado por el instinto de supervivencia.

No tienes que ser condescendiente con tu papá, insistió Sigmundo. Es verdad, le contesté a mi sicólogo, horrorizado en ese mismo instante por la comprensión de mis recuerdos, creo que no estaba enseñándome a nadar, nunca me dijo que flotara ni que moviera los brazos, sino que el estaba intentando ahogarme y disimulaba que jugaba conmigo. Lo entendí, casi le grité a Sigmundo, ¡el maldito me estaba ahogando!

Sigue, sigue, me incitaba el sicólogo. Un día me vengaré, continúe diciendo mientras me revolcaba en el diván del consultorio, lo haré picadillo y después lo voy a ahogar lentamente. Sigue, sigue. Sí, sí, lo voy a ahogar en la poceta del baño cuando esté llena de mierda. Sigue, sigue, decía Sigmundo algo exaltado. Le meteré toda la cabeza en la poceta y le preguntaré: ¿Quieres aprender a nadar, ah?

Después de un largo rato que nos quedamos en silencio, me preguntó Sigmundo: ¿Te sientes bien? Sí, contesté, es cómo si me hubiese sacado un inmenso peso de encima, respondí, ¿mañana podemos repetir otra vez esta sesión?

Definitivamente la raíz de todos mis problemas proviene de la culpa de mi papá, ahora lo tengo muy claro, lo he comprendido en toda su plenitud. Aunque ahora me surge la sospecha de que el comportamiento de mis padres es resultado de la educación que recibieron de los suyos, quienes a su vez heredaron el modelo de sus propios padres, y así sucesivamente, de modo que en última instancia los culpables son Caín y Abel. Adán no, porque ha sido el único que no debe haber tenido complejo de Edipo. O en términos evolucionistas, los culpables vienen del homo australopitecus cuando vagaba por las selvas africanas hace cientos de miles de años atrás.

Que extraño, no lo había pensado así, aunque no me gusta esta línea de pensamiento, pues a mi papá no lo puedo librar de su culpabilidad, él hizo todo lo que ocurrió porque le dio la gana, hasta una cachetada en el rostro una vez me dio. Bueno, ¿entonces yo también podría hacer lo que me dé la gana? A ver, esto no está nada de claro. Si yo puedo hacer lo que me venga en gana significa que me puedo librar de la influencia de mi entorno cultural, o sea, yo podría hacerme musulmán, o budista, o agnóstico, en contraposición a la fe cristiana del mundo occidental donde estoy insertado. Quizás sí ¿Realmente puedo hacer lo que me dé la gana?

Si se me presentan varias alternativas frente a determinada situación, es mi decisión elegir el camino que yo quiera, puedo irme por la derecha, o puedo tomar por la izquierda, o quizás por el centro, lo que sea, es decir, lo que a mí me dé la gana decidir y asumir las consecuencias de mi elección. Aunque, quizás realmente lo que parece mi decisión sea resultado de una eventual activación de un circuito sináptico entre algunas de las 100.000 millones de neuronas de mi cerebro, que se desencadena por influencia de los rayos cósmicos de cierto instante y que provocan la liberación de algunos neurotransmisores que promueven determinada decisión. O sea, no es propiamente mi decisión, sino la de los rayos cósmicos.

Entonces la libertad es sólo una ilusión, de igual modo como los colores de la realidad son sólo una alucinación del cerebro. Si tuviésemos ojos de mosca las cosas serían imágenes en forma de mosaicos como los vitrales geométricos, entonces podría decir poéticamente: Fanfán, adoro tus grandes ojos sin párpados, ojos que nunca duermen y no se cansan de mirarme.

¿Entonces no hay libertad? ¿No hay libre albedrío? Todo es una ilusión. No lo sé, todo es muy confuso, ya no sé qué pensar. Sin embargo, intuyo que no es importante saberlo, ya que lo esencial es mi conciencia de la realidad que me produce la sensación de que sí tengo el control sobre mí mismo, la sensación de libertad, la sensación de comprensión de mi entorno y que supuestamente puedo ejercer mi voluntad, independientemente de que sea verdad o no.

Lo importante es actuar conforme a la conciencia y con el sentimiento de libertad. Como diría Sartre, estamos condenados a ser libres, pero no porque tengamos la certeza de que así es nuestra naturaleza, tal vez lo seamos o quizás no, sino porque es la única manera de vivir. Es nuestra naturaleza sentir profundamente la convicción de que la piedra la podemos hacer caer para cualquier lado, sentir que somos dueños del destino, qué importa que no sea verdad.

Fanfán, quiero que me gruñas y me des ladridos al oído. Haremos lo que nos dé la gana y viviremos con el sentido de la libertad en un mundo lleno de colores. ¡Qué importa si existen o no! Nosotros sentiremos la libertad y los colores del mundo en lo profundo de nuestra alma, lo que importa es lo que sentimos y lo que queremos.

¡Qué curioso! Si podemos elegir esta decisión, entonces somos realmente libres, caso contrario, ni siquiera podríamos plantearla como una opción a elegir. ¡Vaya, qué curioso! Sí, somos libres. Me sorprendí de mi propia reflexión, mientras miraba a lo lejos como se alejaba caminando papá con un andar lento y cansino. Me dejé llevar por el impulso que me hizo levantar la mano en señal de saludo y a lo lejos le sonreí.



NOTA: Cualquier semejanza con alguna persona o hecho de la realidad es una simple casualidad. Esta historia es sólo un invento de las neuronas del autor que en extraña sinapsis le dictaron al computador con impulsos de serotonina y dopamina.

sábado, 30 de abril de 2011

CUENTO DEL PESCADOR

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Cada vez que escucho a Chávez en sus interminables cadenas de radio y televisión criticar al imperialismo norteamericano y el sistema capitalista mundial con sus salvajes valores del consumismo materialista que le son propio, como la insaciable ansiedad por el dinero y el sentido de la acumulación de riqueza, me recuerdo el “cuento del pescador”, cuyo mensaje es la búsqueda de la felicidad.

Chávez, el de Venezuela, lo grita a los cuatro vientos, ser rico es malo, aunque claro, como él es el líder está junto con su familia exento de esta regla de oro del socialismo del siglo XXI y disfrutan a su antojo las mieles del poder.

El cuento del pescador, para quienes no lo conocen, dice:

Érase una vez un hombre rico y emprendedor que se horrorizó cuando vio a un pescador tranquilamente recostado junto a su bote, contemplando el mar y fumando apaciblemente su pipa, después de haber vendido el pescado.
– ¿Por qué no has salido a pescar? – le preguntó el hombre emprendedor.
– Porque ya he pescado bastante por hoy – respondió el apacible pescador.
– ¿Por qué no pescas más de lo que necesitas? – insistió el industrial.
– ¿Y qué haría con ello? – preguntó a su vez el pescador.
– Ganarías más dinero – fue la respuesta – y podrías poner un motor nuevo y más potente a tu bote. Podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon con las que sacarías más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos botes… y después hasta una verdadera flota. Entonces serías rico y poderoso como yo.
– ¿Y que haría entonces? –preguntó de nuevo el pescador.
– Podrías sentarte y disfrutar de la vida – respondió el hombre.
– ¿Y qué cree que estoy haciendo en este preciso momento? – respondió sonriendo el apacible pescador.

Aquí termina el cuento. Por supuesto que provoca dar un emocionado suspiro y decir con el corazón en la mano: ¡Qué profundo el cuento, el pescador ya tiene la felicidad!

Sin embargo, quiero contar, un día que estaba paseando por una hermosa playa, donde disfrutaba mis vacaciones de verano, me encontré con un pobre hombre harapiento y descalzo que me pidió algo de comer, entonces le dí un pedazo de pan y él me miró con agradecimiento y dijo:

– ¿Sabe? Yo era un pescador muy feliz – hablaba con la mirada perdida en el horizonte del mar y una profunda tristeza.

– Ah, ¿sí? – murmuré

– Sí, pero un día vino una tormenta y se llevó el único bote que tenía, y como irresponsablemente no había ahorrado nada me hundí en la miseria, mi hija se hizo prostituta y mis dos hijos son delincuentes drogadictos, mi mujer me abandonó y se fue a vivir con otro hombre.

– ¿Y qué desea ahora? – atiné a preguntar

– Buscar al hijo e´su madre que dijo que ser rico es malo…

Claro que sí, ciertamente la riqueza no es ninguna garantía de felicidad. La felicidad no es el resultado de lo que tenemos, sino de lo que somos, es un sentimiento de plenitud que nace de lo más profundo del alma y nos llena de vitalidad por lo que hacemos.

Así somos los venezolanos, radiantes de felicidad, de modo que a cualquier lugar donde vamos vemos sonrisas de satisfacción, las vemos en las colas de las oficinas públicas, en los cruces de semáforos, cuando pagamos las compras del supermercado, cuando tenemos los apagones de la luz, cuando nos cortan el agua potable, en los repletos vagones del metro sin aire acondicionado, en los huecos de las carreteras y autopistas, y hasta en los delincuentes cuando nos asaltan cada vez con mayor frecuencia.

Somos tan felices, lo dice la encuesta Gallup que situó este año a Venezuela en el cuarto lugar de bienestar, junto con Finlandia. Vaya, todos somos como el pescador que holgazanea a la orilla del mar junto a su bote esperando que los pescados salten a su interior.

Ahora entiendo por qué Sigmund Freud expresó que “existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra es serlo”. Entonces, ¿tú eres feliz?.