martes, 14 de junio de 2011
lunes, 13 de junio de 2011
Androico y Fanfán

No hace mucho tiempo que me casé, ya se me había hecho insoportable la soltería. Me enamoré locamente de Fanfán, aunque en un principio me costaba reconocerlo, me dí cuenta que sin ella me muero, pero también debo admitir que con ella me es difícil vivir. No es sencilla mi elección, estar con ella para no vivir o estar sin ella para morir.
Pobre Fanfán, cree que el mundo debe seguir un orden. A veces siento un poco de lástima que ella no entienda la naturaleza de las cosas y se esclavice con un constante esfuerzo inútil que pretende doblegar las fuerzas del caos. Bueno, es su problema, me digo, quizás así se siente feliz, pero no soporto que pretenda arrastrarme a su esquema rígido de reglas y normas que encadenarían mi espíritu rebelde, sólo para dar una apariencia artificial ante los demás y que no corresponde con la espontaneidad del devenir de la vida.
A veces la presión es excesiva para intentar hacerme cambiar, como si yo fuese una simple plastilina que se puede moldear de cualquier forma. Quizás sea verdad lo que dicen, en el sentido de que cuando un hombre se enamora de una mujer le surge la pretensión de que ella no cambie nunca, que se mantenga siempre lozana y plena de juventud, en cambio la mujer se enamora de un hombre con la pretensión de cambiarlo para asemejarlo al modelo idealizado de su imaginación, a su príncipe azul. Pues no, me rebelo definitivamente contra tales pretensiones, no soy y no seré nunca un príncipe azul.
Una vez no resistí la presión interna que se me acumuló y estallé en gritos que intentaban imponer mi criterio. Mientras más Fanfán se oponía a mi afán de dominio, mayores fueron mis gritos. Así es como recuerdo el despotismo de papá, quién imponía su autoridad con un rugido de león y luego se hacía lo que él decía, sin ninguna discusión. Siempre nos decía mamá: Compórtense bien que pronto va a llegar papá. Esta vez aquel modelo no funcionó, al escuchar mis gritos la vecina salió a los pasillos con un crucifijo para espantar al espíritu de Satanás y suplicar con sus rezos la protección de la Virgen María. Fanfán con su dulzura de siempre y con lágrimas en sus ojos de lánguida mirada simplemente me dijo: ¡Vete!
Me mandaron para el carajo y no podía entenderlo. ¿Por qué mi mamá nunca mandó para el carajo a mi papá? ¿O no estoy enterado? Me volví loco. Fanfán con su ternura me hacía entender que yo no calzaba en el orden de lo que era nuestro frágil hogar, donde cada cosa tenía su lugar.
Pero papá gritaba y todo cuadraba, entonces así me parecía que era el mundo: murmullos, voces, chillidos y gritos, muchos gritos. Sí, es verdad, así es el mundo, pero quizás no necesariamente debamos vivir entre gritos ¿Entonces el modelo de papá no es correcto? ¿O sea, mi papá es el culpable? Lo sospechaba, desde hace tiempo que lo sospechaba.
En ese momento entendí que necesitaba que alguien me ayudara y no podía ser papá, el simplemente me daría un grito. Debía encontrar alguien que conociese de conductas humanas y, claro, entendiera que el culpable de todo es mi papá. Qué mejor que un psicoanalista, ellos tienen clarísimo que el culpable de todos los rollos mentales proviene de los conflictos con los padres durante la niñez.
A Sigmundo, mi sicólogo, le conté toda mi vida, bueno en realidad le hablé de cómo yo percibí mi vida, porque ya veo que mis padres la ven de otra manera. Para ser más preciso, le hablé de cómo recuerdo que yo he percibido mi vida. Le conté a mi sicólogo que una vez mi hermana mayor, Proserpina, me sacó a pasear con sus amigas en mi coche de bebé cuando apenas tenía algunos meses de edad, no estoy seguro si así lo recuerdo o me lo contaron, pero tengo en mis sueños la imagen de un inmenso perro, mucho más grande que el cochecito cuna, que me olió por todas partes y después me lengüeteó toda la cara. El susto me paralizaba y no atinaba a gritar, mientras Proserpina jugaba despreocupadamente con sus amigas.
Sigmundo me escuchó, como dicen los sicólogos, con una atención parejamente flotante. Sólo decía a instantes: Ajá, Sigue, ¿Qué más…? Seguramente eso no tiene ninguna importancia, atiné decir. No, no, es muy significativo lo que me cuentas, dijo Sigmundo con un tono profesoral que me pareció de entusiasmo, el perro es precisamente el símbolo que representa a tu papá. Pensándolo bien, me dije, parece razonable la interpretación del sicólogo, es verdad que a mi papá le he tenido cierto temor y muchas veces lo veo como un perro rabioso.
Ese es el complejo de castración, continuó explicando Sigmundo con voz profunda, que expresa el temor de que el perro, tu padre en este caso, te muerda el pene y te lo arranque de una sola dentellada, en castigo por tus deseos incestuosas que resultan de tus impulsos sexuales inconscientes. El sentido de hostilidad hacia tu padre para ocupar tú el puesto de preferencia al lado de tu mamá, seguía explicando, te provoca un profundo sentido de culpabilidad que se traduce en el temor instintivo a la castración.
Androico, me dijo el sicólogo, el complejo de Edipo es un fenómeno absolutamente normal que es superado en el desarrollo de la vida, es inhibido y luego sublimado, aunque el perro de tu papá, perdón, quiero decir tu papá, tiene por cierto una agresividad que vamos progresivamente a investigar entre ambos.
Mientras tanto, me aconsejó Sigmundo, intentaremos que resuelvas el problema de los sueños que tienes como verdaderas pesadillas, harás unas prácticas muy sencillas, escúchame bien, cuando estés con una mujer en la intimidad, sea tu esposa, una amante o alguna aventurera cualquiera, antes de la relación sexual y durante los juegos preparatorios le pides que a tu oído te haga: Ggrrrrr, guau, guau… y luego te dé unos lengüetazos por toda la cara.
Realmente confío mucho en Sigmundo, aunque a veces me parece algo exagerado en sus recomendaciones. Entiendo que en la teoría de Freud constituye un aspecto fundamental el complejo de Edipo, sin embargo ese tratamiento lo tomé con alguna desconfianza, pero aún así se lo conté a Fanfán un día que estábamos comiendo alfajores, dulces de leche argentinos, y ella se entusiasmó tanto que se puso a dar gruñidos y ladridos de perro con pequeños saltitos sobre mí, incluso hacía unos aullidos de lobo que me produjo cierto temor que se estuviese volviendo loca, o quizás siempre ha estado loca y no me había dado cuenta. Lo peor fue que después de varias lenguaradas por mi cara se me comenzaron a pegar las moscas y estuve todo el rato espantándolas de mi rostro y perdí todo entusiasmo libidinoso. Fanfán se enojó mucho y estuvo varios días sin hablarme.
Recuerdo haber leído que Erich Fromm decía que el origen del odio y rivalidad con el padre estarían determinados por la rebelión contra la autoridad paterna y las estructuras sociales patriarcales que representa. Por supuesto que mi papá piensa diferente, él dice que fui sobreprotegido por mi mamá que no hizo como la mamá-pájara que cuando le salen plumas a su pajarillo simplemente lo empuja del nido para que vuele, si no aletea se cae desde las alturas sin posibilidades de sobrevivir.
Me educaron así, no tengo culpa de nada. Soy el resultado de mi herencia genética, lo que Freud llama el “Ello”, la parte más importante del inconciente que constituye el motor del comportamiento, y también soy resultado de mi “Super-yo”, o sea, la parte que forma mi conciencia moral como consecuencia de la educación familiar y de la influencia de mi entorno cultural. Luego, mi “yo” es apenas un pequeño administrador de mi conciencia ante la realidad y que media entre el “Ello” y el “Super-yo”.
Está clarísimo, soy producto del pasado y sus raíces condicionan mi futuro. Es como una piedra que sostenga en la mano, si la suelto sé con absoluta certeza que caerá al suelo. Así también es la vida, tiene una trayectoria predeterminada, es la ley de la gravedad. Claro, la vida es un fenómeno más complejo, quizás tenga demasiadas condiciones y variables para poder predecir su trayectoria, lo cual significa que simplemente no estamos en conocimiento para hacer tales predicciones, pero no descarta el determinismo de la vida.
Los seres humanos actuamos mediante procesos mentales que no son más que procesos electro-físico químicos del sistema neurológico, que atienden también a leyes específicas que siguen el principio de causalidad, no dependen del azar, es decir, nunca la piedra va a caer para arriba, ni para un lado.
Entonces, mis faltas, en realidad ya no serían faltas, me refiero a mis conductas, serían consecuencia básicamente de la educación que recibí de mis padres y, sobre todo, del excesivo ejercicio de autoridad de mi padre.
Sí, la culpa principal viene de la excesiva autoridad de papá. En mis recuerdos, lo tengo como si estuviese grabado con fuego, está el día cuando en la playa, según él me cuenta, intentaba enseñarme a nadar, cuando apenas yo era un niño pequeño. Me hundía bajo el agua y después me levantaba para dejarme en brazos de mi mamá a quién me aferraba con fuerza.
Quizás has suavizado tus recuerdos de tales experiencias, me dijo Sigmundo, debes intentar recordar la realidad de aquellos sucesos, debes estar seguro si tu mamá verdaderamente te protegía. Sí, sí, ella me protegía, le contesté a mi sicólogo, la culpa es de mi papá, él me hundía con fuerza bajo el agua y después de largo rato yo lograba emerger desesperado a la superficie, impulsado por el instinto de supervivencia.
No tienes que ser condescendiente con tu papá, insistió Sigmundo. Es verdad, le contesté a mi sicólogo, horrorizado en ese mismo instante por la comprensión de mis recuerdos, creo que no estaba enseñándome a nadar, nunca me dijo que flotara ni que moviera los brazos, sino que el estaba intentando ahogarme y disimulaba que jugaba conmigo. Lo entendí, casi le grité a Sigmundo, ¡el maldito me estaba ahogando!
Sigue, sigue, me incitaba el sicólogo. Un día me vengaré, continúe diciendo mientras me revolcaba en el diván del consultorio, lo haré picadillo y después lo voy a ahogar lentamente. Sigue, sigue. Sí, sí, lo voy a ahogar en la poceta del baño cuando esté llena de mierda. Sigue, sigue, decía Sigmundo algo exaltado. Le meteré toda la cabeza en la poceta y le preguntaré: ¿Quieres aprender a nadar, ah?
Después de un largo rato que nos quedamos en silencio, me preguntó Sigmundo: ¿Te sientes bien? Sí, contesté, es cómo si me hubiese sacado un inmenso peso de encima, respondí, ¿mañana podemos repetir otra vez esta sesión?
Definitivamente la raíz de todos mis problemas proviene de la culpa de mi papá, ahora lo tengo muy claro, lo he comprendido en toda su plenitud. Aunque ahora me surge la sospecha de que el comportamiento de mis padres es resultado de la educación que recibieron de los suyos, quienes a su vez heredaron el modelo de sus propios padres, y así sucesivamente, de modo que en última instancia los culpables son Caín y Abel. Adán no, porque ha sido el único que no debe haber tenido complejo de Edipo. O en términos evolucionistas, los culpables vienen del homo australopitecus cuando vagaba por las selvas africanas hace cientos de miles de años atrás.
Que extraño, no lo había pensado así, aunque no me gusta esta línea de pensamiento, pues a mi papá no lo puedo librar de su culpabilidad, él hizo todo lo que ocurrió porque le dio la gana, hasta una cachetada en el rostro una vez me dio. Bueno, ¿entonces yo también podría hacer lo que me dé la gana? A ver, esto no está nada de claro. Si yo puedo hacer lo que me venga en gana significa que me puedo librar de la influencia de mi entorno cultural, o sea, yo podría hacerme musulmán, o budista, o agnóstico, en contraposición a la fe cristiana del mundo occidental donde estoy insertado. Quizás sí ¿Realmente puedo hacer lo que me dé la gana?
Si se me presentan varias alternativas frente a determinada situación, es mi decisión elegir el camino que yo quiera, puedo irme por la derecha, o puedo tomar por la izquierda, o quizás por el centro, lo que sea, es decir, lo que a mí me dé la gana decidir y asumir las consecuencias de mi elección. Aunque, quizás realmente lo que parece mi decisión sea resultado de una eventual activación de un circuito sináptico entre algunas de las 100.000 millones de neuronas de mi cerebro, que se desencadena por influencia de los rayos cósmicos de cierto instante y que provocan la liberación de algunos neurotransmisores que promueven determinada decisión. O sea, no es propiamente mi decisión, sino la de los rayos cósmicos.
Entonces la libertad es sólo una ilusión, de igual modo como los colores de la realidad son sólo una alucinación del cerebro. Si tuviésemos ojos de mosca las cosas serían imágenes en forma de mosaicos como los vitrales geométricos, entonces podría decir poéticamente: Fanfán, adoro tus grandes ojos sin párpados, ojos que nunca duermen y no se cansan de mirarme.
¿Entonces no hay libertad? ¿No hay libre albedrío? Todo es una ilusión. No lo sé, todo es muy confuso, ya no sé qué pensar. Sin embargo, intuyo que no es importante saberlo, ya que lo esencial es mi conciencia de la realidad que me produce la sensación de que sí tengo el control sobre mí mismo, la sensación de libertad, la sensación de comprensión de mi entorno y que supuestamente puedo ejercer mi voluntad, independientemente de que sea verdad o no.
Lo importante es actuar conforme a la conciencia y con el sentimiento de libertad. Como diría Sartre, estamos condenados a ser libres, pero no porque tengamos la certeza de que así es nuestra naturaleza, tal vez lo seamos o quizás no, sino porque es la única manera de vivir. Es nuestra naturaleza sentir profundamente la convicción de que la piedra la podemos hacer caer para cualquier lado, sentir que somos dueños del destino, qué importa que no sea verdad.
Fanfán, quiero que me gruñas y me des ladridos al oído. Haremos lo que nos dé la gana y viviremos con el sentido de la libertad en un mundo lleno de colores. ¡Qué importa si existen o no! Nosotros sentiremos la libertad y los colores del mundo en lo profundo de nuestra alma, lo que importa es lo que sentimos y lo que queremos.
¡Qué curioso! Si podemos elegir esta decisión, entonces somos realmente libres, caso contrario, ni siquiera podríamos plantearla como una opción a elegir. ¡Vaya, qué curioso! Sí, somos libres. Me sorprendí de mi propia reflexión, mientras miraba a lo lejos como se alejaba caminando papá con un andar lento y cansino. Me dejé llevar por el impulso que me hizo levantar la mano en señal de saludo y a lo lejos le sonreí.
NOTA: Cualquier semejanza con alguna persona o hecho de la realidad es una simple casualidad. Esta historia es sólo un invento de las neuronas del autor que en extraña sinapsis le dictaron al computador con impulsos de serotonina y dopamina.
Pobre Fanfán, cree que el mundo debe seguir un orden. A veces siento un poco de lástima que ella no entienda la naturaleza de las cosas y se esclavice con un constante esfuerzo inútil que pretende doblegar las fuerzas del caos. Bueno, es su problema, me digo, quizás así se siente feliz, pero no soporto que pretenda arrastrarme a su esquema rígido de reglas y normas que encadenarían mi espíritu rebelde, sólo para dar una apariencia artificial ante los demás y que no corresponde con la espontaneidad del devenir de la vida.
A veces la presión es excesiva para intentar hacerme cambiar, como si yo fuese una simple plastilina que se puede moldear de cualquier forma. Quizás sea verdad lo que dicen, en el sentido de que cuando un hombre se enamora de una mujer le surge la pretensión de que ella no cambie nunca, que se mantenga siempre lozana y plena de juventud, en cambio la mujer se enamora de un hombre con la pretensión de cambiarlo para asemejarlo al modelo idealizado de su imaginación, a su príncipe azul. Pues no, me rebelo definitivamente contra tales pretensiones, no soy y no seré nunca un príncipe azul.
Una vez no resistí la presión interna que se me acumuló y estallé en gritos que intentaban imponer mi criterio. Mientras más Fanfán se oponía a mi afán de dominio, mayores fueron mis gritos. Así es como recuerdo el despotismo de papá, quién imponía su autoridad con un rugido de león y luego se hacía lo que él decía, sin ninguna discusión. Siempre nos decía mamá: Compórtense bien que pronto va a llegar papá. Esta vez aquel modelo no funcionó, al escuchar mis gritos la vecina salió a los pasillos con un crucifijo para espantar al espíritu de Satanás y suplicar con sus rezos la protección de la Virgen María. Fanfán con su dulzura de siempre y con lágrimas en sus ojos de lánguida mirada simplemente me dijo: ¡Vete!
Me mandaron para el carajo y no podía entenderlo. ¿Por qué mi mamá nunca mandó para el carajo a mi papá? ¿O no estoy enterado? Me volví loco. Fanfán con su ternura me hacía entender que yo no calzaba en el orden de lo que era nuestro frágil hogar, donde cada cosa tenía su lugar.
Pero papá gritaba y todo cuadraba, entonces así me parecía que era el mundo: murmullos, voces, chillidos y gritos, muchos gritos. Sí, es verdad, así es el mundo, pero quizás no necesariamente debamos vivir entre gritos ¿Entonces el modelo de papá no es correcto? ¿O sea, mi papá es el culpable? Lo sospechaba, desde hace tiempo que lo sospechaba.
En ese momento entendí que necesitaba que alguien me ayudara y no podía ser papá, el simplemente me daría un grito. Debía encontrar alguien que conociese de conductas humanas y, claro, entendiera que el culpable de todo es mi papá. Qué mejor que un psicoanalista, ellos tienen clarísimo que el culpable de todos los rollos mentales proviene de los conflictos con los padres durante la niñez.
A Sigmundo, mi sicólogo, le conté toda mi vida, bueno en realidad le hablé de cómo yo percibí mi vida, porque ya veo que mis padres la ven de otra manera. Para ser más preciso, le hablé de cómo recuerdo que yo he percibido mi vida. Le conté a mi sicólogo que una vez mi hermana mayor, Proserpina, me sacó a pasear con sus amigas en mi coche de bebé cuando apenas tenía algunos meses de edad, no estoy seguro si así lo recuerdo o me lo contaron, pero tengo en mis sueños la imagen de un inmenso perro, mucho más grande que el cochecito cuna, que me olió por todas partes y después me lengüeteó toda la cara. El susto me paralizaba y no atinaba a gritar, mientras Proserpina jugaba despreocupadamente con sus amigas.
Sigmundo me escuchó, como dicen los sicólogos, con una atención parejamente flotante. Sólo decía a instantes: Ajá, Sigue, ¿Qué más…? Seguramente eso no tiene ninguna importancia, atiné decir. No, no, es muy significativo lo que me cuentas, dijo Sigmundo con un tono profesoral que me pareció de entusiasmo, el perro es precisamente el símbolo que representa a tu papá. Pensándolo bien, me dije, parece razonable la interpretación del sicólogo, es verdad que a mi papá le he tenido cierto temor y muchas veces lo veo como un perro rabioso.
Ese es el complejo de castración, continuó explicando Sigmundo con voz profunda, que expresa el temor de que el perro, tu padre en este caso, te muerda el pene y te lo arranque de una sola dentellada, en castigo por tus deseos incestuosas que resultan de tus impulsos sexuales inconscientes. El sentido de hostilidad hacia tu padre para ocupar tú el puesto de preferencia al lado de tu mamá, seguía explicando, te provoca un profundo sentido de culpabilidad que se traduce en el temor instintivo a la castración.
Androico, me dijo el sicólogo, el complejo de Edipo es un fenómeno absolutamente normal que es superado en el desarrollo de la vida, es inhibido y luego sublimado, aunque el perro de tu papá, perdón, quiero decir tu papá, tiene por cierto una agresividad que vamos progresivamente a investigar entre ambos.
Mientras tanto, me aconsejó Sigmundo, intentaremos que resuelvas el problema de los sueños que tienes como verdaderas pesadillas, harás unas prácticas muy sencillas, escúchame bien, cuando estés con una mujer en la intimidad, sea tu esposa, una amante o alguna aventurera cualquiera, antes de la relación sexual y durante los juegos preparatorios le pides que a tu oído te haga: Ggrrrrr, guau, guau… y luego te dé unos lengüetazos por toda la cara.
Realmente confío mucho en Sigmundo, aunque a veces me parece algo exagerado en sus recomendaciones. Entiendo que en la teoría de Freud constituye un aspecto fundamental el complejo de Edipo, sin embargo ese tratamiento lo tomé con alguna desconfianza, pero aún así se lo conté a Fanfán un día que estábamos comiendo alfajores, dulces de leche argentinos, y ella se entusiasmó tanto que se puso a dar gruñidos y ladridos de perro con pequeños saltitos sobre mí, incluso hacía unos aullidos de lobo que me produjo cierto temor que se estuviese volviendo loca, o quizás siempre ha estado loca y no me había dado cuenta. Lo peor fue que después de varias lenguaradas por mi cara se me comenzaron a pegar las moscas y estuve todo el rato espantándolas de mi rostro y perdí todo entusiasmo libidinoso. Fanfán se enojó mucho y estuvo varios días sin hablarme.
Recuerdo haber leído que Erich Fromm decía que el origen del odio y rivalidad con el padre estarían determinados por la rebelión contra la autoridad paterna y las estructuras sociales patriarcales que representa. Por supuesto que mi papá piensa diferente, él dice que fui sobreprotegido por mi mamá que no hizo como la mamá-pájara que cuando le salen plumas a su pajarillo simplemente lo empuja del nido para que vuele, si no aletea se cae desde las alturas sin posibilidades de sobrevivir.
Me educaron así, no tengo culpa de nada. Soy el resultado de mi herencia genética, lo que Freud llama el “Ello”, la parte más importante del inconciente que constituye el motor del comportamiento, y también soy resultado de mi “Super-yo”, o sea, la parte que forma mi conciencia moral como consecuencia de la educación familiar y de la influencia de mi entorno cultural. Luego, mi “yo” es apenas un pequeño administrador de mi conciencia ante la realidad y que media entre el “Ello” y el “Super-yo”.
Está clarísimo, soy producto del pasado y sus raíces condicionan mi futuro. Es como una piedra que sostenga en la mano, si la suelto sé con absoluta certeza que caerá al suelo. Así también es la vida, tiene una trayectoria predeterminada, es la ley de la gravedad. Claro, la vida es un fenómeno más complejo, quizás tenga demasiadas condiciones y variables para poder predecir su trayectoria, lo cual significa que simplemente no estamos en conocimiento para hacer tales predicciones, pero no descarta el determinismo de la vida.
Los seres humanos actuamos mediante procesos mentales que no son más que procesos electro-físico químicos del sistema neurológico, que atienden también a leyes específicas que siguen el principio de causalidad, no dependen del azar, es decir, nunca la piedra va a caer para arriba, ni para un lado.
Entonces, mis faltas, en realidad ya no serían faltas, me refiero a mis conductas, serían consecuencia básicamente de la educación que recibí de mis padres y, sobre todo, del excesivo ejercicio de autoridad de mi padre.
Sí, la culpa principal viene de la excesiva autoridad de papá. En mis recuerdos, lo tengo como si estuviese grabado con fuego, está el día cuando en la playa, según él me cuenta, intentaba enseñarme a nadar, cuando apenas yo era un niño pequeño. Me hundía bajo el agua y después me levantaba para dejarme en brazos de mi mamá a quién me aferraba con fuerza.
Quizás has suavizado tus recuerdos de tales experiencias, me dijo Sigmundo, debes intentar recordar la realidad de aquellos sucesos, debes estar seguro si tu mamá verdaderamente te protegía. Sí, sí, ella me protegía, le contesté a mi sicólogo, la culpa es de mi papá, él me hundía con fuerza bajo el agua y después de largo rato yo lograba emerger desesperado a la superficie, impulsado por el instinto de supervivencia.
No tienes que ser condescendiente con tu papá, insistió Sigmundo. Es verdad, le contesté a mi sicólogo, horrorizado en ese mismo instante por la comprensión de mis recuerdos, creo que no estaba enseñándome a nadar, nunca me dijo que flotara ni que moviera los brazos, sino que el estaba intentando ahogarme y disimulaba que jugaba conmigo. Lo entendí, casi le grité a Sigmundo, ¡el maldito me estaba ahogando!
Sigue, sigue, me incitaba el sicólogo. Un día me vengaré, continúe diciendo mientras me revolcaba en el diván del consultorio, lo haré picadillo y después lo voy a ahogar lentamente. Sigue, sigue. Sí, sí, lo voy a ahogar en la poceta del baño cuando esté llena de mierda. Sigue, sigue, decía Sigmundo algo exaltado. Le meteré toda la cabeza en la poceta y le preguntaré: ¿Quieres aprender a nadar, ah?
Después de un largo rato que nos quedamos en silencio, me preguntó Sigmundo: ¿Te sientes bien? Sí, contesté, es cómo si me hubiese sacado un inmenso peso de encima, respondí, ¿mañana podemos repetir otra vez esta sesión?
Definitivamente la raíz de todos mis problemas proviene de la culpa de mi papá, ahora lo tengo muy claro, lo he comprendido en toda su plenitud. Aunque ahora me surge la sospecha de que el comportamiento de mis padres es resultado de la educación que recibieron de los suyos, quienes a su vez heredaron el modelo de sus propios padres, y así sucesivamente, de modo que en última instancia los culpables son Caín y Abel. Adán no, porque ha sido el único que no debe haber tenido complejo de Edipo. O en términos evolucionistas, los culpables vienen del homo australopitecus cuando vagaba por las selvas africanas hace cientos de miles de años atrás.
Que extraño, no lo había pensado así, aunque no me gusta esta línea de pensamiento, pues a mi papá no lo puedo librar de su culpabilidad, él hizo todo lo que ocurrió porque le dio la gana, hasta una cachetada en el rostro una vez me dio. Bueno, ¿entonces yo también podría hacer lo que me dé la gana? A ver, esto no está nada de claro. Si yo puedo hacer lo que me venga en gana significa que me puedo librar de la influencia de mi entorno cultural, o sea, yo podría hacerme musulmán, o budista, o agnóstico, en contraposición a la fe cristiana del mundo occidental donde estoy insertado. Quizás sí ¿Realmente puedo hacer lo que me dé la gana?
Si se me presentan varias alternativas frente a determinada situación, es mi decisión elegir el camino que yo quiera, puedo irme por la derecha, o puedo tomar por la izquierda, o quizás por el centro, lo que sea, es decir, lo que a mí me dé la gana decidir y asumir las consecuencias de mi elección. Aunque, quizás realmente lo que parece mi decisión sea resultado de una eventual activación de un circuito sináptico entre algunas de las 100.000 millones de neuronas de mi cerebro, que se desencadena por influencia de los rayos cósmicos de cierto instante y que provocan la liberación de algunos neurotransmisores que promueven determinada decisión. O sea, no es propiamente mi decisión, sino la de los rayos cósmicos.
Entonces la libertad es sólo una ilusión, de igual modo como los colores de la realidad son sólo una alucinación del cerebro. Si tuviésemos ojos de mosca las cosas serían imágenes en forma de mosaicos como los vitrales geométricos, entonces podría decir poéticamente: Fanfán, adoro tus grandes ojos sin párpados, ojos que nunca duermen y no se cansan de mirarme.
¿Entonces no hay libertad? ¿No hay libre albedrío? Todo es una ilusión. No lo sé, todo es muy confuso, ya no sé qué pensar. Sin embargo, intuyo que no es importante saberlo, ya que lo esencial es mi conciencia de la realidad que me produce la sensación de que sí tengo el control sobre mí mismo, la sensación de libertad, la sensación de comprensión de mi entorno y que supuestamente puedo ejercer mi voluntad, independientemente de que sea verdad o no.
Lo importante es actuar conforme a la conciencia y con el sentimiento de libertad. Como diría Sartre, estamos condenados a ser libres, pero no porque tengamos la certeza de que así es nuestra naturaleza, tal vez lo seamos o quizás no, sino porque es la única manera de vivir. Es nuestra naturaleza sentir profundamente la convicción de que la piedra la podemos hacer caer para cualquier lado, sentir que somos dueños del destino, qué importa que no sea verdad.
Fanfán, quiero que me gruñas y me des ladridos al oído. Haremos lo que nos dé la gana y viviremos con el sentido de la libertad en un mundo lleno de colores. ¡Qué importa si existen o no! Nosotros sentiremos la libertad y los colores del mundo en lo profundo de nuestra alma, lo que importa es lo que sentimos y lo que queremos.
¡Qué curioso! Si podemos elegir esta decisión, entonces somos realmente libres, caso contrario, ni siquiera podríamos plantearla como una opción a elegir. ¡Vaya, qué curioso! Sí, somos libres. Me sorprendí de mi propia reflexión, mientras miraba a lo lejos como se alejaba caminando papá con un andar lento y cansino. Me dejé llevar por el impulso que me hizo levantar la mano en señal de saludo y a lo lejos le sonreí.
NOTA: Cualquier semejanza con alguna persona o hecho de la realidad es una simple casualidad. Esta historia es sólo un invento de las neuronas del autor que en extraña sinapsis le dictaron al computador con impulsos de serotonina y dopamina.
sábado, 30 de abril de 2011
CUENTO DEL PESCADOR
Cada vez que escucho a Chávez en sus interminables cadenas de radio y televisión criticar al imperialismo norteamericano y el sistema capitalista mundial con sus salvajes valores del consumismo materialista que le son propio, como la insaciable ansiedad por el dinero y el sentido de la acumulación de riqueza, me recuerdo el “cuento del pescador”, cuyo mensaje es la búsqueda de la felicidad.
Chávez, el de Venezuela, lo grita a los cuatro vientos, ser rico es malo, aunque claro, como él es el líder está junto con su familia exento de esta regla de oro del socialismo del siglo XXI y disfrutan a su antojo las mieles del poder.
El cuento del pescador, para quienes no lo conocen, dice:
Érase una vez un hombre rico y emprendedor que se horrorizó cuando vio a un pescador tranquilamente recostado junto a su bote, contemplando el mar y fumando apaciblemente su pipa, después de haber vendido el pescado.
– ¿Por qué no has salido a pescar? – le preguntó el hombre emprendedor.
– Porque ya he pescado bastante por hoy – respondió el apacible pescador.
– ¿Por qué no pescas más de lo que necesitas? – insistió el industrial.
– ¿Y qué haría con ello? – preguntó a su vez el pescador.
– Ganarías más dinero – fue la respuesta – y podrías poner un motor nuevo y más potente a tu bote. Podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon con las que sacarías más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos botes… y después hasta una verdadera flota. Entonces serías rico y poderoso como yo.
– ¿Y que haría entonces? –preguntó de nuevo el pescador.
– Podrías sentarte y disfrutar de la vida – respondió el hombre.
– ¿Y qué cree que estoy haciendo en este preciso momento? – respondió sonriendo el apacible pescador.
Aquí termina el cuento. Por supuesto que provoca dar un emocionado suspiro y decir con el corazón en la mano: ¡Qué profundo el cuento, el pescador ya tiene la felicidad!
Sin embargo, quiero contar, un día que estaba paseando por una hermosa playa, donde disfrutaba mis vacaciones de verano, me encontré con un pobre hombre harapiento y descalzo que me pidió algo de comer, entonces le dí un pedazo de pan y él me miró con agradecimiento y dijo:
– ¿Sabe? Yo era un pescador muy feliz – hablaba con la mirada perdida en el horizonte del mar y una profunda tristeza.
– Ah, ¿sí? – murmuré
– Sí, pero un día vino una tormenta y se llevó el único bote que tenía, y como irresponsablemente no había ahorrado nada me hundí en la miseria, mi hija se hizo prostituta y mis dos hijos son delincuentes drogadictos, mi mujer me abandonó y se fue a vivir con otro hombre.
– ¿Y qué desea ahora? – atiné a preguntar
– Buscar al hijo e´su madre que dijo que ser rico es malo…
Claro que sí, ciertamente la riqueza no es ninguna garantía de felicidad. La felicidad no es el resultado de lo que tenemos, sino de lo que somos, es un sentimiento de plenitud que nace de lo más profundo del alma y nos llena de vitalidad por lo que hacemos.
Así somos los venezolanos, radiantes de felicidad, de modo que a cualquier lugar donde vamos vemos sonrisas de satisfacción, las vemos en las colas de las oficinas públicas, en los cruces de semáforos, cuando pagamos las compras del supermercado, cuando tenemos los apagones de la luz, cuando nos cortan el agua potable, en los repletos vagones del metro sin aire acondicionado, en los huecos de las carreteras y autopistas, y hasta en los delincuentes cuando nos asaltan cada vez con mayor frecuencia.
Somos tan felices, lo dice la encuesta Gallup que situó este año a Venezuela en el cuarto lugar de bienestar, junto con Finlandia. Vaya, todos somos como el pescador que holgazanea a la orilla del mar junto a su bote esperando que los pescados salten a su interior.
Ahora entiendo por qué Sigmund Freud expresó que “existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra es serlo”. Entonces, ¿tú eres feliz?.
– Ah, ¿sí? – murmuré
– Sí, pero un día vino una tormenta y se llevó el único bote que tenía, y como irresponsablemente no había ahorrado nada me hundí en la miseria, mi hija se hizo prostituta y mis dos hijos son delincuentes drogadictos, mi mujer me abandonó y se fue a vivir con otro hombre.
– ¿Y qué desea ahora? – atiné a preguntar
– Buscar al hijo e´su madre que dijo que ser rico es malo…
Claro que sí, ciertamente la riqueza no es ninguna garantía de felicidad. La felicidad no es el resultado de lo que tenemos, sino de lo que somos, es un sentimiento de plenitud que nace de lo más profundo del alma y nos llena de vitalidad por lo que hacemos.
Así somos los venezolanos, radiantes de felicidad, de modo que a cualquier lugar donde vamos vemos sonrisas de satisfacción, las vemos en las colas de las oficinas públicas, en los cruces de semáforos, cuando pagamos las compras del supermercado, cuando tenemos los apagones de la luz, cuando nos cortan el agua potable, en los repletos vagones del metro sin aire acondicionado, en los huecos de las carreteras y autopistas, y hasta en los delincuentes cuando nos asaltan cada vez con mayor frecuencia.
Somos tan felices, lo dice la encuesta Gallup que situó este año a Venezuela en el cuarto lugar de bienestar, junto con Finlandia. Vaya, todos somos como el pescador que holgazanea a la orilla del mar junto a su bote esperando que los pescados salten a su interior.
Ahora entiendo por qué Sigmund Freud expresó que “existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra es serlo”. Entonces, ¿tú eres feliz?.
lunes, 24 de enero de 2011
Como escribir una poesía
Un día me dije: “Quiero ser poeta y escribiré poesías”. Bueno, no fue nada sencillo iniciarme en las lides de la lírica, ya que la inspiración no es cosa que se invoque y llegue de inmediato. De hecho, muchas veces me reventaba la cabeza para lograr un verso que expresara con fuerza mis sentimientos, que conmoviera lo más profundo del alma, y hacía pruebas expresivas como: “hojas de otoño es mi lánguida vida”, “camino triste sobre piedras del desierto”, “me clavo el corazón con tus espinas”, etc.
Por supuesto que es bastante complicado organizar después los versos en estrofas que tengan rima, consonante o asonante, que tengan una determinada métrica y teniendo cuidado en considerar las sinalefas, diéresis y sinéresis. ¡Vaya, me había imaginado este asunto muy sencillo!
Sin embargo, después de mucho cavilar logré desarrollar un método para versificar sin demasiadas complicaciones, en realidad es un procedimiento bastante sencillo para aquellos que no son profesionales de la poética, aunque para estos también les puede ser útil, y sus resultados son increíblemente buenos. Este método lo quiero compartir contigo, mi apreciado amigo.
El primer paso es que tengas una idea sobre lo que quieres expresar, una idea que contenga un sentimiento, una sensación, una emoción o una reflexión, que sea el resultado de una experiencia patética que te haya dejado, o te imagines que dejará, profundas huellas en tu alma. Por ejemplo: “Mi novia me abandonó a pesar del inmenso amor que siento por ella”.
Una vez que has dado el primer paso ya has comenzado a caminar, un empujoncito y estarás corriendo. Ahora el segundo paso es que escribas libremente la idea, sin forzar ninguna expresión, sin preocuparte que las oraciones no tengan demasiado aire poético. Por ejemplo, de mi idea inicial se me ocurrió escribir:
Esta noche me siento muy amargado,
es una noche de brillantes estrellas,
porque yo la quiero, la amo con todo mi corazón,
pero ella ya no me ama: la muy idiota.
La besé tantas veces, como un bobo,
pero ya no me quiere, que no… estúpido,
parece que la he perdido para siempre.
Bueno, ya tenemos la idea expresada de una manera ruda, evidentemente no tiene mucha delicadeza, pero no importa, esto es un avance muy significativo. Imagínate un diamante bruto, para obtener su brillo y esplendor es necesario tallarlo, entonces pongamos manos a la obra.
El tercer paso es que leas en voz alta lo que hayas escrito y cambia lo que te parezca apagado o suene sin emoción, debes sustituir por expresiones más vigorosas y cargadas de emoción, incorporando imágenes poéticas que le den belleza al mensaje que deseas trasmitir. Luego, si no quieres dejar el poema en versos libre, afinas la rima y la métrica. En mi caso, en esta fase me quedó así:
Esta noche me invade la tristeza,
noche fría de estrellas azuladas,
porque ya no me quiere mi princesa
ya no está mi infinita y dulce amada.
Besé sus rojos labios tantas veces
pero la he perdido para siempre,
mi alma se extingue entre los cipreses,
muere con sed de amor, muere de hambre.
Ya casi está lista la poesía, ya tiene bastante fuerza e impacta a la sensibilidad del alma, sólo falta el último paso. El cuarto paso es para que elabores la versión final y afines el texto para darle la estructura definitiva. En estos toques finales te aseguras la fluidez de los versos y el ritmo interno. Entonces el ejercicio desarrollado me quedó así:
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: " La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
¿Qué tal? ¿Qué te parece? Bueno, no está tan mal considerando que fue un ejercicio rápido, pero aún podrías mejorarlo un poco más y quizás logres mayor valor poético. Considera que este ejercicio tiene sólo un valor didáctico y no es más que una improvisación apresurada sin mucha meditación.
Te recomiendo que sigas practicando con el método sugerido, seguro que llegarás a ser un poeta interesante. Mucha suerte
(NOTA: Pablito, no te molestes ni te enojes, sólo es una broma)
Por supuesto que es bastante complicado organizar después los versos en estrofas que tengan rima, consonante o asonante, que tengan una determinada métrica y teniendo cuidado en considerar las sinalefas, diéresis y sinéresis. ¡Vaya, me había imaginado este asunto muy sencillo!
Sin embargo, después de mucho cavilar logré desarrollar un método para versificar sin demasiadas complicaciones, en realidad es un procedimiento bastante sencillo para aquellos que no son profesionales de la poética, aunque para estos también les puede ser útil, y sus resultados son increíblemente buenos. Este método lo quiero compartir contigo, mi apreciado amigo.
El primer paso es que tengas una idea sobre lo que quieres expresar, una idea que contenga un sentimiento, una sensación, una emoción o una reflexión, que sea el resultado de una experiencia patética que te haya dejado, o te imagines que dejará, profundas huellas en tu alma. Por ejemplo: “Mi novia me abandonó a pesar del inmenso amor que siento por ella”.
Una vez que has dado el primer paso ya has comenzado a caminar, un empujoncito y estarás corriendo. Ahora el segundo paso es que escribas libremente la idea, sin forzar ninguna expresión, sin preocuparte que las oraciones no tengan demasiado aire poético. Por ejemplo, de mi idea inicial se me ocurrió escribir:
Esta noche me siento muy amargado,
es una noche de brillantes estrellas,
porque yo la quiero, la amo con todo mi corazón,
pero ella ya no me ama: la muy idiota.
La besé tantas veces, como un bobo,
pero ya no me quiere, que no… estúpido,
parece que la he perdido para siempre.
Bueno, ya tenemos la idea expresada de una manera ruda, evidentemente no tiene mucha delicadeza, pero no importa, esto es un avance muy significativo. Imagínate un diamante bruto, para obtener su brillo y esplendor es necesario tallarlo, entonces pongamos manos a la obra.
El tercer paso es que leas en voz alta lo que hayas escrito y cambia lo que te parezca apagado o suene sin emoción, debes sustituir por expresiones más vigorosas y cargadas de emoción, incorporando imágenes poéticas que le den belleza al mensaje que deseas trasmitir. Luego, si no quieres dejar el poema en versos libre, afinas la rima y la métrica. En mi caso, en esta fase me quedó así:
Esta noche me invade la tristeza,
noche fría de estrellas azuladas,
porque ya no me quiere mi princesa
ya no está mi infinita y dulce amada.
Besé sus rojos labios tantas veces
pero la he perdido para siempre,
mi alma se extingue entre los cipreses,
muere con sed de amor, muere de hambre.
Ya casi está lista la poesía, ya tiene bastante fuerza e impacta a la sensibilidad del alma, sólo falta el último paso. El cuarto paso es para que elabores la versión final y afines el texto para darle la estructura definitiva. En estos toques finales te aseguras la fluidez de los versos y el ritmo interno. Entonces el ejercicio desarrollado me quedó así:
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: " La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
¿Qué tal? ¿Qué te parece? Bueno, no está tan mal considerando que fue un ejercicio rápido, pero aún podrías mejorarlo un poco más y quizás logres mayor valor poético. Considera que este ejercicio tiene sólo un valor didáctico y no es más que una improvisación apresurada sin mucha meditación.
Te recomiendo que sigas practicando con el método sugerido, seguro que llegarás a ser un poeta interesante. Mucha suerte
(NOTA: Pablito, no te molestes ni te enojes, sólo es una broma)
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sábado, 22 de enero de 2011
Biografía. Cap 3: Niño bueno
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Nací bajo el signo de Géminis, un día 02 de Junio. No tengo el recuerdo de aquel momento, aunque un día en una residencia estudiantil en Santiago, cuando estudiaba en la Universidad, más por curiosidad y rebeldía de juventud que por vicio mismo, fumaba encerrado en mi habitación unos cigarrillos de marihuana, preparados por mí mismo, vaciando los cigarrillos convencionales y vueltos a rellenar con yerba, fui llevado por mi imaginación hasta los mismos inicios de mi vida, hasta verme mamando leche del pecho de mi madre.
Me es difícil describir el sentimiento de placer y seguridad que aquella experiencia me causó, la cual no sé si atribuir a la fantasía o al subconsciente, pero en cualquier caso es el cordón umbilical que nunca se pierde con mamá.
Llegué hasta este mundo como una cosa minúscula, creo que no estaba en ningún programa, más bien fue un accidente de mis padres que no llevaron bien la cuenta del calendario de abstinencia sexual. Pesaba apenas un kilogramo y medio, resultado de un parto prematuro, pues llegué tan sólo con ocho meses de preparación, siempre he estado consciente que me faltó un mes de cocción.
Mi mamá marcó en el calendario con color rojo los días infértiles, para asegurar que no ocurriese una visita inoportuna de la cigüeña, pero mi hermano Pepe ya sabía pintar y marcó días adicionales con color rojo. Creo que allí radica que Pepe siempre ha sido tan importante en mi vida como mi propio padre.
Las condiciones económicas del hogar no eran las más favorables para la llegada mía, por el contrario, me supongo que llegué en un momento muy inoportuno. Más bien era momento de crisis de la familia.
Después de tener mi papá una posición importante como comerciante mayorista en Antofagasta, con una intensa actividad en el puerto para desembarcar diferentes productos que luego debía distribuir en la ciudad, lo cual lo obligaba a una activa vida social con los oficiales de los barcos y los comerciantes de la ciudad, debió regresar a Coquimbo con el peso de haber fallado en la conducción de un negocio que debió ser floreciente.
Los amigos de oportunidad y el juego del azar hicieron trizas las ilusiones de grandeza de papá. Sólo mi hermano Pepe apenas conoció la fortuna por breves años de su primera infancia, paseó en el vehículo de mamá y en la camioneta de papá, la cual, por cierto, destrozó el tren en el cruce por el centro de la ciudad de Antofagasta. Papá siempre le reclamó a mamá que ella hubiera reaccionado con la preocupación sobre la condición del vehículo sin siquiera saber todavía qué le había pasado a él.
Mamá contaba que a veces llegaba papá muy tarde en la noche con montones de billetes ganados en juegos del azar. Lo más triste y dramático es que mamá contaba tales historias cuando más necesitábamos dinero para el hogar.
Todo se derrumbó en Antofagasta, papá perdió negocio, dinero y amigos, no le quedó nada, salvo el deseo de regresar a la ciudad natal, Coquimbo, para comenzar de nuevo. Mi tío Pedro lo ayudó, su hermanastro de madre, para conseguirle una casa y un empleo en el Puerto de Coquimbo, donde permaneció hasta el fin de su vida.
En tales circunstancias ocurrió mi nacimiento, mis padres recién llegados a Coquimbo, con el sentimiento del fracaso de sus experiencias en Antofagasta, un hogar desolado y con varios cajones que se usaban por muebles, la cocina que funcionaba con parafina y el coche cuna de Pepe que servía todavía para pasear.
Era una gran suerte que por mi pequeño tamaño yo podía caber en una simple caja de zapatos, aunque debido a mi prematuro nacimiento se debía cubrir mi lugar con algodones para no afectar mi delicada y azulada piel. Soy el único en la familia que puedo decir que tenía sangre azul, o por lo menos la piel.
Tan débil y desamparado por las circunstancias, cuantas veces hubo problemas para disponer del alimento que la naturaleza y el llanto de niño exigen, hicieron un pequeño ser resignado, paciente y sumiso. Las vecinas exclamaron ¡que niño tan tranquilo!, mi mamá dijo, es un ángel, mi tía Juana dijo, es un niño bueno, mi prima Cope dijo, es un tonto.
Fui un niño bueno de veras, no mataba siquiera una mosca. Mamá decía que tenía mi ángel de la guarda que no me dejaba de noche ni de día, yo sé que el estuvo muchos años conmigo y luego se fue simplemente porque yo lo olvidé, en verdad fui yo el que lo abandoné.
Siendo muy pequeño también nació Cecilia y luego Jorge. Realmente no sé como nacieron, pues no tengo recuerdo de tales acontecimientos, creo que ellos nacieron de una vez más grandes, pues no los recuerdo como bebés. Para mí ellos nacieron cuando le sacaron una fotografía sentados en la reja del vecino, con una risa llena de alegría y ternura de Cecilia, y Jorge más serio y nervioso sentado a su lado.
Cecilia y Jorge para mí siempre han sido como mis hijos Priscila y Andrés. Tal vez es una manera de proyectar mi cariño, pues ocurre a menudo que confundo en el recuerdo la niñez de unos con otros.
Es confuso, además, porque creo que quedé atrapado en una injusticia del destino, pues estaba alejado de mi hermano mayor, Pepe, quien tiene 3 años mayor que yo y después Cecilia y Jorge que tienen 3 y 4 años respectivamente menos que yo.
De esta manera no capté la atención privilegiada que se le da al primer hijo, ni la sobre protección que recibe el menor, estaba allí entremedio, absorto en mi mundo, con mis fantasías en donde sí yo era centro de todo acontecer.
Estas circunstancias hicieron de mí un niño muy tranquilo. Cuantas veces mamá se ufanaba que su hijo era tan tranquilo que no se movía para nada, cualquiera fuera el lugar donde me dejara, entonces yo no me movía para nada, prefería cerrar los ojos para no parpadear. Muy orgullosa estaba mi madre de un hijo tranquilo, fíjese, le decía mamá a su vecina, lo dejo aquí y no se moverá para nada… y yo me quedaba allí quietecito.
Crecí sin molestar a nadie. No fui como el caso de mi hijo Andrés, quien cuando pequeño iba al baño y después llamaba a gritos y con desespero a su mamá para que le limpiara el trasero, mientras el ponía una cara de repugnancia, porque la caca olía mal. El fue siempre delicado y las cosas sucias debían hacerla otros.
En cambio yo no recuerdo haber molestado, simplemente yo usaba para limpiarme el trasero una bata roja de papá que siempre se colgaba detrás de la puerta del baño, era una bata larga de tela de felpa. Recuerdo que de tanto usarla se iba volviendo tiesa, pero en la medida que fui creciendo comencé a alcanzar zonas más altas y felpudas de la bata de papá, y el color sólo fue cambiando de tonalidad.
Siendo pequeño mamá me enseñó las primeras poesías. Cuando sus vecinas llegaban, mamá me llamaba para pedirme que le recitara la poesía que había aprendido. Entonces gesticulando con las manos les decía: Era un pollito, así chiquitito, que pica e 'pica ¡rompió el huevito...! Que lindo, comentaban las vecinas.
Fueron millones de veces que recité aquello a instancias de mamá. Me parecía que era una cosa graciosa y muy importante que yo podía hacer; así cuando más grande quise compartir esto con Inés, pero ella me contestó: ¡Alito, a mi me gusta otro huevito!
No había cumplido los 6 años cuando me enviaron al kindergarte, a la Escuela de tía Luisa. Mamá me ponía el mejor pantalón tipo mameluco, me enviaba a la escuela bien peinado, con gomina de la fruta de membrillo y los zapatos marca Bata bien lustrados. La escuela estaba distante 4 cuadras desde mi casa, en la esquina Lautaro con Lincoyán, recomendándome muy enfáticamente que caminara derechito sin mirar a nadie.
Recuerdo a tía Alicia hablando con mamá, preguntando que le pasaba a Alito y comentaba, ahora en la calle no saluda a nadie y camina bien erguido mirando prácticamente al cielo. Verdaderamente la gente me confundía, mi mamá decía que debía caminar bien derechito, en cambio mi tía esperaba que mirara al lado para saludarla al pasar por su casa, yo no entendía sinceramente.
Tía Luisa tenía un inmenso ábaco, con unas bolas grandísimas, que servían para contar y otras extrañas operaciones que nunca allí entendí. Después del cuento del huevito, nunca quise contarle a Inés lo grande de las bolas del ábaco de tía Luisa, no quise exponerme a que me avergonzara otra vez.
En el patio tenía un inmenso palomar, había miles de palomas. Ya sabía en aquella época que las palomas servían para enviar mensajes, motivo por el cual me preguntaba a quién ella le enviaría mensajes. Mi tía tenía muchos años, más de cien, quizás ciento cincuenta, pensaba yo, entonces me imaginaba que ella tenía contactos con el más allá, lo cual explicaba su soltería y tantos baúles que debían estar llenos de misterios y fantasmas.
En tanto que mamá, creo yo, no creía en fantasmas, pues de tanto sacar moras del patio de tía Luisa, la ropa quedaba de fantasmagóricos colores violáceos, lo cual daba motivo para interminables regaños y una representación de la sufrida condición de madre que nuestra irresponsabilidad de niño hacía más dura todavía.
Todas las mamas son iguales. El otro día mis hijos hablaban y Andrés le contaba a Priscila que tuviese cuidado con mamá, porque el peor suplicio era cuando ella amenazaba con no hablar más. Verdaderamente es terrible, decía Andrés, pues un día mi papá, fastidiado de sus refunfuños, le dijo a mamá que ya no le prestaría atención, entonces ella contestó que no hablaría más, lo repitió diez o más veces, luego ella dijo que deseaba dejar muy en claro que no hablaría más, naturalmente que para evitar alguna confusión lo repitió casi cien veces.
Aquella vez Andrés y yo nos miramos, guardamos silencios y nos fuimos a ver televisión, allí Inés nos siguió para repetirnos que no nos olvidáramos que ella ya no volvería a hablarnos, lo repitió mil veces. Cuando nos fuimos a acostar para dormir ella quiso remarcarnos que su propósito de no hablarnos más era muy firme, así nosotros estuviésemos arrepentidos, lo repitió diez mil veces.
Dios mío, que alivio tan grande sentí cuando Inés nos perdonó y decidió hablarnos. Por favor Inés, queremos que siempre nos hables, cuanta razón Andrés tenía para recomendarle a Priscila que evitara que la castigaran dejándole de hablar.
Aunque debo recordar también que Priscila, con su habitual sentido común y fina inteligencia, comentaba que en aquellas tormentas verborreicas lo mejor era desconectarse, es muy fácil decía: Tú bajas el suitche mental y te abstraes del mundo externo... ¡Andrés, sólo apaga el suitche!
En realidad creo que Inés sufre más cuando se hace el propósito de no hablar, pues recuerdo el otro día que en el almuerzo comenzó a hablar de asuntos de la escuela, la escuché pacientemente y luego fui a la cocina a buscar la comida, ella siguió hablando sin parar, nos levantamos de la mesa para traer el postre y ella siguió hablando sin parar, con Andrés luego ordenamos la mesa y ella siguió hablando sin parar, nos fuimos a reposar a la habitación e Inés continuó sin parar....
A veces Inés me reclama que tiene la sensación de que no le presto suficiente atención y me provoca un sentimiento de culpabilidad que me induce a prometerle que la próxima vez la voy a escuchar con más atención, pienso que no debo mover el suitche.
Creo que todas las mamas fastidian con sus largos discursos, reclaman sobre el sufrimiento que uno les causa por la falta de obediencia, le atribuyen la enfermedad que se agrava por las travesuras de niño, también le señalan que su histeria es culpa de uno... ¡es un tormento! Mamá cuando se enojaba también hablaba como Inés, por eso muchas veces defiendo a mis niños en tales suplicios, no es justo.
¿Por que no respetaban mi mundo de niño? Querían que limpiara esto y lo otro, luego que fuera a comprar, hacer esta y otra cosa más, cuando mi placer era estar sólo con mis sueños despierto, haciendo fantasías donde era el héroe y lograba el éxito y la admiración de los demás.
Mamá le decía a papa: José, haz que los niños hagan algo útil en la casa. Entonces el fin de semana papá daba la orden de limpiar la sala comedor, él se paraba como cacique y daba las instrucciones para mover todos los muebles, viejos y pesados sillones, mesas y sillas, para después pasar con el pié la virutilla que raspaba todo el sucio del piso de madera, y finalmente arrodillado había que poner cera con un trapo negruzco lleno de mugre a lo largo de toda la sala.
Yo sé que mamá se desesperaba con el alboroto y nos dejaba solos con papá y nuestro tremendo desorden, además todo era gritos de unos y otros. Nos llegaban unos cuantos regaños y con la escoba nos daban algunos palos por el trasero, pero finalmente culminábamos la tarea, después de la guerra venía la paz, podía descansar y regresar mi mundo de fantasía.
Casi al cumplir los siete años ingresé a la Escuela Primaria, era la N° 3 de Coquimbo, en la cual estuve exactamente los seis años correspondientes al ciclo básico. Allí tuve, a lo largo de todos los años escolares, a la señorita Elba como profesora de aula, francamente a mí no me consta, pero ahora entiendo que tenía todas las características de señorita, solterona e histérica.
Las clases eran en la tarde, régimen por todos preferidos en mi casa, pues toda la familia nunca se levantaba muy temprano, así teníamos más libertad para acostarnos bien avanzada la noche, excepto mi papá quien siempre fue verdaderamente un madrugador.
El primer año tuve el suplicio de aprender los sonidos del abecedario, no solamente el símbolo de las letras, sino el sonido aislado de cada una de ellas. Digo un suplicio, porque realmente las consonantes tienen sentido cuando las acompaña alguna vocal, pero a nosotros la señorita Elba no obligaban a pronunciar por ejemplo el sonido de la "x", la "t" o la "p".
Pero con la señorita Elba todo se aprendía, caso contrario a uno lo levantaba jalándole el pelo desde las patillas, o bien con un golpe de los nudillos de los dedos sobre la cabeza. Así me ocurrió cuando bajando por las escaleras del salón de actos me puse a escupir en el pasamano y resulta que más atrás venía ella precisamente resbalando su mano por el mismo.
Siempre fui niño bueno, pero allí fue a la señorita Elba la primera persona que aprendí a odiar. Como no hacerlo si me acusaba injustamente de desordenes de mis compañeros y me gritaba que era un mosquita muerta. Como no odiarla si al Figueroa lo favorecía con el primer lugar de la clase solamente porque su mamá siempre regalaba los premios para las rifas del curso.
Sacaba buenas notas, era el tercero o cuarto de la clase, pero nadie me dijo que aquello era importante. No me sentía destacado, solamente importante me hizo sentir una amiga de papá.
Una vez, acompañando a papá a Banco, casi al final de la calle Aldunate de Coquimbo, recuerdo que se encontró en una oficina con una amiga, o quizás una simple conocida, quien me llamó muy amistosamente y me regaló pasas que recibí con mucho encanto. Me acarició y luego tomó mis manos, miró las líneas de la palma de mi mano con mucha atención y luego dijo que yo sería una persona muy inteligente.
Así aprendí dos cosas importantes. Una para toda mi vida, soy una persona inteligente, aquello me marcó para siempre y me permitió sobreponerme a la presión de la señorita Elba. Otra cosa que aprendí, ahora cuando viejo, es que examinar las líneas del destino es una buena excusa para tomarles las manos a las muchachas.
En general, no fue una grata experiencia la escuela primaria, la señorita Elba se encargó de dañarla. También mi destino fue desafortunado, pues recuerdo la preparación del acto cultural para celebrar el día de las Américas, un grupo seleccionado preparábamos el acto de representación de la unidad de los países americanos, en determinado momento del acto entrábamos en escena un grupo de muchachos con las banderas de cada país.
Era muy hermoso el acto con todas las banderas ondeando en el escenario, la mía era la de Cuba. Sin embargo, antes de la presentación del acto, debido a una resolución de la Asamblea de la Organización de Países Americanos, OEA, se expulsó a Cuba de la misma por la pretensión de exportar su revolución castro-comunista a Venezuela. También yo fui retirado del acto de las banderas, fui expulsado.
Creo que de allí nació mi simpatía al socialismo, allí sentí la rabia hacia las injusticias. También había ensayado como los demás y después no pude salir al escenario para que mamá orgullosa me viera como actor, no era justo.
Volviendo a la señorita Elba, me viene a la mente el recuerdo del último año en la escuela primaria. En su función de orientadora quiso enterarse de cuales eran las aspiraciones de los alumnos, preguntó que deseábamos ser cuando grandes. Varios contestaron que querían ser ingenieros, médicos, abogados, pero a Muñoz se le ocurrió contestar que el quería ser futbolista. ¡Futbolista!, exclamó la señorita Elba con burla y agregó, sólo los brutos no desean seguir estudiando. Sentí inmensa pena por el pobre Muñoz.
La señorita Elba luego se dirigió a mí y aunque se me hizo un nudo en la garganta, pude contestar que yo quería ir a la Escuela de Minas de La Serena, donde estudiaba mi hermano mayor. Nunca olvido su mirada despectiva, en su expresión diciéndome mosquita muerta: tú deberías ir a la Escuela Agrícola, la Escuela de Minas es para los inteligentes, ella expresó.
Tuve lágrimas contenidas, mi respiración se volvió irregular, vieja de mierda como la odié, acaso no sabía que las líneas de mi mano decían que yo era muy inteligente, además también era un niño bueno, mi tía Juana siempre lo decía, y ella sí sabía mucho de ésas cosas.
Por supuesto que tía Juana sabía distinguir lo bueno de lo malo, pues ella estaba todo el día rezando en la iglesia, además, siempre vestía de marrón, porque tenía ese compromiso con la Virgen María. Yo suponía que ella estaba más cerca de Dios que nosotros, pues ella tenía un rosario grande con muchas bolitas y conocía la técnica para comunicarse con el Señor.
Sentía que éramos muy afortunados de tener una tía como ella, pues cada vez que ocurría algo malo, nosotros podíamos contar con tía Juana y entonces todo se hacía soportable.
Tal es el caso de los temblores y terremotos que en Coquimbo son tan frecuentes, en general en todo Chile lo son. En mi casa todo se movía, se caían las cosas de las paredes y repisas, pero cuando llegaba tía Juana la acompañábamos a rezar, ella le suplicaba a Dios compasión, quien estoy seguro que la escuchaba con atención, entonces todo se calmaba.
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miércoles, 12 de enero de 2011
Cap 10.- Andrés y sus circunstancias
El año 1992 amaneció con buenos augurios, pues el 16 de enero de 1992 se firmaron los Acuerdos de Paz de Chapultepec entre el Gobierno de El Salvador y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en el Castillo de Chapultepec, México, que pusieron fin a doce años de guerra civil en el país. El cumplimiento de los acuerdos quedó bajo la tutela de una misión especial de Naciones Unidas. Sin embargo, muy poco tiempo después, el día martes 4 de febrero, Venezuela se vio dramáticamente convulsionada con el de golpe militar, liderado por los teniente coroneles Hugo Chávez Frías en Caracas, Francisco Arias Cárdenas en el Zulia, Yoel Acosta Chirinos y Jesús Urdaneta Hernández. Este grupo formaba parte de una organización conocida como Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), con una ideología política nacionalista y revolucionaria, que alegaba estar basada en el pensamiento de Simón Bolívar.
La movilización militar se inició cuando el presidente Pérez regresaba del Foro Económico Mundial de Davos. El asalto al palacio presidencial se inició a las 12 de la noche del aciago 4 de febrero, al mismo tiempo asaltaron la residencia presidencial, La Casona, y hubo acciones militares en otras importantes ciudades del país. Pérez se refugió en el Palacio de Miraflores y luego escapó milagrosamente hacia la estación de televisión Venevisión, desde donde se dirigió al país en dos ocasiones para informar sobre la situación.
Cuando se estaban movilizando las tropas, esa misma noche Inés viajaba en autobús con Priscila, de Puerto La Cruz a Caracas, para hacer los trámites de inscripción de postulación para la Universidad Metropolitana. Llegaron al terminal de buses al amanecer y nadie quería llevarlas en taxi al centro de la ciudad, a las Torres del Parque Central, donde estaban las oficinas de la Universidad, pues nadie sabía realmente que estaba ocurriendo. Finalmente llegaron al Parque donde no había ninguna oficina ni comercio que atendiera, la gente corría para alejarse del centro de la ciudad mientras se escuchaba el tronar de los aviones militares F-16 en vuelo raso por la ciudad. Entonces se fueron corriendo hacia La Candelaria, al apartamento de los padres de Mary Camejo, para resguardarse mientras se desarrollaban los confusos acontecimientos.
Se habían sublevados comandos militares en Maracaibo, Caracas, Valencia y Maracay. En Maracaibo Arias Cárdenas se había apoderado de la sede del gobierno regional y tenía prisionero al Gobernador del Zulia, Oswaldo Álvarez Paz. En Caracas, Chávez había establecido su centro de operaciones en la sede del Museo Histórico Militar, en La Planicie, mientras sus fuerzas militares tomaban a fuego de fusiles la estación estatal Venezolana de Televisión, otro grupo atacaba a La Casona, mientras otros intentaban tomar el Palacio de Miraflores.
El gobierno logró tomar el control de la situación y a mediodía Chávez decidió rendirse y fue presentado ante las cámaras de televisión, donde dijo entre otras cosas: “lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados…". Fue el inicio de su carrera política en el país, que en ese momento seguramente no podía imaginar. De acuerdo a cifras oficiales del Ministerio de la Defensa, hubo 14 muertos y 53 heridos. No obstante, estimaciones extraoficiales ubican dicho saldo en 50 muertos y más de 100 heridos, entre civiles y militares.
Al día siguiente dejé a Andrés en casa de los Camejos y viajé muy preocupado en mi carro a Caracas para traer de inmediato a Inés y Priscila, ya que no se sabía lo que podía pasar debido a un ambiente de extrema inestabilidad que había en el país. El mismo día regresamos por carretera hasta Puerto La Cruz.
Esos acontecimientos deben haber provocado mucha ansiedad en Andrés, ya que no estaba acostumbrado a quedarse solo y todo el mundo comentaba esta situación, algunos a favor y otros en contra del golpe militar fallido. Pero todos coincidían en que era necesario que el país se enrumbara hacia un estado de verdadera justicia y bienestar.
Esta incertidumbre en Andrés seguramente estaba agravada por el hecho de que Priscila estaba planificando su ingreso a la Universidad en Caracas, lo que significaba que se distanciaría de él. Supongo que no era nada sencillo que asimilara esta idea, puesto que era muy unido a ella, siempre estuvieron juntos y Priscila representaba un apoyo con el que siempre podía contar.
Priscila siempre ha sido su hermana protectora que lo ha mimado, lo ha consentido en todo, fue en la niñez y la adolescencia su compañera de juegos y aventuras. El cariño posesivo de Andrés lo reflejaba en su expresión: “mi Prisci”.
Efectivamente Priscila se graduó de bachillerato en Julio de 1992 y aseguró su ingreso a la carrera de Ingeniería de Sistemas en la Universidad Metropolitana para el semestre siguiente. Estuvimos todos juntos en el acto de graduación de Priscila, en el Hotel Melía de Puerto La Cruz, y después en la fiesta bailable que se realizó en el Club Sirio, en la zona de Los Canales.No fue una decisión sencilla autorizar a Priscila para que hiciera sus estudios universitarios en Caracas, nos invadían muchos temores sobre su seguridad personal y veíamos que era todavía muy joven, 16 años recién cumplidos, para que manejara su libertad con la conciencia de los riesgos de la gran ciudad.
Sin embargo, confiábamos en su madurez y buen juicio, además, se trataba de que ella construyera su futuro y aprovechara las oportunidades que había logrado con su propia capacidad. No podíamos resguardarla en una jaula de cristal inhibiendo su progreso personal.
De tal manera que buscamos la opción que le diera la mayor seguridad y la menor intranquilidad para nosotros. Entonces la dejamos en un apartamento en la zona de Macaracuay con otras dos compañeras de bachillerato, la mamá de una de ellas era la propietaria del inmueble y pasaba la mayor parte del tiempo acompañándolas.
Andrés sufrió mucho la separación de Priscila, bajó las notas del colegio, y aunque amplio sus espacios en el hogar, el vacío interior le producía el dolor del desgarramiento del alma, el sentimiento de soledad invadía sus sentimientos, sólo aligerados por los diarios contactos telefónicos con su hermana.
Sin embargo, viajábamos todos los fines de semana para acompañarla y atender sus necesidades. Los encuentros de Priscila y Andrés eran llenos de una emoción que desbordaba el cariño de hermanos, pero las despedidas eran abrazos de desconsuelo con lágrimas contenidas.
Nuestros viajes se fueron distanciando una vez que vimos la estabilidad de Priscila y su buen rendimiento en la Universidad, pero Andrés no dejaba de extrañarla. Un día, cuando apenas había cumplido los 12 años de edad, Andrés dijo que quería viajar en autobús para ver a Priscila.
Nos sorprendimos, ya que Andrés no era una persona que asumiera fácilmente los riesgos para afrontar experiencias desconocidas. Viajar en bus a Caracas era una aventura demasiado atrevida para su edad y nos imaginábamos que le podrían ocurrir demasiadas cosas malas, que le robaran, que se perdiera en la parada a mitad de camino, que el bus se accidentara, etc.Nos miramos turbados con Inés y respondimos con silencio, los peligros eran demasiados. Sin embargo, Andrés insistió:
- Quiero viajar a Caracas para ver a mi Priscila – dijo con resuelta firmeza.
Recordé tantas lecturas que había hecho sobre la libertad, “estamos condenados a ser libre” había escrito Jean Paul Sartre, “la vida es libertad” dijo alguna vez Ortega y Gasset. Me vinieron a la memoria mis lecturas del libro de Erich Fromm, “El miedo a la libertad”, que describe el temor de tomar decisiones libres.
Apenas parecía un capricho, se podía entender solamente como un pequeño antojo de Andrés, pero lo entendí con mucha claridad, era un inmenso salto en la madurez y el desarrollo de su propia individualidad. Él sentía que era capaz de tomar una decisión por sí mismo y enfrentar en su intimidad los peligros que involucraban tan arriesgada aventura.
Andrés había arrancado de cuajo la sobreprotección de Inés, tenía la suficiente fortaleza para buscar lo que ansiaba en lo más íntimo de su ser. No había perdido sus temores, ni tenía la audacia de la inconsciencia, sino que tenía la seguridad de controlar sus miedos y estaba dispuesto a caminar por senderos que el mismo elegía. Libertad es decidir, es elegir. Andrés se habría paso a la libertad, sabía lo que quería y se disponía a lograr lo que eran sus deseos, encontrarse con su hermana. Ya no había que obligarlo a subirse sólo a un ascensor, ni había que obligarlo a tomar un bus local de la ciudad.
Se subió solo al autobús y se sentó al lado de la ventana. Con su carita asustada y sus grandes ojos nos miraba haciendo señas de despedida con su mano, mientras en Caracas lo esperaba Priscila.
- Inés, me siento muy orgulloso de Andrés - alcancé a decir mientras apretaba la mano de Inés que angustiada hacía señas de despedida a Andrés y las lágrimas se deslizaban por su rostro.
El bus partió con destino a Caracas.

viernes, 19 de noviembre de 2010
PRINCESA Y EL PADRE ANTUÁN
Me puse el Alba sobre la sotana, la enlacé con el cíngulo a la cintura y con paso solemne salí de la sacristía para dirigirme al altar. Sobre los hombros me puse la estola y me incliné con veneración para besar el altar, luego hice varios pases de incienso con el turíbulo en torno al altar para perfumar el carácter sagrado del lugar donde celebraríamos, una vez más, la renovación del sacrificio del Calvario.- In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti - dije en voz alta a los asistentes mientras hacía la señal de la cruz para iniciar la santa misa.
Prefiero iniciar la misa en latín, lenguaje sacro de la Santa Biblia, aunque el Espíritu Santo la dictó originalmente en hebreo, arameo y griego, pero el latín tiene carácter solemne desde que Constantino elevó el cristianismo a religión oficial del Imperio Romano y se impuso la versión Vulgata de las Escrituras. En todo caso, no ha estado mal que gracias al loco de Lutero la Biblia haya sido traducida a muchas lenguas vulgares accesible a los comunes mortales.
- Amén - contestaron los feligreses mientras se santiguaban.
Miré con disimulo a los presentes que estaban de pie para ver dónde estaba Princesa, pero no la vi. La tarde anterior, durante las jornadas juveniles cristianas, me había prometido que vendría a misa. Antuán, mañana quiero verte en la misa para rezar por nosotros, me dijo mientras tomaba mis manos y yo sentía que la sangre hervía en mi cuerpo y subía a mi cabeza nublando tono mi entendimiento.
- La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros - continué diciendo casi automáticamente a los asistentes a la misa.
- Y con tu espíritu - contestaron los presentes, pero apenas escuché, mi mente se escapaba a otros rincones de ensueño.
Estaba ansioso por ver a Princesa, mi mundo estaba lleno de sueños y fantasías, pero también me embargaban las dudas sobre mi futuro y me ahogaba la incertidumbre. ¿Acaso la carne estaba socavando la fortaleza de mi compromiso con la Iglesia? ¿Era el Diablo quién me estaba tentando con placeres mundanos?
Entonces de repente la vi, allí estaba sentada en una de las últimas filas de la iglesia, vestía un pantalón azul y una blusa ajustada de color celeste de cielo, su pelo suelto castaño oscuro caía libre sobre sus hombros. Me miraba fijamente y sentí que mi corazón daba un vuelco, un rubor invadió mi rostro, un sentimiento de pecado irrumpió en mi interior y un temblor se apoderó de mi voz mientras continuaba la misa:
- Queridos hermanos: Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados. Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.
- Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa - contestaron los feligreses.
Es verdad, ahora como nunca me doy cuenta lo pecador que me estoy volviendo. Dios mío, invoco tu misericordia para que perdones mis pecados, me absuelvas de mis ansias de lujuria contenida, no porque me guste el lujo, que en todo caso no está demás, sino por mis impulsos libidinosos que corroen el alma mía que era tan pura como el agua cristalina. Por eso me dirijo a la Santísima Trinidad, a ti Padre, a ti Hijo y al Espíritu Santo, como un grito desesperado que quiere aferrarse a ti con la angustia de mi vida que pide compasión.
- ¡Señor, ten piedad! - dije suplicante.
- ¡Señor, ten piedad! - contestaban todos los presentes.
No veo que Princesa se lleve las manos al corazón, pues claro, ella no tiene pecados veniales y mucho menos pecados mortales, es tan inocente mi Princesa. Bueno, quizás no tanto, ella tiene muchas ambiciones y a veces la noto engreída cuando se ufana de la Universidad donde estudió y aprendió tantas cosas de una profesión técnica que, en mi opinión, no dan ningún alimento al alma. A veces simplemente me la imagino como una inconciente y bella mariposa que vuela cándida por un colorido jardín de la primavera.
- Oremos - invité a los feligreses - Señor nuestro, que prometiste venir y hacer tu morada en los corazones rectos y sinceros, concédenos la rectitud y sinceridad de vida que nos hagan dignos de esa presencia tuya. Por nuestro Señor Jesucristo...
- Amén - asintieron todos.
Hice una leve reverencia frente a la Sagrada Biblia y procedí a echar incienso con el turíbulo para esparcir el blanco humo que asciende como en suave danza al cielo junto con nuestras fervorosas oraciones. Claro, el humo es bueno también para fumigar tantos zancudos que salen en esta época del año.
Abrí la Biblia en una página que previamente había marcado en el libro del Apocalipsis para la Liturgia de la Palabra, pero con los nervios que tenía debido a la presencia de Princesa me equivoqué y frente a mi vista quedó expuesto el capítulo 5 del libro de San Mateo, entonces comencé a leer desde el versículo 27.
- Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti…
- Te alabamos Señor - contestó en coro la asamblea.
Me alarmé con mis propias palabras que retumbaron dentro de mi cabeza como ecos de la montaña. Es verdad, me dije, una manzana podrida puede podrir todas las demás del cesto, entonces la manzana podrida debe ser arrojada lejos como dice el Señor.
¿Arrojar a Princesa? No, no, no puede ser eso, sino debo arrojar mis malos pensamientos. ¿O quizás debo arrancar mi corazón y arrojarlo lejos de mí? Pero mis pensamientos lascivos están en mi mente ¿Entonces acaso debo cortar mi cabeza y arrojarla lejos de mí para salvar mi cuerpo de las llamas del infierno? Menos mal que no he tenido relaciones sexuales, porque entonces no sé qué me debería cortar. Díos mío. ¿Qué debo hacer?
- Munda cor meum, ac labia mea, omnipotens Deus, ut sanctum Evangelium tuum digne valeam nuntiare. Per Christum Dominum nostrum. Amen - murmuré casi en silencio, luego continué en voz alta - El Señor esté con vosotros.
- Y con tu espíritu - respondieron los fieles.
Bueno, a pesar de mis pecados creo que no debo ser tan malo, ya que he intentado ser manso y humilde a lo largo de mi vida, me ha tocado llorar muchas veces, he sufrido hambre y sed de justicia, también de pan y agua, entonces quizás sea bienaventurado con la gracia del Señor. Mis pecados los habré expiados con mis sufrimientos, ahora mismo mi alma sufre en la soledad la angustia de no encontrar un sendero iluminado para recorrer intensamente los prados de la vida.
- Per evangelica dicta deleantur nostra delicta - dije en voz baja mientras besaba la Sagrada Biblia y la cerraba cuidadosamente.
Me resigna pensar que estoy ayudando al mundo en la lucha entre el Bien y el Mal, participo como soldado en la guerra entre Dios y Satanás. Parece que mientras más sufro más digno me haré del paraíso celestial, más se purificará mi alma y más lejos quedará toda tentación del mal, entonces me provoca torturarme, sacarme por ejemplo toda la piel tal como se despelleja un pescado, o clavarme alfileres en la partes íntimas, o apretarme la nariz para no respirar…¡Vaya, enorme purificación que alcanzaría!
Bueno, quizás exagero un poco, pues nuestro Señor Jesucristo también dijo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, no en el sentido de hacer sufrir a los demás como quisiéramos sufrir consigo mismo, sino por el contrario, amarse a sí mismo en el sentido de quererse, valorarse, respetarse, aceptarse, cuidarse a sí mismo, lo cual es la base para amar incondicionalmente a los demás, no por miedo al infierno, ni como un sacrificio a cambio de algo, pues el amor no es un negocio. Amar sencillamente es compartir, es vivir.
Entonces, ¿no habría nada malo en que yo ame a Princesa? ¡Ay!, tan sólo pensarlo y me recorre un escalofrío por todo el cuerpo y la piel se me pone como carne de gallina. Ahora que reflexiono de esta manera me siento mejor. ¿Cómo se podría amar sin tener aprecio de sí mismo?, sería como dar algo propio que no valorásemos, sería como intentar compartir la propia existencia sin atribuirle algún valor a ella. Por supuesto, así no se puede compartir, pues es como intentar ofrecer algo desechable. Entonces hay que amarse a sí mismo.
Pero, en fin, llegó el momento del Ofertorio para presentarle a Dios los dones del pan y del vino que se convertirán en el cuerpo y la sangre del Señor mediante el milagro de la transubstanciación.
Sí, sabemos que nuestro Señor Jesucristo así lo pidió: “tomó en sus manos el pan y el cáliz, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad, comed, bebed; esto es mi cuerpo; éste es el cáliz de mi sangre. Haced esto en conmemoración mía”. Claro, si bien el vino de la misa sabe a vino y el pan sabe a pan, su sustancia es el cuerpo y sangre de Jesús por acto de fe, entonces esta suerte de sagrada antropofagia en la misa es el alimento de vida eterna.
Entonces, quizás, los actos de canibalismo como el de los uruguayos que durante un vuelo en avión cayeron en la cordillera de los Andes y se comieron a sus amigos y familiares, o el de los chinos que se comían a sus muertos para sobrevivir durante el Gran Salto Adelante de Mao, se deben considerar como cena de alimentos humanos de vida eterna si es que lo hicieron con fe. Realmente no sé.
Me complace pensar que antes los antiguos cristianos traían alimentos y vino de su propiedad para compartirlos, como en un gran banquete, durante la celebración de la misa. Aunque ahora es bastante práctico pedirles a los fieles que preferiblemente aporten dinero y otras donaciones de valor, mientras más mejor, ya que es para los pobrecitos de la iglesia donde, por supuesto, estoy yo. En este sentido, es necesario que la Iglesia se modernice y, a tal efecto, he propuesto que se pongan puntos de venta inalámbricos para permitir las donaciones con el uso de las tarjetas de débito y de crédito de los feligreses.
¡Ay! Dios mío, me estoy dispersando con mis pensamientos, es mejor que me persigne y haga unos pases de incienso para espantar tantos fantasmas y divagaciones que me desconcentran.
- Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros pan de vida - dije mientras presentaba el pan sagrado, las hostias, y el vino para la plegaria eucarística.
- Bendito seas, por siempre, Señor - respondieron los feligreses.
Entonces tomé el cáliz y puse vino, aquél sabroso vino que la congregación recibe de España y que el padre José se toma todas las noches a hurtadillas. Luego añadí una gotitas de agua tal como lo hizo Cristo durante la última cena. Por supuesto, a nadie se le ocurriría a la inversa, poner agua en el cáliz con una gotitas de vino, sería un sacrilegio… con lo bueno que está el vino.
- De nobis per hujus aquae et vini mysterium, ejus divinitatis esse consortes, qui humanitatis nostrae fieri dignatus est particeps, Jesus Christus, Filius tuus, Dominus Noster. Amen - dije calladamente, luego continúe en voz alta y levantando el cáliz.
- Bendito seas, por siempre, Señor - replicaron los asistentes.
- In spiritu humilitatis, et in animo contrito suscipiamur a te, Domine: et sic fiat sacrificium nostrum in conspectu tuo hodie, ut placeat tibi, Domine Deus. Que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro - dije en voz baja y luego continúe - Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado.
Me lavé cuidadosamente los dedos de las manos como expresión del deseo de purificación interior, aunque sinceramente creo que me debería haber dado un baño completo de tina y con jabón azul, pero el rito no lo permite así. Por supuesto que sí, pero quién está libre de pecado, si el mismo Jesús se besaba con la tal María Magdalena quien, a su vez, lo financiaba económicamente en su misión redentora.
¿Era amor erótico? A veces pienso que sí, porque no era interés financiero, sin duda que Cristo no era un chulo, y es parte de la naturaleza disfrutar el placer de una caricia, así como yo quiero sentir el aliento de Princesa y recorrer su cálida piel del mismo modo como el céfiro del mar acaricia el arenal del litoral. Y allí estaba ella, Princesa de rodillas cruzaba sus miradas conmigo y me sonreía disimuladamente en pícara complicidad.
¡Caramba!, otra vez divagando. Respiré profundo, rápidamente me ubiqué en el centro del altar y me dirigí a la asamblea:
- Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso. El Señor esté con vosotros.
- Y con tu espíritu - respondieron todos.
- Unidos a todos los ángeles, te glorificamos unánimemente, y te alabamos con nuestras voces seguí con la ceremonia de las ofrendas
- Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Bendito el que viene en nombre del Señor - replicaron todos.
No deja de sobrecogerme, y es muy fuerte para mí, que pidamos que el sacrificio de la crucifixión de Jesús sea agradable a Dios, como si fuese un feroz sediento de bestial sadismo, como aquellos dioses que requerían de sacrificios humanos para tranquilizar su furia y saciar sus ansias de sangre. Ya fue bastante cruenta la inmolación redentora de Jesucristo que nos libró de todo pecado, de modo que sería suficiente el carácter memorial de este acto, sin agregarle el sentido propiciatorio del sacrificio que lo vuelve continuo, se repite en las misas una y otra vez, con su cuerpo presente. ¿Acaso Jesús no obtuvo ya el perdón completo para nosotros por medio de su sacrificio? ¿O sólo fue un pedacito de perdón, de modo que es necesario crucificarlo, una y otra vez, junto con cada uno de los presentes? ¡Virgen María, que confusión la mía!
Apreté fuerte los dientes y cerré los ojos mientras me decía: Antuán, no pierdas la fe, el Señor está presente. Entonces procedí a consagrar el pan:
- Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros.
Luego consagré el vino:
- Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía.
Sentí que un escalofrío recorría mi cuerpo y que el Espíritu Santo me daba un par de bofetadas para que me mantuviese atento y que no fuese a divagar otra vez, las mejillas se me enrojecieron hasta el ardor. Entonces, en virtud de la consagración se convirtió el pan en el cuerpo y el vino en la sangre de nuestro señor Jesucristo.
Mi rostro estaba sudoroso y mis manos temblorosas. Mostré emocionado a los fieles la Hostia consagrada y el Cáliz, cuerpo y sangre de Jesús, y expresé mi adoración con un signo de reverencia.
- Éste es el sacramento de nuestra fe - dije con la voz entrecortada.
- Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús! - respondieron todos puestos de pie.
- Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación, y te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia. Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
- Amén - aclamaron los presentes.
Yo ya no soy yo, ahora soy Jesucristo en la última cena del Señor que, invadido de infinita humildad, ofrece su cuerpo y su sangre para la renovación del sacrificio del Calvario, con la presencia de la virgen María, con los Apóstoles y las Santas mujeres, para sentir una anticipación de la gloria que recibiremos en el cielo.
Santas mujeres, sí, mujeres que siguieron a Cristo como María Magdalena, Junías, Priscila, Aquila y tantas más que, quizás, sin la visión misógina de la iglesia histórica, deberían también ser consideradas apóstoles femeninas. Ellas tienen más méritos que el loco de Pablo que ni siquiera perteneció al grupo de los doce de Jesús.
Es una lástima que Tomás de Aquino haya escrito: "La mujer es al hombre lo que lo imperfecto y defectuoso es a lo perfecto. La mujer es físicamente inferior, y también mentalmente. No es sino un error de la naturaleza, una suerte de hombre mutilado". ¡Recórcholis!, ¡Qué teología!
El gordo Tomás creía que la concepción humana recaía en la "virtud activa" exclusivamente masculina y que la mujer no era sino un receptáculo en donde un pequeño ser humano era depositado por el varón para que se desarrollara. Entonces "el poder activo de la semilla masculina" tendía a reproducir a su igual, es decir, a otro magnífico varón, de manera tal que si el resultado era una "niña" se consideraba que la famosa "virtud" había fallado. Así resulta que las mujeres serían el resultado de un "poder activo" defectuoso. Dramática y conmovedora ignorancia que el Espíritu Santo demoró un largo tiempo en aclarar.
La mujer no creo que sea inferior, ni signo de falta de pureza. No es la razón de mi celibato y juramento de castidad, aunque pensar en este asunto me pone muy nervioso, pues sólo pensar en la Magda cuando ungió con perfumes los pies de Jesús y los enjuagó con sus cabellos, con esas amplias vestimentas de la antigüedad que dejaban asomar parte de los senos, se me ponen todos los vellos de punta, y otras cosas más.
De repente sentí como que me jalaban las orejas, otra vez el Espíritu Santo me remecía para despertarme, entonces regresé de mis pensamientos y vi que todos los asistentes de la misa esperaban que continuara con la ceremonia. Rápidamente me persigné cinco veces y de modo reverencial tomé la patena, con la hostia consagrada, y el cáliz, y sosteniéndolos elevados, dije:
- Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
- Amén - aclamaron los presentes.
- Padre nuestro que estás en el cielo santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal - oramos todos juntos.
- Señor Jesucristo, concédenos la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Per omnia saecula saeculorum.
- Amén - dijeron todos.
Padre nuestro, hágase tu voluntad… ¿Y mi papá qué piensa de mí? Por supuesto que está muy orgulloso de mi ordenación como sacerdote de la iglesia católica apostólica romana, ya que me confiere el poder de renovar el sacrificio de la Cruz, celebrar los sacramentos y perdonar los pecados. Poderes grandiosos ¿verdad?
De esta manera mi papá se siente más cerca del Cielo, debido a que le puedo perdonar sus pecadillos y dejarle al alma más limpia y blanca que con cloro de lavandería. Por este motivo, cuando le insinué la posibilidad de renunciar al sacerdocio, porque el celibato, le dije, era una carga muy pesada para mí, rechazó irritado mi idea y me dijo que no era correcto que faltara a mi compromiso con la virgen María y que, además, le daría un disgusto muy grande a mi mamá.
Una vez me habló el Superior de la Congregación y me aconsejó, de hombre a hombre, que buscara algunas muchachas medias tontas con quien aliviar mis tensiones, pero con mucha discreción. Después, dijo, todo se resuelve con el sacramento de la penitencia y listo. Incluso se ofreció acompañarme una noche a la casa de unas niñas alegres de la ciudad.
Ciertamente me sentí muy confundido, mucho más cuando recordé a varios compañeros de sacerdocio que tenían discretamente sus queridas, quienes más bien veían la relación como una gracia divina, bueno, supongo que lo pasaban divino. ¡Vaya gracia divina! Estoy seguro que Princesa jamás aceptaría una situación de este tipo y yo tampoco aceptaría una vida de hipocresía en la iglesia.
Jamás podría aceptar a alguien como el padre Gaspar de Villarias, sacerdote de la Compañía de Jesús, cuya historia fue registrada en los Libros de la Inquisición. Fue enjuiciado por el Tribunal del Santo Oficio en la Ciudad de México en 1625, donde más de 90 mujeres declararon haberse involucrado sexualmente con él o haber sido objeto de proposiciones indecorosas, luego de visitar la parroquia donde las confesaba y absolvía. ¡Caramba!, absoluciones para criollas y mulatas, para nobles españolas y esclavas negras, década tras década. Y nadie hablaba.
¡Por Dios! Quiero que la paz invada mi espíritu, que la armonía ilumine a todo el mundo y la concordia sea el lazo que una a la humanidad en un vínculo infinito. Los miré a todos y dije con voz fuerte para que retumbara en toda la iglesia:
- La paz del Señor esté siempre con vosotros - luego extendí los brazos y enseguida junté las manos ceremoniosamente.
- Y con tu espíritu - respondieron todos.
Después de comulgar con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, dije a media voz:
- Qui séquitur me, non ámbulat in ténebris, sed habébit lumen vitae, dicit Dóminus.
Entonces procedí a comulgar a aquellos que se me acercaron y le entregué el pan consagrado a cada uno de ellos:
- Corpus Domini nostri Jesu Christi - y le ofrezco la hostia a cada uno.
- Amén.
De repente noté que Princesa también esperaba para comulgar, se arrodilló frente a mí y con la cabeza levemente inclinada a la derecha puso los ojos en blanco y entrecerró los párpados, sacó su lengua para recibir la hostia. Muy nervioso le entregué la hostia y sentí sus labios en mis dedos mientras el rubor subía por mis mejillas.
- Corpus Domini nostri Jesu Christi - repetí tembloroso.
- Amén.
Una vez que todos hubieron comulgados procedí a limpiar la patena y el Cádiz, y en silencio me dirigí al Señor. Después de un lapso en silencio me dirigí a la asamblea desde el altar.
- Oremos.
Por supuesto que este banquete resulta algo frugal, aunque el vino no estuvo nada de mal, sin embargo, me llena el espíritu y me da fuerzas para abordar los desafíos de la vida y enfrentar mi soledad que encierra las angustias de mi espíritu atormentado. Sí, se apacigua el peso de la cruz, pero también quisiera salir de mi propia reclusión y correr de la mano con la mujer de mis sueños por los senderos del amor, juntos mirar al horizonte y a la vida sonreír.
¿Quién me lo impide? Señor, dame una señal sobre cuál debe ser mi proceder, ¿Jesús, dame un respuesta tú que tuviste la cercanía de Magda? ¿Acaso no tengo derecho a la felicidad junto a una mujer? ¿O la felicidad es algo pecaminoso, o la mujer lo es? ¿Quién me dará la respuesta? ¿Yo mismo? Pues, no sé.
Estuve unos minutos en silencio mientras todos oraban, luego continué:
- Señor, que este sagrado banquete nos dé fuerza para que, siguiendo el ejemplo de los santos, llevemos en el corazón y manifestemos en la práctica el amor a los demás y la luz de tu verdad. Por Jesucristo nuestro Señor.
- Amén.
Me recordé de Ándriu, el hermano de Princesa, y sentí celos de él, pues no tenía las cadenas que a mí me aprisionan en una suerte de condena a ser diferente a los demás y, también, porque siempre tendrá el cariño fraterno de Princesa. ¡Dios santo!, qué odiosas las comparaciones, en realidad no es rivalidad, sino sólo expresión de mis propias frustraciones. Realmente a Ándriu le deseo lo mejor, por eso siempre le llevo una caja de pollos McDonald con papas fritas, que él disfruta enloquecidamente cada vez que visito a Princesa.
Extendí mis manos hacia la asamblea, los miré a todos atentamente, y dije con tono solemne:
- La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espítiru Santo, descienda sobre vosotros - dije mientras todos se santiguaban.
- Amén.
Junté las manos, incliné con humildad la cabeza y me despedí:
- Podéis ir en paz.
- Demos gracias a Dios.
Besé con veneración el altar, casi como una despedida. Me parecía que era la última vez que lo hacía, mi corazón estaba oprimido y contenía las lágrimas de mis ojos, tantos años en el convento y ahora sentía que allí no estaba mi vida. Me retiré lentamente a la sacristía a esperar a Princesa, sabía que ella vendría por mí.
Ella llegó en silencio, nos abrazamos fuertemente entre suspiros y el llanto cubrió nuestros rostros, no por la vergüenza de nuestro amor, sino por el desafío que representan los códigos sociales que nos aprisionaban. Mi alma parecía que iba a estallar por las fuerzas que luchaban en mi interior. ¿Qué camino seguir? ¿Y si me equivoco?
- Princesa, te amo y no puedo vivir sin ti.
- Antuán, no debemos apresurarnos, yo sé lo que quiero, pero tú debes aclara tus pensamientos. Vete unos meses al monasterio del desierto y pongamos a prueba nuestro amor, después decidimos qué vamos a hacer. Vete tranquilo y confía que decidirás lo mejor. Te amo.
.
FIN
.
Este cuento es el resultado simplemente de una imaginación desenfrenada que libremente ha recorrido caminos de fantasías, muy lejos de la realidad, que alude a personajes y hechos inexistentes que sólo son invento de una desequilibrada alucinación.
Cualquier parecido a algún personaje de la vida real es pura y simple casualidad. Tampoco es alabanza, ni descrédito de nada y de nadie, solamente es el espejismo de una ficción.
Este cuento es el resultado simplemente de una imaginación desenfrenada que libremente ha recorrido caminos de fantasías, muy lejos de la realidad, que alude a personajes y hechos inexistentes que sólo son invento de una desequilibrada alucinación.
Cualquier parecido a algún personaje de la vida real es pura y simple casualidad. Tampoco es alabanza, ni descrédito de nada y de nadie, solamente es el espejismo de una ficción.
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