miércoles, 9 de junio de 2010

Orden del Comandante



Cuando llegué a Venezuela en el año 1975 podía comprar libremente divisas a 4,30 Bs./dólar y hacer con el dinero fruto de mi trabajo lo que me viniera en gana. En cambio, hoy sólo puedo solicitar ante el ente gubernamental Comisión de Administración de Divisas (CADIVI), a través de algún banco operador, un monto máximo de 3.000 dólares anuales a 4.300 Bs./dólar, o como se dice ahora: 4,30 Bolívares Fuertes, que de fuerte no tiene nada debido a la inflación de los últimos años que es una de las más altas del mundo.

Ese monto de 3.000 dólares sólo lo puedo lograr si lo justifico adecuada y anticipadamente con un viaje al exterior, con pasaje en mano, tarjeta de débito, no estar inhabilitado en el sistema de Cadivi y que en ese momento exista disponibilidad de dólares en el banco. Además, debo mantener los comprobantes de mis gastos en el exterior por si acaso al gobierno se le ocurre examinar la legitimidad de mis consumos, caso contrario me expongo a severas multas.

Si alguien deseaba adquirir más dólares debía recurrir al mercado permuta para comprarlos a un precio mucho mayor, especie de mercado legal entre blanco y negro, porque estaba permitida la negociación de papeles financieros en dólares, pero no era legal publicar la tasa de cambio. Algo así como que la mujer del vecino podía montarle cachos a su marido con todo el mundo, pero había prohibición de decirlo.

Ahora, a partir de hoy, se acaba de autorizar un tercer tipo de cambio de divisas mediante un sistema de bandas que administra el Banco Central, pero sólo “para cubrir necesidades y no para la especulación”. No está nada de claro cómo el gobierno evitará que opere la ley de la oferta y demanda para un mantener una tasa que evite una inflación más alta que la ya desbocada por la política económica del gobierno, tampoco se sabe cómo el BCV determinará si la solicitud es especulativa o no, y menos se sabe si los criterios que se apliquen serán permanentes en el tiempo.

La economía del país funciona con las importaciones, es la maldición del petróleo, que es prácticamente el único producto de exportación del país, pero importamos el 70% de lo que comemos, aparte de otros insumos de la industria. Entonces para que funcione la economía del país se necesita importar materia prima, equipos, maquinarias, repuestos, tecnología, alimentos, medicinas, etc., y estos conceptos son dólares, dólares, y más dólares…

Los dólares preferenciales a 2,60 y 4,30 Bs./dólar son otorgado por Cadivi para importar productos de acuerdo a un listado de prioridades, bajo supuestos controles muy estrictos, pero que sin embargo no han podido ocultar la podredumbre de la corrupción y el favoritismo en los órganos del Estado y que se ha expresado, entre otras cosas, en las crisis de los empresarios chavistas.

De hecho, la nueva banca de la boli-burguesía se enriqueció con recursos públicos y luego huyó del país cuando fueron sorprendidos en sus delitos, en tanto que a ningún funcionario público le pasó algo, a pesar de que la estafa fue de millones de dólares. Otro caso vergonzoso es el de las importaciones con dólares preferenciales de miles y miles de toneladas de alimentos que se pudren en containers de los puertos y el gobierno intenta minimizar el escándalo como si no hubiesen millonarias comisiones que entraban en juego.

Para el gobierno la culpa es de los ricos. Por supuesto que si el gobierno sigue con sus ataques a la empresa privada, un perverso acosamiento para desprestigiarlos, sigue con sus embestidas a la disidencia política y las limitaciones a la libertad de opinión, continuará el ambiente de inseguridad jurídica y pérdida del Estado de derecho. En consecuencia, seguiremos con ínfimas inversiones en la economía, salvo en la industria petrolera donde las transnacionales funcionan con una perspectiva de medio y largo plazo, y se apostan como caimanes en boca de caño para cuando la nave se hunda en estas borrascosas aguas.

De modo que industria que no produce es signo de fuga de capitales, porque los dueños querrán llevarse el dinero, emigración de los sectores más acomodados de la población también es señal de fuga de capitales, expropiación de empresas privadas es fuga de capitales, las ansias de ahorrar en dólares también lo es.

Entonces no hay reservas internacionales que soporten esta fuga originada por las verborreicas amenazas del Atila venezolano, de manera que el sistema de bandas del Banco Central para la venta de dólares no tiene definitivamente mucho futuro, a menos que la tasa de cambio exprese las verdaderas expectativas económicas del país, o este sistema sea simplemente una gotera que obligará a surgir un nuevo mercado negro, como el que ocurre en la frontera con Colombia donde todos los días se transan bolívares y pesos colombianos que luego de transforman en dólares.

Sin embargo, para el gobierno la economía funciona por las órdenes impartidas por el supremo, la economía la entienden como el manejo de un cuartel. Entonces la ley de la oferta y demanda sencillamente se ha modificado por decreto, porque en el socialismo de Chávez los precios deben bajar cuando baja la oferta, es orden del comandante.

Asimismo, cuando se duplican los puestos de trabajo de las empresas expropiadas los costos deben bajar, ya que es orden impartida para las empresas básicas del aluminio, la siderurgia, la hidroelectricidad, etc. El que no obedezca esta nueva ley es contrarrevolucionario… y cuidado si antipatriota.

También la ley de la gravedad será modificada por orden del supremo jefe, ahora las cosas caerán para arriba para que nadie tenga que hacer esfuerzos exagerados como aquellos a los cuales obliga el capitalismo salvaje que tanto daño ha hecho a la humanidad. Orden del Comandante.
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sábado, 22 de mayo de 2010

Cap 4: Juvenal


................................................................Puerto de Coquimbo (1920)


- ¿Dónde está Teresita? – le pregunté a mi hermana Juana Rosa, una vez que había entrado a casa, con el presentimiento de que algo extraño estaba ocurriendo

- Está llorando en su pieza… - respondió mi hermanita

- ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?

- Sucede… - comenzó a explicar – cuando tu saliste, mi tía Elisa le encontró el papel que tú le mandaste desde tu cama esta mañana.

- ¿Y…?

- Mi tía leyó lo que tú habías escrito en el papel y luego lo guardó – hablaba con expresión de disgusto y reproche - Teresita se abalanzó contra mi tía y le quitó el papel de sus manos…

- Sigue contándome – insté con ansias

- No tiene ningún derecho de quitarme mi papel… es mío, le reclamó Teresita a tía Elisa - continuó relatando Juanita - Pero ella la agarró de un brazo y se la llevó a su cuarto, aquí la golpeó y le quitó los zapatos para llevárselos al fondo del patio. Teresita la siguió, caminaba descalza y sus piecitos se lastimaron.

Juanita me hablaba agitada, muy molesta con mi tía Elisa, porque era evidente que ella estaba maltratando a su amiga, sin justificación alguna, con un excesivo celo maternal. Además, era un abuso de confianza en nuestro hogar, pues tía Elisa ya no vivía con nosotros, debido a que se había mudado a Coquimbo, donde trabaja como profesora en la Escuela Profesional de Coquimbo y está viviendo en casa de tía Mercedes.

- ¿Qué hizo mi abuelita? - pregunté

- Nada, ella no estaba, pero más tarde cuando regresó a casa se enfadó con su hija, reprochándole su actitud, ya que ambas estaban de visita en casa y debían comportarse con respeto – me seguía explicando Juanita – La abuelita le quitó los zapatos y se los devolvió a Teresita, entonces ella le dio el papel diciéndole: “vea usted si es pecado lo que he cometido, señora”.

Yo había escrito ese papel en la mañana, antes de levantarme, porque me sentí impulsado debido a que mi primer pensamiento al despertarme había sido para Teresita. No puedo negar que desde que la conocí, me pareció muy simpática, tiene una risita muy agradable y una conversación que me fascina… ¡me gusta!

Le envié con mi hermana Juanita un papelito donde parafraseaba un poema de Rubén Darío:

Teresita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar,
yo siento
en el alma una alondra cantar,
tu acento.
Teresina, te voy a contar
un cuento.

Más atrevido, también le escribí una rima de Bécquer con la insinuación de mi atracción por ella

Tu aliento es el aliento de las flores;
tu voz es de los cisnes la armonía;
es tu mirada el esplendor del día;
y el color de la rosa es tu color.

- ¿Ahora dónde está ella? – pregunté a Juanita

- Está llorando en su cuarto, porque tía Elisa le volvió a pegar, y la acompañan Cristina e Hildita que la están consolando. Ella me pidió que no te contara nada… vaya a verla y hable con ella.

En el salón estaba mi abuelita, tía Elisa y mi hermana Graciela, apenas las saludé y pasé casi corriendo a la habitación donde estaba Teresita. Les pedí a mis hermanas que nos dejaran solos y me senté a su lado. Aunque sabía, le pregunté:

- ¿Qué ha pasado?

- Nada… - sollozando, con sus ojitos llenos de lágrimas me miraba, me miraba mientras tomaba una de mis manos – La señorita Elisa me pegó, porque el papelito que me envió esta mañana…

Sentía mi corazón oprimirse frente a esta niña tan llena de dulzura, sus lágrimas eran heridas abiertas en mi alma. Acerqué sus temblorosas manos para poner mis labios en su tersa piel con un suave ósculo.

Conocí a Teresa Pimme recién llegado de mi viaje de Copiapó, cuando mi tía Elisa me la presentó como su amiguita de Coquimbo, a quién había invitado para pasar la Navidad y el Año Nuevo en casa, junto con mi familia. Teresita era una alumna en la Escuela donde era profesora mi tía.

Estuvieron en casa 4 semanas compartiendo con toda la familia. A través de los días fue naciendo una hermosa amistad con Teresita, disfruté mucho su compañía, siento mucho aprecio por esta muchachita tan llena de gracia y simpatía.

Por supuesto que también he disfrutado mucho la cercanía de mi familia, después de tantos meses de separación. Cuando llegué a casa, después de mi largo viaje, mi hermanita Hildita corrió hacia mí, con sus trenzas danzando al aire, se abrazó a mis piernas y me pedía que tocara mi violín.

Me hicieron tocar el violín, interpreté varias piezas que había aprendido en Copiapó y finalmente les toqué el vals que compuse para Rosita, vals de dulces ensueños, melodía de amor. Esta interpretación es la más les gustó, sin alabarme, me felicitaron y disfrutaron mi música de violín.

Tantas cosas habían pendientes para conversar, tantas novedades que habían para comentar. La gran sorpresa que he tenido es sobre el incendio que ocurrió el lunes pasado en la noche, antes de mi llegada, en el Pasaje Vicuña, se quemó casi media manzana y las pérdidas de los comerciantes fueron cuantiosas.

Las preguntas sobre el terremoto en Copiapó me han llovido, todos querían saber los detalles, aquí se sabía por las noticias de los periódicos que habían ocurrido 6 muertos y más de 100 heridos, que el edificio del Liceo, a pesar de que es asísmico, debido a su construcción de tabiques de madera con caña de Guayaquil, quedó muy afectado y se agrietaron los tabiques, se cayó parte del enlucido, se desplomaron murallas y se quebraron algunos bustos.

Aquí en La Serena también se sintió el terremoto, pero con mucha menor intensidad. El mar se recogió lentamente y retornó varías veces, más allá de su límite normal en la playa, pero no causó daños.

Otra novedad en La Serena, muy comentada, fue el suceso que ocurrió en Septiembre pasado, fue publicado en los periódicos de la ciudad, en “El Coquimbo” y en “El longitudinal”. A Marina Contreras por casi nada la matan, pues resulta que ella vivía con un agente de la policía secreta, quien en un arrebato de celos le disparó contra su cuerpo, después creyendo que ella estaba muerta el policía se disparó y murió.

En esos días fui a Coquimbo a visitar a mis familiares y vi a Teresa ¡Qué felices días pasé! Estuve cerca de una semana en casa de mis tías, pasee con ellas y Teresita, caminamos hacia el centro de la ciudad, una vez fuimos al circo, otro día llegamos hasta la Punta Pelícanos, donde está el Fuerte Lambert con su viejo cañón de la época de la Guerra del Pacífico,

Desde el área del Fuerte se tiene una espectacular vista de la Bahía y se camina entre rocas y sinuosos senderos que la naturaleza adorna con cactus y flores silvestres. Entre las piedras encontré una hermosa añañuca que regalé a Teresita y le dije:

- Recuerde que ésta flor tiene el nombre de una hermosa joven que vivía en un pueblo del norte, Añañuca, y que se enamoró de un minero con quien se casó y fueron muy felices – le explicaba, mientras tenía toda su atención – Un día el minero tuvo un sueño que le reveló donde se encontraba la mina de inmensas riquezas que él siempre buscó, entonces el partió a buscarla.

- ¿El encontró la mina y volvió con riquezas? – preguntó, con aires de cierta avaricia, me pareció. ¡Mujeres! pensé

- No, la leyenda dice que nunca regresó. Se dice que un espejismo se lo tragó, en tanto la joven de pena murió y fue enterrada un día lluvioso en pleno valle. Al día siguiente el valle amaneció cubierto de flores rojas que recibieron el nombre de esa infeliz mujer.

- Esa historia es muy triste - dijo algo apesadumbrada.

En la noche tomé el tren en la estación de “El Empalme”, partí a La Serena avanzando por las líneas férreas que bordean la playa de la bahía, veía las luces de los buques y vapores que se reflejaban en el mar, el vaivén de las aguas las hacían titilar y formaban fajas que venían y se iban en la oscuridad.

El puerto se fue alejando y parecía como un lugar donde algunas estrellas se cobijaban del mar. Qué noche tan sublime, tan bella, tan atractiva, hubiese querido tener a mi lado a Teresa para disfrutar el paisaje y seguir el abrazo que nos dimos al despedirnos en la estación.

Días después, en fechas de Carnaval, vinieron a casa, Jorge Aqueda, Alejandro Rubio y Segundo Sáez, saludaron a mis familiares y estuvimos conversando un rato en el salón de la casa. Salimos en la noche y en la Plaza de Armas le compramos empanadas de ave con huevo a “la gorda” del abasto. En realidad la gorda se llama Liliana, todo el mundo le manda a comprar sus deliciosas empanadas, dicen que para el Obispo le hace empanadas milagrosas con huevitos de codorniz.

En la plaza divisamos un grupo de muchachas que conversaban muy animadas, sentadas en un banco frente a la Catedral. Cuando nos vieron pasar hablaban entre sí y se reían mirando hacia nosotros, me turbé y di un traspié, se me cayó la empanada que venía comiendo y una aceituna se metió dentro de mi zapato… ¡Qué vergüenza!

Dimos una vuelta completa a la plaza y Segundo las saludó, ellas reían y nos miraban. Después de otra vuelta más a la plaza nos atrevimos a hablarles, ellas eran Emina, Rosalba y Rosaura. Estuvimos conversando trivialidades y luego las acompañamos a sus hogares en la calle Las Casas, cerca del cerro de la Cruz.

Después fuimos varias veces a visitarlas, anduvimos varias noches conversando con ellas. Yo hice amistad con Rosalba González y le presté varias postales de La Serena y de Copiapó, comenzó a nacer en mí una especial simpatía hacia ella, sin embargo, una noche nos vio un conocido de su familia y la acusó, entonces su mamá no la dejó salir más.

Un día Rosalba y Rosaura se encontraron con Rubio y no lo saludaron, lo mismo hizo Carlos, hermano menor de ambas. Yo fui varias noches a buscarla en vano, no pude ver a Rosalba, de modo que me sentí muy enojado y mandé a Carlos a pedir que me regresaran mis postales.

Después ni siquiera fui a buscar mis tarjetas donde Rosalba, me sentía muy disgustado, y aunque me daba cuenta que Rosalba se había enamorado de mí y me había prometido escribirme, creo que pondré fin a esta amistad. Me despediré para siempre de Rosalba, pensaba muy dolido por la actitud de ella.

Hoy día jueves, 24 de abril de 1919, estoy otra vez de viaje en tren hacia Copiapó. En la distancia se desvanece mi ciudad La Serena, también se aleja el poblado de la Compañía, en la ribera norte del río Coquimbo… finalmente la ciudad se perdió, se perdió como cuenta la leyenda de Juan Soldado.

En efecto, la leyenda cuenta que la ciudad de La Serena era muy bella en su origen y estaba construida en un lugar cercano al actual. Vivía en las cercanías un joven agraciado, pero pobre, a quien lo llamaban Juan Soldado. El se enamoró de la hija única de un cacique riquísimo y muy ambicioso, quien se opuso a que su hija se casara con un pobre.

Sin embargo, los enamorados decidieron huir para casarse en una iglesia de La Serena. Así lo hicieron, pero en el momento en que el sacerdote bendecía el matrimonio, se produjo un gran alboroto, porque la gente decía que el cacique se aproximaba a la ciudad, amenazando destruirla y después matar a los enamorados.

Nadie sabe lo que pasó, pero en el momento que el cacique con sus guerreros pisó los suburbios, la ciudad se desvaneció. Recorrieron el campo donde estaba situada, pero no la encontraron aunque la estaban pisando.

En ciertas noches, singularmente los sábados, los que pasan cerca del sitio en que estuvo edificada la ciudad oyen música y canciones, y el Viernes Santo la ciudad se hace visible a los que la contemplan desde lejos, pero luego se borra poco a poco.

Creo que algo debo tener de Juan Soldado, pues se me ha desaparecido mi querida ciudad y soy tan pobre como ese Juan de la leyenda, también mi corazón es grande y llevo dentro de él a todos mis amores… puedo sentir la música de un vals y también puedo sentir la dulce sonrisa de Teresita… ¿Ella se acordará de mí?

Consigue la novela: Juvenal, cuando el gallo no canta



jueves, 13 de mayo de 2010

Cap 3: Juvenal

..............................................Calle Catedral esquina Balmaceda. La Serena, 1904.

He llegado a mi querida ciudad, La Serena, cuando tan sólo falta una semana para festejar la Navidad de éste año 1918. Faltan muy pocos días y las iglesias anuncian la conmemoración del nacimiento del niño Jesús y se preparan para los cánticos religiosos. Las más beatas ya empiezan a rezar con devoción el rosario cada tarde.

¿El Rosario? Supongo que debe ser muy importante rezarlo lo más rápido posible, pues siempre he observado que en el murmullo de las que rezan no se entiende para nada lo que dicen, quizás importa la rapidez como demostración de mayor devoción hacia la Virgen, lo cual no está nada de mal, pues en sus diversas apariciones por todo el mundo ha revelado a los privilegiados testigos de tales milagros que “el alma que se encomiende a mí por el rezo del Rosario no perecerá”… nada de mal tan generosa oferta.

Cada vez que se reza un Ave María se le está dando a la Virgen una rosa, así un rosario completo le hace una corona de rosas. La rosa es la reina de las flores, entonces el rosario es la rosa de todas las devociones, por ello la más importante de todas. Me parece muy bien, pero en todo caso, me preguntó por qué cada 10 Avemarías sólo basta un solo Padrenuestro, ésta es una aritmética algo extraña ¿verdad?

Volviendo a mis reflexiones sobre La Serena, a mí me parece que es una ciudad donde todo está influido por la religión católica de una manera más determinante que otras poblaciones, la gente tiene en público un aire santurrón, una conducta mojigata, como si nunca matasen siquiera una mosca.

Claro, con tantas iglesias por todas partes, en cada esquina se puede divisar alguna capilla o algún convento, se puede sentir la mirada inquisidora del vecindario que cuida alertar contra los pecados que se deben evitar, o más bien, se deben mantener en la intimidad lejos de la vista de los demás. A hurtadillas todos miran lo que acontece en el exterior de las casas y los chismes de algún modo llegarán a los oídos de algún párroco ávido de escuchar.

El refrán dicen: “Pueblo pequeño, infierno grande”. En efecto, así es esta ciudad que tiene alrededor de 15.000 habitantes, con su solemne apariencia de tranquilidad y pureza celestial, ofrece una vida donde casi todas las familias se conocen entre sí y muchos hacen de las delicias, con sus sabrosos comentarios, a costa de las tripas de los demás. Después está el confesionario de la iglesia para limpiar el alma de las malas habladurías.

Desde su fundación por los conquistadores españoles, ordenada por Pedro de Valdivia, con el nombre de “Villanueva de La Serena”, la ciudad ha tenido muchas iglesias y también muchos chismes. La fundó el Capitán Juan Bohón en el año 1544, pero tan sólo cinco años más tarde una sublevación de los indígenas provocó la muerte de casi todos los españoles, destruyendo e incendiando el poblado entero.

Pedro de Valdivia estaba más ocupado en sus aventuras de conquista en el sur de Chile, me refiero a conquistas territoriales enfrentado a los araucanos aborígenes, y también a sus conquistas amorosas con Inés de Suárez, la primera mujer española que llegó a éste país, acusada más tarde ante la Real Audiencia por su libertinaje sicalíptico con Valdivia.

Con su legendaria testarudez extremeña Pedro de Valdivia le ordenó al Capitán Francisco de Aguirre, Teniente Gobernador de la región norte, la refundación de la ciudad. En el mismo lugar donde hoy está la Plaza de Armas, nace el 26 de agosto de 1549 la ciudad “San Bartolomé de La Serena”.

Por supuesto que hubo una guerra de venganza contra los indígenas hasta prácticamente su exterminio, lo cual despobló los valles, de modo que hubo que traer indios del sur, y algunos pocos negros, para realizar las faenas de agricultura y de explotación de los lavaderos de oro.

Entonces el peligro ya no vino de los indígenas, sino de los piratas y corsarios que saqueaban las ciudades con inusitada violencia en sus continuos ataques. Francis Drake abriría la ruta del Pacífico hacia 1578 y nos hizo desagradables visitas, Bartolomé Sharp quemó la ciudad y la saqueó en 1680, Edward Davis le prendió fuego al convento Santo Domingo en 1686. Causaban gran temor en la población.

En aquel momento me imagino que tantos templos en la ciudad no sólo eran una protección divina para la gente de la ciudad, tantas vírgenes y tantos santos proveían una sentido de protección a los habitantes, sino además eran también un enorme atractivo para los piratas, quienes no desconocían las valiosas riquezas y tesoros que cobijaban las iglesias… ¡tontos no eran!

El templo más importante de La Serena fue y sigue siendo La Catedral, situada en la Plaza de Armas, al oriente en su extremidad sur. Fue la primera iglesia parroquial que se fundó en la ciudad, originalmente como la antigua iglesia Matriz. La demolición de esta antigua iglesia se inició el año 1841, colocándose la primera piedra de la Catedral en enero de 1844 y concluida el 15 de setiembre de 1856.

Claro, aquí no solamente irradia la suprema protección sagrada de la iglesia debido a su condición de catedral, sino también está la militante actitud de tantos muertos que dejaron generosas donaciones, como por ejemplo el legado de la Marquesa de Piedra Blanca de Guana, doña María Bravo de Morales, cuyo testamento del 15 de mayo de 1719 rezaba así:
“…mando a mis albaceas entreguen al cura i vicario de ésta ciudad, que al tiempo de mi fallecimiento, las tierras que deslindan desde la punta que abajo dejo a los padres de Santo Domingo (Lagunillas), corriendo hasta la estancia nombrada el Sauce, esclusive, con el cargo i condición que me canten todos lunes del año una misa, antes de la procesión de Animas, por mi alma, la de mis padres, abuelos, i benditas ánimas del purgatorio…”
Entiendo que así han habido muchas más donaciones de generosos fieles. De modo pues, quizás ya no haya espacio para asignar hasta la eternidad más misas, debidamente cantadas, cuando yo muera, en la circunstancia que yo decidiese ordenar a mis albaceas que entregaran mi fortuna, en este caso mi violín, después de mi muerte, a tan sagrados destinos.

Otro templo muy importante en La Serena es la iglesia San Francisco. Este es el único de los templos que no fue consumido por las llamas de incendio de 1680, según la tradición, debido a la presencia de un anciano sacerdote franciscano, que no quiso o no pudo huir durante el saqueo de los piratas, y logró inspirar con sus canas el respeto entre los desalmados secuaces de Sharp, sus ruegos y humildad para poner a su disposición todo objeto de valor que se encontrara en el convento habría logrado que no incendiasen la iglesia.

Se descubrió en el siglo pasado una inscripción, grabada en una piedra que había permanecido por muchos años tapada por una gruesa capa de cal, con la fecha de su construcción: 25 de diciembre de 1627. De modo que es el templo más antiguo de la ciudad, levantado con bloques de calizas, granulentos y sólidos, traídos de las canteras de Peñuelas.

El convento de San Agustín es otra importante construcción religiosa, fundada después del incendio del bucanero Sharp por la congregación de la Compañía de Jesús. En realidad el verdadero convento de los agustinos estaba situado en la parte nor-oeste de la ciudad y el nombre de la iglesia era Nuestra Señora de la Consolación, la que probablemente desapareció con el incendio de los piratas.

Los agustinos comenzaron a edificar una nueva iglesia, pero su construcción no avanzó prácticamente en nada, seguramente por falta de recurso y sencillamente por mala administración, tal como lo insinúan las décimas que un anónimo y humorístico fraile escribió:
“Mis ojos fueron atentos
en registrar estas cuentas,
i vieron que tantas rentas
todas se volvieron cuentos
Estos fueron los portentos
que los viejos nos dejaron
ellos las sumas sacaron
pero con tal perfección,
que de la enmaderación,
ni los vestijios quedaron.”


Sin embargo, la célebre expulsión de los jesuitas en 1676, por decisión del monarca Carlos III, permitió a los agustinos tomar posesión del templo que hoy se conoce con el nombre de San Agustín, mediante acuerdo de la Real Audiencia.

Todos los jesuitas fueron expulsados de los dominios del rey de España, debido al recelo que despertaba su obediencia al Papa y la falta de lealtad al rey, cuya autoridad supuestamente provenía directamente de Dios. Esta perniciosa filosofía minaba la sumisión al monarca y daba lugar a teorías peligrosamente subversivas para la corona… ¡Caramba, afortunados los agustinos!

Según cuentan las crónicas de la ciudad, tampoco se salvó la Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes del incendio de los piratas de Sharp, denominada antiguamente Santa María Magdalena de la Merced, pero fue rápidamente reconstruida en la misma propiedad que se extendía a toda la manzana en que actualmente está situada.

Es una lástima que se haya perdido en el tiempo la generosa obligación de esta iglesia para mantener un aula gratuita de latinidad y la repartición gratuita de 16 pesos a los pobres, en el día de la Natividad de Nuestra Señora, según legado de la marquesa de Piedra Blanca de Guana, quien enriqueció notablemente este convento.

En efecto, la referida marquesa, doña María Bravo de Morales, dejó un magnánimo legado para la iglesia de la Merced, motivo por el cual supongo que debe estar sentada a la diestra del Señor. Decía el legado, entre otras cosas:
“…mando a mis albaceas que den a mi madre Sma. De la Merced una joya de pecho de diamantes, a manera de erizo, que tiene 129 diamantes, i vale de todo costo 912 pesos… otra joya de diamantes, a manera de alacrán, que tiene 54 diamantes, costó 440 pesos… una gargantilla de diamantes con 11 piezas y 146 diamantes, con 103 granos de perlas, i vale de todo costo 1550 pesos… un par de zarcillos de diamante de peras, i tiene 192 diamantes de distintos tamaños, que valen 1306 pesos…”
Y continúa una larga enumeración de muchas más joyas de importante valor, elaboradas con oro, plata, diamantes, esmeraldas, perlas, etc. También deja para la santísima virgen algunas valiosas prendas de vestir:
“…dejo a dicha mi Sra. De las Mercedes un vestido azul de tela rica, entero con su encaje de realce, mando que de la pollera se haga un velo… dejo una pollera columbina con encajes de realce de tela rica… un vestido de tela rica musga… una mantilla de tela rica columbina…”
¡Vaya, esto es sorprendente! No logro imaginarme algún cura probándose las polleras de doña María, ni mucho menos adornándose con las preciosas joyas que cualquiera podría envidiar. No fue todo, sino aún más:
“… es mi voluntad que desde la hora de mi fallecimiento pase mi hacienda de Copiapó, con todas las tierras que tengo en aquel valle, con todos los negros, negras i damas, esclavos i esclavas mías, a los padres i religiosos de la orden de N. M. de las Mercedes, para que allí se funde un convento con el título i nombre de mi Sra. de las Mercedes…”
Todo esto no fue gratis, por supuesto. Doña María impuso algunas obligaciones, aunque podría decirse que era sólo parte de la rutina de los religiosos y no significaba ningún esfuerzo particular, pues entre otras decía:
“… mando que el domingo se cante la misa por el Maestro de campo Don Pío Bravo de Morales: mi padre… mando que el lunes se cante la misa por el alma de Don Bernabé de Riveros, mi abuelo… mando que el viernes se cante la misa por el alma de Doña Lorenza de Castilla, mi abuela… mando que todos los meses se digan 12 misas rezadas, las 4 por mi alma, las 4 por el alma de mi hermano Don Diego de Morales, i las 4 por el alma de mi hermano Don Pío de Morales”
¡No estaba mal el negocio! Todos salían ganando, unos obtenían la licencia directa para el cielo, sin mayores trámites, otros unas joyitas que nunca están de más… también ganaban los filibusteros que no les faltaba el buen olfato para oler donde se guardaban los valiosos tesoros, acopiados con la sangre y sudor de quienes no pudieron nunca pagar ni misas, ni cantos, ni rezos.

Me viene a la mente otra iglesia de La Serena, el Convento de Santo Domingo que, como otros templos, seguramente se fundó de manera humilde con paredes de adobes y techo de paja y totoras, pero luego principiada con piedra labrada, como la que hoy existe, construida con no pocas fatigas y trabajos de sus priores, sobre todo con el privilegio que le otorgó el cabildo en 1759 para que obtuviesen recursos con una fábrica de tinajas para el transporte de vinos y aguardiente… el fervor religioso no tiene por qué divorciarse de algunas copitas de vez en cuando.

Las tradiciones de la ciudad cuentan que durante la construcción de esta iglesia una salida del mar amenazó la ciudad, pues las olas del mar habían avanzado más de una milla y cubrían las vegas. El pueblo espantado sacó la virgen del Rosario para oponerla como un formidable dique contra las embravecidas olas del mar, entonces las aguas se retiraron frente a su presencia. Por esta circunstancia, se dice, la iglesia ocupa el lugar que tiene.

Hay muchas más iglesias en la ciudad, seguramente más de veinte, además oratorios, capillas, conventos, monasterios, etc. Está la iglesia Santa Inés, en su primitivo origen una ermita; la iglesia Santa Lucía, anexa al Seminario Conciliar; la iglesia de San Juan de Dios, vinculada al hospital del mismo nombre; la iglesia de los Capuchinos, cuya ampliación se inició el año 1865 con la colocación ceremoniosa de la primera piedra, pero que hasta la fecha no se ha colocado la segunda; la iglesia del Corazón de Jesús; la iglesia El Tránsito; la iglesia del Monasterio del Buen Pastor… y, en fin, otras más.

Así es mi ciudad, cada vez la voy entendiendo un poco más. Ahora que he llegado a pasar mis vacaciones de verano he recorrido con más atención sus calles, caminando junto con mi amigo Segundo Sáez mientras evocamos aventuras de Copiapó. La ciudad me parece más alegre con sus calles empedradas y nombres llenos de historia: Almagro, Colón, San Agustín, Recova, Catedral, San Francisco, San Juan de Dios, Lazareto, San Miguel, Santa Inés, Carreras, O’Higgins, Cienfuegos, Renjifo, Infante y muchos más.

Cuando íbamos caminando hacia la Alameda, cerca del Banco de Chile, nos cruzamos con Sarita que caminaba por la acera de enfrente. Nos miramos un poco confundidos, sin saber bien a qué atenernos, notaba en ella una cierta perturbación. La saludé y seguí.

Llegamos a la pileta de la Alameda, había una luna llena que parecía entregarme un secreto mensaje, dirigí la mirada hacia lo lejos en dirección al norte, recordé aquellas felices noches que pasé al lado de mi adorada Rosita. Esta noche le escribiré una carta con las palabras más bellas que guarda mi corazón para tan tierna beldad que me llena de dulces recuerdos… ¡Dios me la guarde!


Consigue la novela: Juvenal, cuando el gallo no canta


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lunes, 22 de marzo de 2010

Cap 2: Juvenal

............................................... Escuela Normal de Preceptores de Copiapó (1915)
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Este día domingo 1° de diciembre de 1918 nunca lo podré olvidar, el internado de la Escuela es un verdadero hospital con prácticamente todos los internos enfermos de una extraña y fortísima gripe. Había 44 internos enfermos y en toda la Escuela habría, a lo sumo, 10 a 15 estudiantes alentados.
Naturalmente que no hemos tenido clases, están suspendidas debido a tantos enfermos con la “influenza”. Mañana hay orden de hacer una desinfección general con azufre en todos los salones, a fin de espantar los gérmenes de la epidemia de ésta influenza, y lanzar los malos espíritus al infierno del mismo modo como el diablo “fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde también están la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos”, según dice el mismo Apocalipsis.

Tenemos noticias de que la Gran Guerra en Europa, que se inició en el año 1914, llega a su fin y nacen renovados aires de paz, pero también nos trae esta virulenta epidemia de influenza que ha dado más muertos en el mundo que la guerra misma.

Antiguamente se creía que ésta enfermedad se producía debido a la influencia de estrellas, planetas y poderes ocultos, por este motivo en Italia, en el año 1510, se le llamó “Influenza de freddo” (influencia del frío), aludiendo a su aparición en los meses fríos de invierno.

En cambio, otros piensan que la enfermedad flota en el ambiente, llevada por manos invisibles, como maldición divina, como verdaderos miasmas etéreos que extienden sus peligrosos tentáculos entre las personas más descuidadas en su protección personal.

Había noticias de que la epidemia estaba causando estragos en Santiago, puesto que había cundido entre trabajadores de la Vega Central con extraordinaria violencia y gravedad. Asimismo, llamaba la atención que la epidemia se había extendido en la cárcel de Santiago y después a toda la población, provocando muchas muertes entre las personas afectadas.

Se sabía que las pulgas fueron el principal transmisor de la peste negra que abatió a la población en Europa en el siglo XIV, de modo que la pregunta obvia era si habría vínculos entre las pulgas y el contagio de ésta nueva gripe. Claro, había un extraño vínculo entre infección y pobreza, de manera que había un culpable que todos pensaban, aunque nadie mencionaba explícitamente a la miseria, lo que equivale a decir que los culpables eran los pobres.

Junto con la pobreza, se incluía como culpables a la mugre, a la basura, al descuido, a la falta de aire. Bueno, había que proscribir a las pulgas y a los piojos, fieles compañeros indeseables de los pobres y de los perros… ¡A ellos con los vapores de azufre para que los espanten hacia el infierno!

En el internado de la escuela no había suficiente salivaderas para nosotros los enfermos, algunos nos veíamos obligados a escupir en el mismo suelo las flemas y mucosidades sanguinolentas, rojo amarillentas. Acostados en los catres semidesnudos, debido al intenso calor atacameño, nadie hablaba, sólo se escuchaba la tos, intensa y fatigante, a veces con un paroxismo verdaderamente intolerable, y una respiración agitada con un permanente gorgoteo.

Nuestros cuerpos se han vuelto grisáceos, con una palidez plomiza, que resalta el azulado de los labios, la nariz, las orejas y la matriz de las uñas. La inapetencia es completa, de noche nos invade el insomnio y los delirios provocados por la fiebre que hace transpirar pestífero sudor por todo el cuerpo, hasta la deshidratación. La sed es muy grande.

Con enorme esfuerzo me he levantado un momento para ir a las letrinas, entonces sin motivo aparente, de manera violenta comienza otra vez a salirme sangre de narices, con furia desatada me explota una hemorragia nasal y me salen pedazos grandes de moco con sangre negruzca. Mi debilidad es extrema, apenas tengo energía para volver a mi cama y tenderme desfallecido en ella.

Pasado mañana está anunciado un eclipse de luna, a las 9 de la noche, está previsto un oscurecimiento completo de nuestro satélite. Sin embargo, más me parece a mí un eclipse de la vida, ya hay muchos muertos en el país debido a esta terrible epidemia de influenza ¿Por qué nos castigas, Dios mío?

¿Y si yo muriera? Sería injusto que el destino me tuviera previsto un fin a mi temprana edad, apenas he comenzado a ver el mundo, hay muchos caminos que quisiera recorrer, no he vivido lo suficiente, mis ilusiones y mis sueños me trazan senderos que deseo fervientemente transitar.

Tantas ilusiones de mi abuelita sobre mi progreso en mis estudios en la Escuela Normal, motivo de mucho orgullo para ella y para todas mis hermanas, quedarían destrozadas, se perderían los sueños y tanto esfuerzo de mi familia si yo muriese debido a esta virulenta enfermedad. Dios no permitiría tanta tristeza para los míos, ni merezco tal castigo, puesto que mis pecados nunca han pretendido causar daño a otras personas y he entregado toda mi fe en ti Señor… tengo muchas ansias de vivir. Pero será tu voluntad, mi Dios

Si muriera mis pensamientos se irían con la imagen de mi Rosita, ella es mi ilusión, es mi esperanza única, es ella a quién he entregado todo mi corazón. En mi último aliento, en mi último palpitar, será su nombre de hermosa y delicada flor, Rosita, que cubrirá todo mi ser.

Fue un día de mayo de éste año cuando la vi por primera vez, yo estaba en el estadio viendo un partido de fútbol, acompañado de dos amigos, cuando desde lo alto de una pequeña planicie la vi junto con otras jovencitas, entre ellas estaba Rosita que destacaba con su traje de color rosadito, chatita, muy linda… ella quedó grabada en mi corazón.

Una tarde de paseo dominical por la Alameda la conocí a través de Anselmo Quelopana, un amigo del internado de la escuela, y dijo llamarse Rosa Molina Gutiérrez. La saludé con mi mayor caballerosidad y pienso que ella se quedó con buena impresión de mí. Le escribí una nota expresándole mi deseo de tener el privilegio de su amistad, después nos hemos escrito varias veces.

Una noche, en agosto pasado, junto con Quelopana decidimos escaparnos del internado para ir a visitar a Rosita. Nos subimos por la escalera frente a la ropería, saltamos la pared hacia la viña y de allí salimos corriendo hacia la calle.

Esa noche estuve hablando con Rosita, ella es muy simpática y cada día me parece más linda; ya teníamos tres meses que nos conocíamos y su amistad me llena de vitalidad el alma y de ansias inmensas de tener siempre su cercanía. Ella vive en la calle Chañarcillo, en la casa Nro. 283.

Cuando regresamos al internado nos sorprendió en nuestra falta el subdirector, el señor Eulufí, quien nos regaño y nos castigó dejándonos sin salida hasta las vacaciones de septiembre. Mi corazón sintió el golpe de un extraordinario dolor, porque no vería a Rosita durante casi 3 semanas.

Todos esos días estuve pensando en Rosita, ella invade todos mis pensamientos y sólo espero las vacaciones para volver a verla. Un día le dijo a Rubio que no me había escrito, porque había estado enferma, es tan mentirosa esa beldad, sin embargo son dulces mentirillas no me importan demasiado, yo sólo soñaba con volverla a ver, quería que estuviese a mi lado para tener los momentos más felices de mi vida… no sé si mi alma sentía, con su imagen grabada dentro de mí, alegría o melancolía.

Hasta que por fin llegaron las ansiadas vacaciones. Dichosas fueron las noches que estuve junto con ella, mi amada Rosita, muchas noches hablé con ella ¡Qué feliz me sentía! Pero una noche nos disgustamos, porque una mañana me detuve en su casa cuando unos pobres italianos venían a pedir algo de comer, yo le avisé a su familia para que les diesen alguna ayuda, pero nada les dio.

Pobres infelices, con hambre y sin dinero, me inspiraron compasión y les regalé todo el dinero en sencillo que tenía, para que se compraran algo. Mi alma sintió ganas de llorar, de abrazar a aquellos hombres, porque yo sé lo que es sufrir, yo sé lo infiel que es el mundo, de ellos me apiadaba.

Al día siguiente Rosita no quiso hablar conmigo, fui en la noche a su casa, pero no me quiso recibir, sin embargo la pude ver por la ventana que da hacia la calle. Como nunca, la vi tras la ventana, estaba muy triste, pensativa, con la cabeza gacha entre sus brazos y la lámpara de la habitación a media luz… éste era un cuadro con ella muy abatida ¡No sé por qué!

Transcurrió casi un mes antes que volviera a retomar la amistad con Rosita, estuvimos disgustados muchos días y nos distanciamos durante ese lapso, pero un día me mandó a decir que olvidaría todo y me envió un clavel blanco.

Nos encontramos durante los festejos del “día del estudiante”. Hubo un desfile de carros alegóricos, entre los cuales destacaban el cañón, la mariposa y el submarino, éste último presentado por mi Escuela Normal y que ganó el primer premio, el cual fue recibido con salva de aplausos. Venía con Lincoyán, compañero del internado, cuando me encontré con Rosita y Olivia.

- ¿Rosita, quiere Ud. que la acompañe? – me dirigí a ella muy suavemente y con la mayor gentileza, con cierto temor a un posible rechazo.

- Como Ud. guste – contestó con amabilidad y me miro con sus dulces y hermosos ojos que borraron todo temor dentro de mí.

Nos fuimos conversando animadamente como si nunca hubiésemos estado enojados. En la Plazuela del Teatro tomé con suavidad sus manos y le di un beso leve en su mejilla ardorosa que dejó marcado su calor en mis labios. Nos miramos a los ojos una eternidad para decirnos sin palabras nuestras promesas de amor.

Un día en la mañana salí hacia el cerro, estábamos en una práctica de gimnasia. Desde esa altura, frente a la casa de Rosita, se observaban los lindos paisajes de alrededor, desde allí se divisa la terminación del camino que está detrás del Cementerio, es un paisaje del árido desierto de pura arena y, girando hacia la izquierda, se ven hermosas sementeras regadas por el serpenteante río Copiapó, en completo contraste con la vista anterior… ¡es todo hermosura!

A los pocos días que siguieron recibí una carta que Rosita me escribió… ¡El gallo! me decía, con una delicada esquelita. En el internado, a la sombra debajo de una parra, fui a leerla ¡Qué linda su confianza, me declara su amor! Me escribió: “El año se nos va y qué dolor voy a tener cuando Ud. se vaya a su hogar”. Nunca como entonces he querido tanto a Copiapó.

Esa misma tarde fui al local de fotografía, retiré mis tres retratos que había mandado a hacer y a uno le puse la siguiente dedicatoria: “A mi amiguita, Rosa Molina Gutiérrez, dedico éste retrato en prueba de mi amor que siempre mi corazón os ha tenido y os tendrá. Consérvelo, Rosita, no nos olvidemos, querámonos siempre y tengamos la firme esperanza que después nuestros corazones se unirán. El que sinceramente la ama. Héctor Juvenal Araya”.

Estos recuerdos me vienen a la mente cuando enfrento con desespero a la muerte que sospecho me quiere llevar. Me siento tan débil que apenas tengo energías para respirar con mucha dificultad, me invade un dolor en todas las articulaciones, en todos los músculos del cuerpo, fuertes dolores de cabeza, fiebre alta, congestión en la nariz, hemorragias nasales, tos con expectoraciones sanguinolentas, sudor mal oliente… se siente el aire de la muerte.

Casi no he dormido en toda la noche, sufro de insomnio y mi cabeza revienta de dolor. Algunos internos se levantaron y habían salido, nada anunciaba el desastre, pero el reloj marcaba las 7:44 a.m. cuando comenzó a temblar cada vez con mayor intensidad por un lapso de casi 6 minutos, este día 4 de diciembre ocurrió un terremoto tan violento que nadie podía mantenerse de pie.

Una desgracia sobre otra, es como si nos estuviesen cayendo las plagas de Egipto. Dicen que el terremoto alcanzó el décimo grado de intensidad, según la escala de Rosi y Forel, sus oscilaciones fueron rapidísimas y en todas direcciones, las campanas de la ciudad repicaban solas.

Nosotros que estábamos enfermos arrancamos hacia las letrinas, yo que estaba tan débil no sabía si bajo mis pies había suelo; veía pasar los pájaros asustado, se escuchaban los gritos de la gente, una nube gris avanzaba implacable… ¡todo espantaba!

El pánico fue general y la gente huyó a las plazas, potreros y cerros, negándose a alojar en sus casas. Dicen que hay algunas muertes provocadas por los derrumbes y varios heridos, muchas casas quedaron en ruinas y hay cuantiosos daños por todas partes.

En la Escuela los perjuicios son notables, la ropería tiene las murallas completamente agrietadas, el recinto dónde nos lavamos tiene la muralla que ya prácticamente se cae, todos los salones están llenos de tierra, con las cornisas caídas, el techo casi se cae… ¡todo malo!

Hay orden de ayudar a todos los habitantes de la ciudad. Mis compañeros recorrieron el pueblo y después hicieron guardia en los alrededores del sector La Chimba. Ahora, en la tarde, ya ha escampado mi hemorragia de las narices, y hablando con Rubio me he enterado que a la casita de Rosita nada le ha pasado, aunque ella ha estado muy pálida de susto.

Hemos decidido dormir esta noche en la intemperie, al aire libre ¡Eso es de hombres guapos! Bueno, en realidad tenemos temor de que vuelva a temblar y terminen por derrumbarse las paredes de la Escuela. Mientras tanto la ciudad, llena de ruinas por todas partes, está vigilada por los boy scout y los zapadores de La Calera.

Así transcurren los días, con una ciudad de calles tristes y solitarias, muy poco traficadas, negocios cerrados, muchas murallas caídas y muchos damnificados atendidos en el cuartel de bomberos. No hemos tenido pan, lo hemos sustituido por sopaipillas.

En todo esto tengo una noticia buena, he pasado de curso con muy buenas calificaciones, me ha felicitado nuestro Director, el pedagogo Don Rómulo J. Peña. Llegaré con una buena nueva a mi casa, viajaré en tren el próximo día 17 de éste mes de Diciembre.

Pero lo más importante que me ha ocurrido es en realidad el obsequio que he recibido de Rosita, me ha regalado un retrato suyo con la siguiente dedicatoria: “En sus momentos de desolación y tristeza contemple este pequeño recuerdo, piense que él es una prueba del amor que le profeso. Reciba, querido amigo, el amor más puro del corazón de su amiga. Rosa M.”

Me ha jurado ser mi esposa, y es por ella que todavía no me voy a La Serena, en cambio mis amigos Sáez y Rubio ya partieron de regreso a mi ciudad. Mi abuelita me ha estado esperando, me escribió una carta donde me dice que estuvo esperándome hasta las 3 de la mañana el día que llegaron mis amigos, ahora me envía más dinero, ya van $72, me siento tan abusivo ¡Supiera mi abuelita que me quedo unos días más por Rosita!

Todas estas noches han sido de felicidad para mí, siempre al lado de Rosa. Hoy, mi noche de despedida, me juró serme fiel y sellamos nuestro amor con un ósculo cuyo sabor aún permanece en mí.

- No me olvide, yo rezaré mucho por Ud. para que llegue alentadito – ella muy triste se despidió – Adiós…

- Adiós… - dije y muy triste me alejé cabizbajo, mi alma partida en pedazos por el dolor, una angustia que me oprimía la garganta.

Día miserable que el destino me depara, me aleja del lucero de mi vida, esplendor de mis noches, ya voy a partir a mi ciudad de la Serena y siento el desgarramiento de mi alma, porque me alejo de la niña de mis dulces ensueños. Con el dolor de mi corazón me he inspirado para componer en mi viejo violín un vals que he llamado “Rosita”.

¡Adiós querido Copiapó!


Consigue la novela: Juvenal, cuando el gallo no canta



miércoles, 3 de marzo de 2010

ESTÁ A LA VISTA

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Una vez una señora de avanzada edad llamó por teléfono a la policía para presentar una denuncia sobre unos muchachos que se bañaban desnudos en el río, a la vista de la ventana de su casa. La policía ordenó a tales personas que se fueran a un sitio más alejado del lugar; sin embargo, a los pocos minutos la señora vuelve a llamar reclamando otra vez lo mismo.

– Pero señora, nosotros acabamos de verificar que están muy lejos de su casa – contestaron del puesto policial.

– Sí, es verdad – contestó la señora – pero ocurre que yo todavía los puedo ver con mis binoculares.

Me imagino que algo parecido ocurre con este gobierno que ya tiene 11 años de ejercicio del poder en Venezuela, con el control absoluto de casi todas las instituciones del Estado, y que sigue culpando a los gobiernos anteriores, los que él denomina de la cuarta República, de las actuales desgracias de la economía, la delincuencia, la ineficiencia institucional, el colapso de los servicios públicos, la propagación de las enfermedades tropicales, la corrupción gubernamental y de todos los males del país.

Alguien, quizás en una iniciativa muy irreverente, podría atreverse a decirle al señor Presidente:

– Oiga usted, comandante, lleva 11 años como jefe de Estado, Presidente de la República, y ya no debería estar mirando los problemas de los gobiernos anteriores.

– Es que yo los sigo viendo, porque los miro con mi telescopio - contestaría seguramente el mandatario.

Claro, en la historia hay personas que por mirar por un telescopio estuvieron a punto de ser condenados a morir quemados en la hoguera de la Inquisición, como le ocurrió a Galileo Galilei, que pretendió demostrar con su aparato, en este caso en aplicaciones astronómicas, que la Tierra no era el centro del Universo ¡Vaya osadía frente a la Santa Iglesia!

Francamente no tengo nada contra aquellos que miran a través de un telescopio, ya sea que miren a muchachos y muchachas desnudas, que miren al pasado para destacar su ego bolivariano o que observen los planetas y las estrellas, pero que un gobernante del país no vea la destrucción progresiva que está a la vista, frente a sus propias narices, me alarma y me impacienta, porque no podemos esperar a que todo se vuelva cenizas y después no crezca la hierba como si hubiese pasado Atila con su barbarie.

No me resigno, definitivamente no.
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martes, 23 de febrero de 2010

CAPRICHOS DE LA EVOLUCIÓN

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El engreimiento del hombre no tiene límites, lo invade la soberbia y vive embriagado de envanecimiento, sin un ápice de humildad, no tiene conciencia de su insignificancia en el universo ni de la fugacidad de su vida. El hombre se siente el centro del cosmos y con el amparo de alguna religión busca una inasible felicidad eterna.

Cierto es que la evolución, como lo comprobase Darwin, que resulta de las mutaciones genéticas y la selección natural, después de un largo camino de cientos de miles de años, ha traído al ser humano a estadios extraordinariamente superiores de desarrollo y a su supremacía sobre el reino de todos los seres vivos en el planeta.

Los cambios en el medio ambiente han inducido alteraciones en los organismos vivos, han hecho que los individuos mejor adaptados a las condiciones reinantes tengan ventajas competitivas sobre sus congéneres y, por lo tanto, mejores posibilidades de que su descendencia predomine. Entonces es verdad, somos el resultado de la selección de los mejores.

Sin embargo, si las condiciones dejan de ser favorables pueden ocasionar la extinción de la especie humana, dura lección de la historia evolutiva que parece no haber sido suficientemente asimilada por la humanidad que daña irresponsablemente su propio entorno. Nuestro planeta tiene innumerables ejemplos de extinción de especies que no han podido adaptarse rápidamente a los cambios del medio.

Hace un poco más de 4 millones de años apareció el primer homínido, el llamado Australopithecus, especie con un cerebro relativamente grande que podía mantenerse erguido, caminar y correr en dos pies, y medía más de un metro de estatura. Luego apareció hace 2,5 millones de años el género Homo, cuya evolución dio lugar hace más de 200 mil años al homo neanderthal y el homo sapiens. El hombre de Neanderthal desapareció completamente y su lugar fue ocupado por los hombres modernos hace 35 mil años. Ahora, todos los seres humanos formamos parte de una única especie.

Somos una sola especie, homo sapiens, pero con parientes muy cercanos, demasiados cercanos para quebranto de nuestro propio orgullo, aunque actuamos como si no lo supiéramos. Compartimos el 99.4 % de los genes con los chimpancés, el 97.7 % con los gorilas y el 96.4 % con los orangutanes.

¿Pero qué es esta historia de apenas 4 millones de años del homínido, frente a una presencia de los dinosaurios durante más de 160 millones de años? Dominaron la tierra hasta hace 65 millones de años, cuando desaparecieron debido al impacto de un gran meteorito que provocó el cráter Chicxulub, de 180 kilómetros de diámetro, en lo que hoy es la Península de Yucatán en México.

En base a los fósiles estudiados se conocen más de mil especies de dinosaurios, entre herbívoros, carnívoros, omnívoros e insectívoros. Las hipotéticas estrategias de caza de estos animales implican cierto desarrollo de la inteligencia, agilidad y fuerza, que hacen necesaria una fisiología bastante avanzada. Entonces, ¿hasta dónde hubiese llegado su evolución estos últimos 65 millones de años si no hubieran desaparecidos?

Desgraciado meteorito que los eliminó, o más bien, que afortunados somos nosotros que descendemos de los mamíferos que tuvieron la oportunidad de sobrevivir la catástrofe del intruso extraterrestre, que luego pudieron diversificarse y dominar sobre las otras especies de la naturaleza. Es muy probable que si no se hubieran extinguido los dinosaurios, los humanos no reináramos sobre el planeta y, en consecuencia, las formas más inteligentes de hoy serían descendientes directos de los dinosaurios.

Quizá estos descendientes de los dinosaurios, por ejemplo sucesores del Tyrannosaurus Rex, estarían desarrollando tecnología avanzada, dejando su huella en el planeta Marte y... escribiendo en este blog.
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domingo, 21 de febrero de 2010

CAP 1: Juvenal

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He despertado muy temprano, dormí con la preocupación de llegar con tiempo a la estación ferroviaria de La Serena para tomar el tren hacia Copiapó. El longitudinal parte hacia el norte a las 8 de la mañana, si no llega atrasado de su largo viaje desde Calera.

Son las 4 y media de la mañana y ya se siente el cántico de los pajarillos con su alegre despertar, es un día que transita por el clima otoñal de este año 1918, el ruiseñor canta en la cumbre del inmenso nogal, canta al amanecer que viene desde las lejanas montañas de los andes nevados.

De pronto el gallo, con pose altanera y soberbia, también anuncia el nuevo día en medio de su harén de gallinas que sólo atinan a un leve cacareo que más parece un murmullo. Mal agüero es si las gallinas cantasen, pues sería señal de mala suerte y de muerte, en tanto que el canto del gallo es símbolo de valor y abundancia.

A mí me alegra el canto del gallo, ya que su cantar matinal anuncia el fin de las juergas nocturnas, ahuyenta la muerte, nos exorciza de demonios y espíritus malignos. El canto del gallo expulsa a los diablos, brujas y duendes que abundan en la soledad de las noches.

También el gallo es símbolo de fecundidad, en el sentido de fertilidad, de la cual está signada mi familia. De hecho somos cinco hermanos y yo soy el mayor, en orden de edad: Héctor Juvenal, Graciela, Juanita Rosa, Cristina, Hildita Hortensia y Luis Felipe.

Podríamos haber sido muchos más hermanos, pero un lóbrego día el gallo no quiso cantar, ese día una gallina con un falso cacareo lo quiso imitar, fue un triste día que no amaneció, fue un viernes 13 de Febrero de 1914 cuando mamá falleció.

Mi madrecita murió a los pocos días de haber nacido mi hermanito menor, Luis Felipe, la alegría de la llegada del bebé se ensombreció de angustia para toda la familia. Muy poco tiempo después falleció papá de tristeza y soledad.

El agudo canto del gallo me saca de mi ensimismamiento, ya llega el amanecer, me levanto de la cama y me asomo por la ventana, poco a poco se notan los comerciantes ambulantes que pregonan sus mercaderías, aumenta el tráfico de coches, carretas y carretones, se siente el galope de los caballos y su relinchar entre los gritos de la gente.

La algarabía del mercado comienza al amanecer, traen la mayor parte de las verduras, hortalizas, legumbres y frutas del valle del río Coquimbo y también de las chacras de la pampa. Además se venden gallinas, carne de vacuno, carne de chancho, pescado y muchas cosas más, todo entre una verdadera confusión de vendedores, pregoneros, compradores, cocheros, cargadores, carretoneros, caballos, burros y algunos perros que buscan algo para comer.

Las campanas de las iglesias llaman temprano a misa, tilín talán talán, campanadas de diferentes tonos, algunas cercanas, otras lejanas. La Serena es la ciudad con más iglesias en el país, con relación a la cantidad de habitantes que tiene, también tiene muchas beatas que muy temprano se dirigen a orar, caminan con pasitos lentos y leves, con su cara cubierta con un velo y el rosario entre sus dedos arrugaditos.

- Juvenal, dése prisa en arreglarse para irnos en el coche a la estación – me reclama mi abuelita Juana, mientras prepara el desayuno en la cocina.

- Sí, abuelita, casi estoy listo. No olvide darme los sándwiches de carne de gallina, los huevos cocidos duros y las manzanas para llevar en el viaje – contesté mientras me apuro en colocarme el corbatín en el cuello

- Vaya a decirle al cochero que suba los bultos de sus cosas y que espere, dígale que nosotros ya vamos – me apura mi abuelita

Mi abuelita me ha preparado un jarro de leche de cabra bien caliente, unos huevos recién traídos del gallinero, pasados por agua hirviente, y un sabroso pan que ella misma hace en el horno de leña y que devoro con ansiedad. Anoche ella estuvo arreglando toda la ropa que ahora me llevo a Copiapó, con mucho cuidado, usando la plancha a carbón, dejó toda mi ropita bien planchada y doblada.

Mi abuelita Juana es una mujer de mucha energía, con una gran fortaleza, que asumió nuestra crianza una vez que quedamos huérfanos. Nos quedamos viviendo junto con ella en una casona grande, construida con anchos bloques de adobe, mezcla de barro y paja, en las cercanías del mercado municipal de la ciudad, el mercado La Recova, en la calle Cienfuegos, y en un extremo de la vivienda estaban las habitaciones donde vivían mis tías, sus hijas Elisa y María Luisa

Ella decidió enviarme al internado de la Escuela Normal de Copiapó, una vez que terminé mis estudios de la Escuela Primaria. Mi primer año, con el dolor reciente de la muerte de mi madrecita, fue en 1916 cuando apenas tenía 14 añitos.

Aquella vez sentí que se me partía el corazón al alejarme de mi familia, separarme de mis amigos, lejos de mi ciudad, ausente de mi hogar, se desgarraba mi alma con lágrimas contenidas, ya no tenía a mi madrecita para sentir su protección frente a un mundo agresivo y desconocido para mí.

Es cierto que tenía la emoción de la aventura, conocería otras realidades y forjaría un espíritu de luchador, pero también sentía el temor de la incertidumbre y me embargaba un profundo sentimiento de soledad. Me envolvía el desconcierto de mi alma desamparada y la angustia consumía mi interioridad.

Sin embargo, tenía la obligación de sobreponerme a mi conciencia de orfandad, pues como soy el mayor de los hermanos, el hombre de la familia me decía mi abuelita, debía pronto alcanzar una profesión para ayudar a los que me seguían atrás. Mi deber era esforzarme en mis próximos estudios de normalista para después apoyar a la familia que tanto ha dado por mí.

Ahora es mi tercer año de estudios en Copiapó. Me despedí de mi hermano menor y de mis hermanas, Hildita con sus pies descalzos, con dos trenzas en su larga cabellera, hechas descuidadas de manera desigual, y un largo camisón desteñido, me miraba con sus ojitos negros, es mi hermanita de 7 años de edad, dio media vuelta y se fue corriendo a su habitación.

Junto con mi abuelita subimos al coche para llegar hasta la estación de ferrocarril, ubicado en las afueras de la ciudad. Lástima que el caballo del coche hizo un extraño corcoveo que hizo saltar parte de sus propios excrementos con orín y ensuciaron el largo faldón negro de la abuela. Con mal humor se limpió con mi pañuelo perfumado de rosas que yo guardaba como secreto recuerdo.

El tren longitudinal llegó 4 horas atrasado, mi abuelita Juana me acompañó en la estación ferroviaria hasta que el tren se alejó con sus fuertes pitazos intermitentes y el fuerte resoplar del vapor a presión. El tren, con su pesada estructura de hierros, tomaba su ritmo con su ruidoso golpeteo de sus mecanismos de tracción.

Mi abuelita Juana quedó atrás. Ella con su rostro adusto imponía su fuerte y severa autoridad, pero también expresaba su sentido de protección y velaba por toda la familia y, en especial, por mi progreso para lograr que algún día, como ella misma lo dijera, fuese alguien en la vida.

Desde el tren alcanzo a divisar los bellos prados del valle de Elqui, poco a poco mi pueblo natal lo pierdo de vista y el paisaje va cambiando con los cerros color ocre pardo con tonalidades amarillos grisáceo y café rojizos, cada vez la vegetación se vuelve más pobre y anuncia el desierto atacameño.

A lo lejos se alcanza a observar la cordillera de los Andes, con sus montañas de picos nevados que bañan los valles transversales del país y, en sentido opuesto, a la izquierda, está la costa bañada por el bravío mar cuya sed infinita se sacia con los delgados cursos de agua que bajan de la majestuosa cadena montañosa.

El tren es arrastrado por la fuerza de la locomotora a vapor que lanza grandes bocanadas de humo negro, mientras sus calderas consumen de alimento muchas toneladas de carbón. Algunos pocos tramos de inmensas curvas, con fuertes pendientes del sendero de rieles, someten a la locomotora a un gigantesco esfuerzo que sólo puede lograr un lento avance, prácticamente a la velocidad de un caminante.

Efectivamente, algunos pasajeros se bajan del tren y caminan junto a él, mientras su sirena solloza con ardor el esfuerzo extremo que realiza para subir las empinadas cuestas, incluso deben enganchar las ruedas del tren en rudos engranajes, cremalleras junto a los rieles, para evitar deslizamientos entre los chispeantes aceros.

Dentro del vagón el calor se hace sofocante, no sopla brisa, sólo queda abrir todas las ventanas, quitarse el corbatín y relajarse en el asiento de madera para dejarse llevar por la imaginación y los recuerdos.

Mi mente me lleva a evocar remembranzas de este verano, dulces vacaciones en mi ciudad natal, La Serena, junto con mis amigos de esta juventud ansiosa de aventuras que llenen de plenitud mi alma robusta y juncial, sedienta de amor.

Recuerdo que una noche de verano salí con mi amigo Alfredo Segundo Sáez, fuimos a disfrutar el biógrafo, entramos al cine Royal en el sector de galería, la parte de atrás que es más barata, estábamos a lo pobre. En el anfiteatro vi a una joven que pretendo, estaba con un traje blanco de mangas largas, puños y cuello con blondas rosadas, un sombrero con la misma lista, ella es una hermosura angelical.

Su hermanito de 10 años de edad estaba también en galería, entonces ella le pidió que se le acercara y le diera el programa de películas, pero él se negó y no se lo dio. Entonces yo me levanté del asiento, caminé hacia ella y le obsequié con la mayor gentileza mi boletín, le sonreí y le dije que podía quedárselo. Ella sonrojada, algo avergonzada, me dio las gracias y me regaló una dulce sonrisa que grabé en lo más profundo de mi alma.

Cuando volví a mi asiento me sorprendí que todos los de mí alrededor me miraran con picardía, como si mi atrevimiento hubiese sido una fechoría o algo indebido.

- No te avergüences – me dijo Segundo al llegar a mi asiento, solidarizando conmigo

- De cerca ella es más bella – le dije con un suspiro profundo, mi corazón latía todavía de emoción.

Una vez que terminó la función la esperamos en la esquina. Cuando ella pasó nos dimos unas miradas profundas, miradas que llegan al alma, miraditas de complicidad que dicen lo que no puede expresarse con palabras. He pensado mucho en ella, incluso he soñado con esa joven beldad de dulce mirada y suave sonrisa.

El amor es la más importante fuerza de la vida, es como el hambre que se debe saciar para no morir. Esto me recuerda el día que conocí, a fines del mes pasado de Enero, una linda jovencita que dijo llamarse Sara Rosa Cortés. Ella vive en la calle Almagro. Nos hicimos amigos y comenzamos a citarnos regularmente.

En el atardecer de un día de verano, mientras soplaba suavemente la brisa marina desde la bahía de Coquimbo, me encontré con Sarita en la Alameda. Caminamos por ese hermoso paseo público, construido en la antigua quebrada San Francisco, con jardinerías y árboles frondosos que invitan al romance.

Sarita caminaba lento, con su larga cabellera que mecía con coquetería, me sonreía y me escuchaba con atención, sus ojos tenían el brillo de la alegría y su mirada llenaba de dulzura mi corazón. Tomé una flor del jardín y se la regalé, la puse es sus tersas manos que pude acariciar.

Nos sentamos en un lejano banco donde la vegetación del entorno disimulaba nuestra presencia. Seduje a Sarita con suaves palabras en sus oídos, cobijando sus manos entre mis manos, su calor me envolvía y contagiaba llenándome de ardor.

- Niña de mis sueños, le amo con pasión - susurré muy cerca de su rostro y sellé mis palabras con un leve beso en sus sonrosadas mejillas. Sus ojos entrecerrados me entregaban sin condición su tierna alma.

- Yo también le amo – me dijo como un suspiro e inclinó su rostro hacia mí. Nos amamos mutuamente, me regocijé, y quiero que este momento se haga una eternidad.

- ¡Sara! ¡Sara! – gritó de repente un niño pequeño en las cercanías – ¡mamá dice que te vayas a casa de inmediato! – la increpaba con tono brusco e imperativo que rompió el dulce ensueño de nuestro romance.

Sarita de un salto salió corriendo, sin apenas despedirse, con su cabellera castaña danzando libre al viento, y en su carrera perdió su pequeño pañuelo que tomé como recuerdo para sentir su aroma rosa. Después busque a Sarita muchas veces, pero no la volví a ver. Pienso que su mamá es una mujer cruel y desconfiada… bueno, quizás tuvo algo de razón.

El monótono ruido del tren y su vaivén acompañan mis pensamientos y me adormecen, ya llega la noche y todavía faltan algunas horas de viaje para llegar a Copiapó. Otro año más de estudios en esa ciudad, este es el tercero que inicio de un total de seis años que debo cursar para graduarme de Maestro Normalista.

Me acompaña mi fiel violín que heredé de mi abuelo, con el cual puedo tocar breves melodías para encanto de mi familia. Este verano he tenido mis primeras clases de música, teoría y solfeo, con Don Julio Gómez, quien fue a su vez el que les enseñó música y a tocar la guitarra a mis tías María Luisa y Elisa. Tía Elisa ahora es profesora en la Escuela Profesional de Coquimbo

A medianoche se divisan a lo lejos las luces de Copiapó, allá está la Escuela Normal, muy cerca de la estación de trenes, en el sector La Chimba, mi segundo hogar, fuente de luces para saciar mi sed de aprendizaje, las ansias de conocimientos para después, una vez que me gradúe, dedicarme a educar a otros que vienen atrás.

Algún día, lo digo con mucho orgullo, seré maestro normalista y sentiré el placer de enseñar a jóvenes que podré aconsejar para que no cometan mis errores, entonces mis lágrimas y mis sufrimientos habrán sido útiles para tender mis manos a quienes la puedan necesitar.

Si Dios se apiada de mí y me da muchos años de vida, si me premia con los hijos que quisiera tener, les daré a ellos mis mejores ejemplos y siempre los protegeré de las calamidades de la vida. Con el brillo del sol de todos los días habré purificado mi espíritu y el resplandor de mi alma sensible será un abanico de luces para los demás.
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